miércoles, 22 de junio de 2022

NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE

NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE La vi por primera vez cuando fuimos a tomar el ascensor. Venía apresurada, con su cabello ondeando, debido al viento que le golpeaba el rostro. La hallé recorriendo el pasillo, acercándose con rapidez para no perder el elevador. Al llegar frente a mí, una tenue demostración de victoria por haberlo alcanzado, se dibujó con timidez en su rostro. Una leve sonrisa que irrumpió con ternura en su semblante, fue suficiente para conquistarme. Diré que en esencia no era la mujer más linda del mundo, pero en el interior de mi conciencia, su imagen fresca sugería que más que una mujer común y corriente, la pureza de su expresión representaba ni más ni menos, que a la hembra más bella que había parido el universo. Científicamente se ha demostrado que aunque el resto de mortales no perciba una condición especial, la atracción que algunas personas sienten por otras, representan la aceptación biológica de una información genética que encaja a la perfección en la otra, una especie de marca implícita que codifica a cada ser en el imprescindible proceso reproductivo de búsqueda de pareja. Eso es lo que en el lenguaje común se conoce como “química”. Guardé la máxima expectativa posible para el momento en que ella descendiera del aparato. Esperé con sigilo para ver en qué piso se bajaría pero el corazón se me llenó de alegría cuando vi que curiosamente se había bajado en el mismo piso mío. La dejé salir adelante, como corresponde, pero más que por un acto de cortesía, en realidad lo hice por divisar su figura. La seguí meticulosamente con la mirada. Puesto que el ascensor está ubicado en el centro del piso y tiene tres apartamentos a su derecha y tres a su izquierda, debía esperar qué rumbo tomaba ella. Yo me dirigí hacia la izquierda y ella hacia la derecha. Sacó con delicadeza las llaves de su bolso y entró al apartamento ubicado justo después del aparato, mientras que el mío, se encontraba ubicado justo antes. Un carnaval de alegría estalló en el fondo de mi alma, cuando interpreté que un elevador me separaba de la felicidad. Mi mente comenzó a elucubrar mil escenas, que desembocaban en una novela de pasión y locura. Entonces comenzó la tortura. Saber que aquella mujer encantadora se encontraba a solo seis metros de distancia, me generaba una oleada de incertidumbres, que se traducía en una serie de preguntas sustanciales: ¿Cómo se llamaba? ¿Con quién vivía? ¿Era casada? ¿Tenía hijos? ¿En qué trabajaba? ¿De dónde era? Recuerdo que en los siguientes días, estuve pensándola varias veces; incluso, algunas noches desperté con la firme intención de ir al siguiente día hasta su apartamento con algún pretexto, con tal que me significara el placer de volver a verla. Imaginaba cualquier excusa, desde las más normales como, “disculpe usted, ¿hay luz en su apartamento?” hasta las más extrañas como, “perdone usted, ¿podría decirme qué hora es?” En eso estaba cuando reparé en que después de aquella vez, no la había vuelto a ver. Era la hora de tomar decisiones. Decidí comprar el periódico, lo guardé en el maletín, y al llegar en la tarde al conjunto, pasé directo a su apartamento con la convicción de decirle: “mire usted, dejaron este periódico en mi apartamento, pero debe tratarse de un error, tal vez sea suyo”. Elabore mil libretos para romper el hielo. Pero todo quedó en el olvido, porque nadie abrió la puerta, entonces fui hasta mi apartamento, tomé el periódico, y escribí en grande, y con lapicero rojo en la parte superior, “604”, y lo eché por debajo de la puerta de su apartamento, que era el 603, con el fin de que al encontrarlo, fuera ella misma la encargada de ir hasta el mío para entregármelo, en una suerte de proceso inverso. A la mañana siguiente, al salir a trabajar uno de los vigilantes del conjunto, el que se encontraba en la portería, me dijo que la señora del 603, me había dejado un periódico, que fue echado por debajo de su puerta, y que le pidió el favor de que se lo entregara al señor del 604, tan pronto lo viera, porque con toda seguridad se trataba de un error. Salí del conjunto con dos sentimientos encontrados, por un lado, gratamente sorprendido con la honestidad de esa mujer encantadora, y por el otro, aburrido con la triste realidad, de saber que mi plan para verla, había fracasado. Tres o cuatro días después del episodio del periódico, vi a lo lejos que entraba de nuevo y me apresuré para alcanzarla. Estaba tan radiante como siempre y más bella que nunca. Recuerdo que intercambiamos varias frases, aunque no logro precisar cuáles, tan solo sé que de repente me encontré recorriendo con ella el trayecto hasta el ascensor, luego ya los dos en el elevador, luego bajándonos en el piso, luego esperándola en la puerta de su apartamento; y una vez allí, mirándonos fijamente a los ojos. Fue entonces cuando percibí por primera vez, el fuego ardiente de su mirada, la típica llamarada incandescente que brota del interior de las personas que se gustan y que se atraen poderosamente, mirada que tan sólo la química del amor logra detectar. Un tinto. No sé si habré dicho que soy vendedor de seguros y que tengo mi oficina, en un local comercial que funciona justo a las afueras del conjunto donde vivo. A la mañana siguiente, la vi frente a mi oficina, el día estaba un poco frío y caía una pertinaz lluvia, la invité a que siguiera y le ofrecí un tinto. Un dispensador de agua suministra según sea el caso, agua fría o caliente; en este caso agua caliente, una cucharadita de café por pocillo, si es “Candelaria”, mucho mejor, pero si no, cualquier otro; un sobre de azúcar por pocillo, o según el gusto de cada quien, menos de uno o más de uno; una porción de amor, se revuelve y ya tiene a su disposición, un espectacular tinto. Así lo hice aquella mañana, le preparé un tinto que según me confesó ella misma mucho tiempo después, fue la peor de sus perdiciones. Le pedí el número de su celular, y me lo dio sin condiciones. La llamé esa misma tarde, le dije que quería verla, que necesitaba hablar con ella urgentemente. Me dijo que esa tarde era completamente imposible, que tenía mucho trabajo, pero que con toda seguridad, nos veríamos al siguiente día. Sentí que una enorme ola de regocijo inundaba mi alma. Esa noche, en la intimidad de mi cama, abracé con fuerza a mi esposa, estaba convencido de que la amaba con todo mi corazón, le susurré al oído “mil veces te amo”, la besé repetidamente en el cuello, e hicimos el amor hasta cuando nos fue fisiológicamente imposible volverlo a hacer, me dormí viendo a través de la ventana un montón de estrellas que danzaban al ritmo de la pasión y la lujuria, y descansé tranquilamente. Mucho tiempo después, aquella mujer encantadora que la brisa del destino había traído a mi presencia, y de la cual me sentía perdidamente enamorado, me confesó que aquella noche, a ella le había pasado exactamente lo mismo con su esposo, y que sentía firmemente que lo amaba más que nunca. Ahora que todo ha quedado al descubierto, he reflexionado varias veces hasta qué punto la infidelidad es un factor necesario para el feliz acontecer de la vida en pareja, de cómo entregar el corazón a otra persona ayuda a comprender cuán grande es el amor, que una persona siente en realidad por su pareja, y hasta dónde puede llegar con tal de conservarla. Para eso debe servir tener a otra persona, para entender el verdadero significado de la palabra amor, y de cómo debe aplicarlo en el devenir diario de su relación. No como los pelmazos y pelmazas, que encuentran otra persona y empiezan a echar de lado a su compañera o compañero; o sea que la desplazan. No, eso es un desplazamiento, eso es algo muy diferente a lo que yo estoy planteando. Yo sé que es un poco difícil tratar de interpretar este concepto, sobre todo, si se proviene de posiciones marcadamente religiosas o de ideologías extremas de pensamiento medieval, pero puedo sostener abiertamente la eficacia de mi teoría en el desarrollo positivo de una relación de pareja. Después del tinto de aquella mañana, nuestra relación dio un vuelco total y se tornó prohibida. Un deseo desaforado comenzó a envolvernos de repente, y una portentosa llamarada de pasión terminó dominando nuestros sentidos. Ahora teníamos la necesidad de vernos y hablarnos en todo momento. Tal como he dicho, yo me desempeño como vendedor de seguros, visito personas naturales y jurídicas para ofrecerle mis productos, ella es vendedora de productos por catálogo, mi esposa administra un almacén de electrodomésticos y el esposo de ella maneja un taller de motocicletas. Nosotros tenemos dos años de casados y ellos tienen cuatro. Ni ellos ni nosotros tenemos hijos. Sucedió entonces que una mañana, en que mi esposa ya había salido para el trabajo y el esposo de ella también, yo la invité para que conociera mi apartamento. Aceptó sin reparos. Recorrimos lentamente cada rincón, detallando las alcobas, primero la auxiliar número uno, donde tengo libros, ropa, documentos del trabajo y el portátil; luego la auxiliar número dos, donde mi esposa tiene más libros, mucha ropa, algunos documento del trabajo y su portátil. Posteriormente fuimos a la alcoba principal, con el clóset atestado de ropa de mi esposa, un televisor grande colgado en la pared, pero sobre todo haciendo énfasis en la cama cálida y acogedora, cubierta por una sábana anaranjada y dos almohadas cubiertas por fundas decoradas con labios rojos. Nos detuvimos en la cocina. Entre la estufa y la nevera, justo en el mesón, me acerqué con delicadeza, mi rostro acercándose lentamente al suyo, mis labios intentando posarse suavemente sobre los de ella, ella como queriendo huir de la situación pero a la vez como deseando un beso apasionado, el vaivén de un coqueteo intencionado que se vuelve irresistible, como frenando y acelerando a la vez, el corazón latiendo con fuerza y velocidad, como cuando se baña en salbutamol, una danza que continúa a ese ritmo hasta cuando es imposible seguirse resistiendo y lo mejor es sucumbir ante el deleite. Fue un beso maravilloso que se prolongó más allá de la eternidad, constaté que sus labios carnosos y suculentos estaban elaborados con la miel más pura. La escena del beso se repitió luego en su apartamento. Lo mismo al principio, el pretexto de conocer su apartamento, una breve visita a las alcobas auxiliares, después a la alcoba principal, con un silencio cómplice que invita con la mirada a acostarnos en esa cama grande y apacible, pero sin hacerle caso, posteriormente a la cocina, sin el beso apasionado de la vez anterior, mas como no es posible irnos invictos cuando nos vemos, el beso sucedió en el pasillo, entre las dos alcobas auxiliares, exactamente frente al baño social. Fui yo quien tomó la iniciativa, la tome de la mano y la traje hacia mí, nuestros rostros quedaron enfrentados, mis ojos sobre sus ojos, mis labios sobre sus labios, y un beso apasionado que aún retumba en el universo. De ahí en adelante, prosiguieron los encuentros, haciéndose más frecuentes e intensos, siempre en su apartamento o el mío. Siempre a la espera de que la dueña de mi corazón y el dueño del suyo, se fueran rápidamente a cumplir sus tareas. Sé que suena cínico y rastrero, pero nuestro anhelo más vehemente era que ella y él se fueran pronto, para poder vernos, besarnos, sentirnos, amarnos, para darle rienda suelta a nuestro deseo desaforado. Sin darme cuenta, en el párrafo anterior, he usado por primera vez el verbo amar, y yo me pregunto: ¿puedo acaso hablar de amor entre dos personas que apenas se están conociendo? Yo diría que sí, aunque no estoy convencido, porque es muy común entre los hombres decirle a las mujeres que acaban de conocer, que son el gran amor de su vida, aunque ese título ya esté siendo ostentado con sobradas razones por otra dama. Debido a la continua aproximación y al máximo entendimiento que había entre los dos, adquirí el hábito de que cada vez que ella aparecía en mi mente, de forma inconsciente, me refería a ella como mi novia. Entonces pensaba, “mi novia tal cosa”, o “mi novia tal otra”, o cosas así. Era una experiencia novedosa y muy gratificante. La situación estaba escalando rápidamente, después de tantos besos sentimos que ya era hora de pasar a otro nivel. Sucedió que una mañana en la que mi novia no fue a trabajar, y mientras yo atendía en mi oficina a unos clientes para la compra de un seguro de “todo riesgo para vehículos”, ella me envió una foto suya por la aplicación de mensajería instantánea de “Telegram”. En ella, mi novia aparecía sentada en el sofá luciendo un baby doll negro y una leve sonrisa que se dibujaba sensualmente en su rostro. Debajo de la foto, escribió un mensaje que decía: “Estoy dispuesta para ti”. Después escribió en otro mensaje: “Te espero”. Y más abajo me envió un GIF de un corazón grande y rojo que fulguraba constantemente, y que al tocarlo, palpitaba con fuerza. Un deseo incontrolable se apoderó de mi ser y corrí con prontitud a buscarla. Tan pronto entré a su apartamento, comenzamos a besarnos con pasión desenfrenada, como si nos fuéramos a arrancar el alma por la boca, un tsunami de lujuria nos invadió repentinamente, dando rienda suelta a nuestros deseos reprimidos, desinhibiendo cualquier rastro de intención prohibida, haciendo que nuestras manos cobraran vida propia para despojar nuestros cuerpos ardientes de todo aquello que no fuera piel, sumergiendo nuestros sentidos en un elixir de infinito placer, quemándonos en una llamarada libidinosa, y ahogándonos sin misericordia en el abismo del éxtasis total. Fue maravilloso. Nos conocimos palmo a palmo, nos amamos sin límites, nos deleitamos sin reparos y nos disfrutamos hasta el cansancio. Sentimos que estábamos hechos de la misma esencia y que hablábamos el mismo idioma del placer sexual, gozábamos el sexo en toda su extensión. Tanto ella como yo, alcanzamos el orgasmo varias veces, nuestros cuerpos vibraron al ritmo de un compás desenfrenado, mientras percibíamos claramente, el poder del universo oscilando sobre nuestros cuerpos, signo inequívoco del placer supremo que habíamos alcanzado. Apenas unos minutos después, estábamos bailando suavemente en la sala, “No es casualidad” de Willie González, que emanaba de algún vehículo que reposaba en el parqueadero del conjunto. Al siguiente día, la escena se repitió en mi apartamiento. Pero esta vez hubo una variable; un hecho extraño, o por lo menos, no tan frecuente, enmarcó aquel encuentro. Puesto que debíamos dar pronto inicio a nuestra jornada laboral, mas como el deseo era incontrolable y el tiempo disponible era mínimo, pero la necesidad de vernos era impostergable y las ganas de amarnos, superior a cualquier compromiso, no tuvimos tiempo de quitarnos la ropa. Nos besamos desaforadamente, mientras las manos palpaban cada textura como si estuvieran buscando un gramo de oro perdido, y yo susurraba al oído con candente suavidad, palabras ininteligibles de electrizante lascivia, nuestros cuerpos intentaban fundirse en uno solo, al ritmo de un lujurioso frenesí, el ímpetu de poseernos desembocó en un orgasmo salvaje y violento que puso a temblar el universo entero. Un prodigioso descubrimiento surgía de manera inesperada y un nuevo hito se escribía en nuestra relación, no era necesario despojarnos del vestuario, para alcanzar el éxtasis total. Como nuestra relación se profundizara y alcanzara límites insospechados, un beso breve que surgió de manera espontánea en el centro de la ciudad, sirvió de objeción para destapar el idilio que se estaba fraguando desde hacía algún tiempo entre los dos. Sucedió una tarde noche, el sol que empezaba a esconderse detrás de las montañas y la noche que irrumpía de forma victoriosa, sirvieron de trasfondo para pintar un paisaje fascinante. Tras yo visitar a un cliente y mi novia a una de ella, nos encontramos en “La Díada”, para tomar una deliciosa agua aromática de frutos rojos, mientras conversamos de diversos temas, entre esos uno de los cuales, jamás llegamos a un acuerdo ni siquiera cercano; la política. Pero nuestro enamoramiento era tan grande que aun así, mis ideas de izquierda y las suyas de derecha, sucumbían en el rigor de la postura dogmática y se fusionaban en la inverosímil posibilidad de la alternativa ecléctica, una suerte de capricho ideológico expresamente elaborado para satisfacer las realidades de dos seres cuyas diferencias desaparecían por arte de magia, cuando sus cuerpos se encontraban sobre un mismo plano. Casualmente, mi esposa que transitaba por ese mismo sitio y en ese preciso instante, pudo captar a simple vista y de primera mano, la manera como mi novia me robaba un beso corto y esporádico, a pesar de mi negativa a aceptarlo, por no tratarse de un lugar ni un momento apropiado. Entonces estalló la guerra mundial. Ni para qué desmentirle si todo era verdad. Mi esposa relató con precisión los detalles de la escena; el sitio, la hora, la ropa, el entorno. Debía por lo menos ser honesto y aceptar su versión. Caminamos hasta el apartamento, cogidos de la mano, las lágrimas brotaban de sus ojos y resbalaban sutilmente por su rostro. Sentí que era el peor de los monstruos y que merecía el más fuerte de los castigos, quería suicidarme. Al llegar al apartamento, mi esposa tomó mi celular, y viendo parte de la última conversación, decidió escribirle por el “Telegram” a mi novia. Se identificó, y a manera de reclamo le increpó su actitud desacertada. Yo, preparaba la comida pero reflexionaba intensamente, sobre cómo sería mi vida, de ahora en adelante. La charla se prolongó por más de una hora, pero no pude verla porque mi esposa la borró para mí. Solo para mí. Entre tanto, mi novia vivía su propio infierno. Su esposo llegó a casa más temprano que de costumbre, y al verla tan descompuesta, tomó su celular a la fuerza, descubriendo la conversación que había sostenido con mi esposa. Tuvieron una discusión muy acalorada que se prolongó más allá de la media noche. No hubo violencia pero sí un altercado muy fuerte, que desembocó en una llamada que el esposo de mi novia me hizo bien entrada la madrugada. Es de entender que el hombre estaba herido, al igual que mi esposa, y profirió en mi contra, una serie de insultos descomedidos que no lograron ningún impacto. Y si por allá llovía, por aquí no escampaba. Después de la tal llamada, la contienda con mi esposa se prolongó casi hasta el amanecer, siempre girando alrededor de lo mismo aunque sin llegar a una conclusión definitiva. Pero lo peor, tanto para ellos como para nosotros, fue al otro día, cuando todo había quedado al descubierto. Un aire pesado y pegajoso, se percibía en el ambiente y deambulaba suavemente en los espacios, produciendo el silencio sepulcral que reinaba en el lugar, todos como queriendo decir algo, que nadie se atrevía a decir. El esposo de mi novia llamó a mi esposa para informarle de todo lo que estaba sucediendo entre su esposa y yo. El muy miserable la abrumó, exagerando cada detalle con tal de envenenarla y ponerla en contra mía, haciéndola sentir que era un juguete para mí, cosa que no era cierto, pues como ya lo he manifestado antes, mi esposa es el amor de mi vida, la dueña de mi corazón, el sol que alumbra mis días y la luz que ilumina toda mi existencia. Sé que mi esposa no creyó completamente lo que él le decía, aunque también sé que a pesar de todo, ellos se siguieron escribiendo por el “Telegram”, quizás para hacer seguimiento del comportamiento de nosotros los dos frente a ellos los dos, o quizás para elucubrar otras intenciones, qué se yo. En cualquier caso, nuestros encuentros continuaron aunque ahora de manera más furtiva y sigilosa. Y ahora venían precedidos por una suerte de prohibición maldita, que sin proponérselo alimentaba de forma desproporcionada y descontrolada nuestro deseo de vernos y amarnos sin límites. Como siempre se ha dicho, la prohibición es fuente del deseo, y por más que los celos pretendan ser las cadenas con las cuales una persona intente atar a otra, aquella abrirá las puertas de la prisión en cualquier momento, en cualquier lugar y de cualquier forma, y volará libremente. Tal como lo he manifestado, nuestros encuentros amorosos continuaron, porque descubrimos que no había una manera diferente de tratarnos, aunque a decir verdad, lo intentamos varias veces, pero siempre terminamos sucumbiendo ante el deseo y el deleite. Entonces advertimos la posibilidad de amarnos espiritualmente en el silencio de nuestros días y nuestras noches, pero la necesidad de vernos y amarnos físicamente, nos llevó a fracasar en el intento. No había otra posibilidad que seguirnos viendo en la intimidad de un motel, el lugar ideal para amarnos con locura. Sucedió un sábado por la tarde noche. En la mañana le había dicho a mi novia, tras agradecerle por una frase dicha en el momento oportuno, “en verdad os digo, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”, y así fue. Después de tomarnos un par de cervezas, fuimos al motel “El Paraíso”, situado en una calle poco transitada del sector céntrico de la ciudad. Recuerdo que mientras tomábamos la cerveza, comenzamos a besarnos con intensidad; de tal manera, que fue imposible sacarle el quite a la posibilidad de demostrarnos todo el amor y todo el deseo en la calidez de una cama. Caminamos tres o cuatro cuadras hasta el motel, tomados de la mano, como si fuéramos una verdadera pareja, como si ya no nos importara nada, como si ya no nos preocupara que otra persona nos viera, o que de repente, los legítimos dueños de nuestros corazones nos descubrieran. Tan solo reíamos y nos besábamos, como una pareja de adolescentes enamorados, viviendo su propio idilio. De pronto, estábamos ya en el “El Paraíso”, una luz tenue, que se filtraba tímidamente por entre los arbustos que adornaban la entrada, era el indicativo de que habíamos llegado. Tomamos el ascensor y nos dimos un beso ardiente y apasionado que puso a tambalear el aparato. Al detenerse, la puerta se abrió instantáneamente, dejando al descubierto a otra pareja que también se besaba, pero de forma más sutil y tranquila, con afecto y dulzura, porque ya habían apagado la pasión y el ardor que los consumía, e iban de salida. Las miradas tropezaron frente a frente, la suya con la nuestra, la de él con la mía, la de ella con la de ella, la de él con la de ella, la de ella con la mía. Yo tenía de la mano a mi novia, y frente a nosotros, el esposo de ella tenía de la mano a mi esposa. Puedo asegurar que es la escena más incómoda y desagradable que persona alguna pueda presenciar en toda su existencia. ¿Qué se puede hacer en semejante situación? ¿Cómo se puede reaccionar ante semejante despropósito? Nadie se atrevía a decir nada, la puerta del ascensor entreabierta evitaba que el aparato se moviera, y el botón encendido indicaba que el elevador era solicitado con urgencia en otros pisos. ¿Qué hacíamos? ¿Nos bajábamos? ¿Se subían? ¿Nos quedábamos quietos? Otra pareja que salía de una habitación para tomar el elevador, nos hizo salir con rapidez. La única palabra que se nos vino a la mente a los cuatro, fue el nombre de su respectiva pareja lanzado en forma de exclamación, un sonido incompresible e impreciso se abrió paso con fuerza y velocidad hasta combinarse en uno solo que retumbó en el prominente eco que se hizo interminable en el pasillo desolado. Mi esposa que siempre ha tenido rasgos de liderazgo, tomó la palabra y nos invitó a sentarnos tranquila y civilizadamente en la sala de espera, mientras mi novia pedía cuatro cervezas para conversar como seres racionales. El ambiente seguía siendo tenso, y mientras los hombres reclamábamos la actitud de las mujeres, ellas se refugiaban en la justificación de su actitud, como respuesta a la desconsideración de sus hombres. La cerveza nos tranquilizó un poco. Comenzamos a dialogar entretenidamente y hasta nos echamos a reír por la inusual situación. Recuerdo que tomamos más cerveza, hasta cuando las mujeres dijeron que era hora de irnos, y el muy imbécil del esposo de mi novia, reafirmando la idea de las chicas se levantó de la silla, con el ánimo de salir de aquel lugar. Sentí que mil demonios me poseían de manera desaforada. Entonces comencé a vociferar con profunda ira, para demostrar mi inconformidad. Era simple de entender, puesto que mi esposa y el esposo de mi novia, ya habían cumplido su encuentro sexual y nosotros aún no, era fácil deducir que faltaba que mi novia y yo, también lo cumpliéramos, para que la faena fuera completa. Como la recepcionista se percatara de que habían personas hablando muy fuerte en la sala de espera, mandó a la dependienta para que nos callara, recuerdo a la vieja regordeta y paliducha, diciéndonos que nos calláramos, y que saliéramos, pues ya no había razón para estar en el lugar. Una sustancia verde y viscosa comenzó a calentarme la sangre, mi semblante fue perdiendo el color y mi rostro temblaba de furia. Mi esposa, que me conoce a la perfección, notó que yo estaba perdiendo los estribos, y percibió que era necesario tranquilizarme, pues ella sabe que cuando la ira me invade pierdo el control de mí mismo y actúo con agresividad y violencia, sin medir las consecuencias; en ese instante, no soy responsable de mis actos. Entonces pasamos a una sala más pequeña que se encuentra justo frente a la sala de espera. De inmediato, mi enojo comenzó a concentrarse en el esposo de mi novia, pues me sentía el ridículo de una escena cómica de la cual el infame se burlaba, y mi esposa lo notó claramente. Salió con rapidez y llamó a mi novia, para que entre las dos pudieran tranquilizarme. Sabía que debía actuar con rapidez e inteligencia porque iba a ocurrir una desgracia. Mis dos bellas damas empezaron a hablarme con dulzura y ternura, hasta que lograron apaciguar mi rabia. Les manifesté que sentía la necesidad de romperle la cara al haragán, que además de esposo de mi novia ahora también era novio de mi esposa. Entonces empezamos a buscar puntos de acuerdo, como si se tratara de una negociación trascendental en la que todas las partes debían salir ganando. Para mí, la única solución era la de ir a la habitación con mi novia, que era la razón por la cual habíamos llegado y pagado. Mi tesis era sencilla, que así como ellos pudieron disfrutar, así mismo nosotros también pudiéramos. A lo cual tanto mi esposa como mi novia se opusieron, argumentando que no era un buen momento, ya que las condiciones no estaban dadas. Supongo que el maldito hijo de puta ese, estaría a favor de ellas, esgrimiendo las mismas babosadas de siempre, que él se acogía a lo que las mayorías dijeran y todas esas boludeces, que suelen repetir los hipócritas y faltos de carácter. Al ver que no podía ir en contra de ellas, y que no podía obligar a mi novia a estar conmigo contra su voluntad, opté entonces por hacer dos propuestas que me permitieran ganar algo de lo que había perdido. La primera era, que ya que nos íbamos en el mismo taxi, puesto que íbamos para el mismo lugar, el gusano pagara el valor de la carrera, y la segunda era, que yo me iría en la parte de atrás del vehículo, con mis dos hembras de la mano, y me reservaba el derecho de besarlas a las dos en cuanto a mí se me diera la gana. Antes de llevarle la propuesta al canalla, las dos mujeres objetaron la idea del beso, en razón al respeto que ellas merecían frente a terceros, lo cual me pareció una completa estupidez, porque según yo, qué le iba a importar al taxista que yo besara indistintamente a dos mujeres, pero terminé aceptando la objeción en razón a la discreción que ellas reclamaban. Antes de que ellas salieran a hacerle la propuesta al bribón, ya me había arrepentido de sucumbir en el propósito de tener sexo con mi novia, y no fue algo temporal sino un arrepentimiento que perduraría para siempre. Recuerdo muy bien que en la soledad de esa pequeña sala, durante unos instantes que parecieron siglos, me asaltaron dos pensamientos absurdos que terminaron por obnubilarme el alma. El primero era, que necesariamente para que mi espíritu alcanzara el equilibrio debía partirle la cara en mil pedazos al granuja, que además de ser esposo de mi novia ahora era también novio de mi esposa. Sentía que todas mis desgracias, incluso que todas las desgracias del mundo entero, se originaban en tan repugnante ser, y que el único remedio efectivo para curarlas, era poderle romper la cara con todo mi furor. Me detuvo el hecho de las posibles consecuencias que traería un evento como ese en pleno motel y las probables reacciones, tanto de mi esposa como de mi novia, que podrían significarme incluso, una ruptura parcial o definitiva con ellas. Por esa razón me abstuve, me entristeció el hecho de llegar a perderlas. El segundo era, que indudablemente el código genético de hombres y mujeres eran bien diferentes, pues el de la mujer era, “ser tan suficientemente atractiva que le permitiera en determinado momento, escoger al hombre que según ella, habría de darle la mejor descendencia”, mientras que el del hombre era, “poseer tantas mujeres como le fuera posible, con tal de que él pudiera en determinado momento, asegurar su propia descendencia”. Así las cosas, para una mujer no era importante tener dos hombres, pero para un hombre, sí era fundamental tener dos mujeres. Y eso aplicaba tanto para mí, como para el desechable ese. Después de esta breve reflexión, comprendí que debía actuar con inteligencia para terminar imponiéndome sobre él. Gracias a que mi formación en ventas, me ha enseñado que el éxito se logra a punta de pequeños triunfos y no de grandes victorias, me congratulé en la capciosa interpretación de que yo había sido el gran vencedor de la noche, y que por tanto, podíamos retirarnos los cuatro en plena convivencia y a total satisfacción, siempre y cuando, fueran atendidas mis dos solicitudes y aceptadas mis dos propuestas. En eso estaba, cuando llegaron los tres, venían sonriendo y por un instante, pensé que se estaban burlando de mí, pero las sonrisas puras y tiernas de las dos mujeres me desarmaron por completo. El sujeto terminó aceptando mis dos propuestas sin condición alguna. De repente, sentí que no era tan mal tipo, entonces aproveché el contexto para hacer la propuesta del beso, para ver si en realidad encontraba en él, la solidaridad y la comprensión que ellas me habían negado. Pero no, les dio la razón a las chicas, pero de inmediato lanzó una proposición que me pareció muy interesante: un beso entre ellas. Un beso entre dos mujeres, entre mi esposa y mi novia, debía ser algo maravilloso. Sentí que un regocijo inmenso se apoderaba de mi alma, y apoyé la idea sin reparos. Los dos hombres comenzamos a insistir, y las dos mujeres a resistirse de inmediato. La dependienta volvió de nuevo, con el ánimo de sacarnos; pero esta vez, su presencia terminó por alegrarme, porque servía de aliciente, para que el beso entre las muchachas ocurriera rápidamente, so pena de prolongar aún más nuestra ya, fastidiosa permanencia, que amenazaba inclusive, con requerir la fuerza pública. Sucedió de manera espontánea. Primero un leve acercamiento entre las dos, luego un pequeño murmullo entre sus labios, después una tierna sonrisa que escapa tímidamente, y al final, un beso suave que perdura para siempre. Posteriormente, uno más apasionado, que casi les desprende el interior, como queriendo compensar la brevedad del primero. Aquella imagen aún aparece en mi memoria como una ráfaga multicolor que destella fugazmente, despertando un sentimiento vacuo, fútil, indefinido, incierto, como una playa de olas tristes y alegres, que llegan y se van continuamente. De aquella noche, hace ya casi un año. Hace seis meses, mi novia abandonó a su esposo y mi esposa me abandonó a mí. Ahora están viviendo las dos, aquel beso, sirvió para despertar el prodigio reprimido, que llevaban por dentro. La otra noche me las encontré en “Salsa y Son”, dicen que por fin están conociendo el verdadero significado de la palabra amor. Supe que próximamente viajarán a España, donde contraerán matrimonio. Y yo mientras tanto aquí, solo y aburrido, sin esposa y sin novia, al igual que me imagino debe estar el infeliz ese que lanzó la propuesta del beso, y que yo apoyé sin restricción alguna. Ahora, me arrepiento de no haber mantenido mi propuesta de estar con mi novia, y de haber sucumbido en ese, que fue mi propósito inicial, para no tener que estar viviendo esta amarga soledad. En cuanto a ellas, no las culpo de nada, nunca es tarde para enamorarse. Los apartamentos donde vivíamos, y donde pasamos tantos instantes maravillosos, ahora están vacíos, a la espera de que nuevas familias o nuevas parejas, los habiten. Es probable que las personas que lleguen entretejan nuevas situaciones, experimenten sensaciones diferentes o compartan las mismas aventuras y las mismas fantasías, o simplemente que no propongan nada, que vivan por vivir, como lo hace la mayoría de mortales. FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario