miércoles, 8 de junio de 2022
MORIR ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA
MORIR ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA
El domingo al amanecer, antes de terminar su turno, Dan Tévez tuvo la oportunidad de observar a lo lejos una extraña formación sideral que se desplazaba por un área lejana de la galaxia. Trabajaba en el Observatorio Astronómico desde hacía varios años y nunca había presenciado el descubrimiento de algo interesante. Esa era la hora más crítica de su desempeño: justo antes de entregar su turno. Era el momento en que su cerebro sostenía una dura batalla contra su organismo por mantenerse despierto. Al principio no tuvo certeza si realmente existía o si era la representación gráfica de su cansancio, sintió entonces la necesidad de esforzarse al máximo hasta poder comprobar que efectivamente se trataba de una estructura nueva en los confines de la galaxia misteriosa e inexpugnable que se mostraba invencible ante nosotros.
Luego de cerciorarse no esperó un solo instante y se comunicó de inmediato con su superior. Ese era el protocolo establecido. Sin embargo, siempre había un estrecho límite entre un hallazgo importante y despertar al jefe que trabajaba mucho y casi no tenía tiempo para el descanso. Por eso no pudo dilucidar si su llamado iba a merecer un aplauso o una reprimenda. Pero bueno, al fin y al cabo, ese era su trabajo y así lo hizo.
Informó al director del Instituto Internacional de Asuntos Espaciales la presencia de una estructura cósmica nueva en un área específica de la galaxia, la cual nunca había sido reportada. Esa era una razón importante para que el director diera por terminado el sueño y corriera de inmediato al Observatorio Astronómico para comprobar por sí mismo la situación. Esa era tan sólo una parte de sus funciones.
No solamente tuvo la oportunidad de corroborar la información, sino que en su vaga experiencia alcanzó a considerar que por sus características, la formación indicaba la presencia de algo extraordinario, por eso convocó de inmediato a todos los directores de las agencias espaciales nacionales para comunicarles el hallazgo. Sus colegas avizoraron el fenómeno y percibieron un descubrimiento sorprendente.
Así comenzó ese domingo inolvidable, el día en que se daría a conocer el más grande acontecimiento en toda la historia de la humanidad. Un evento sin precedentes del cual no se tenía la más mínima información, mucho menos imaginar sus causas o sus posibles consecuencias.
En su interior cada uno de los directores presentía lo peor. Y aunque ninguno se atrevía decir nada, sus conocimientos les permitían considerar que se estaban enfrentando a algo muy poderoso, pero ignoraban qué sucedería si a esa extraña formación se le ocurriera aproximarse a nuestro refugio, a ese punto azul cálido que por siempre nos había servido de hogar; por ahora, antes de inquietarse por algo que ni siquiera conocían, se preocupaban por la posibilidad de ser arrastrados hacia el voraz imperio mediático, capaz de lo inimaginable con tal de alcanzar ese grado preciso de sensacionalismo que les ofreciera una audiencia suficiente para merecer el mercado necesario de su apetito insaciable.
Finalmente fue el lunes al mediodía, cuando los representantes de las agencias espaciales nacionales, se reunieron de manera urgente con el secretario general de la Federación de Naciones FENA, y sus asesores más cercanos para informarle sobre el acontecimiento y adoptar una opinión oficial y unificada al respecto. Pero no fue fácil, como casi siempre ocurre cada quien tenía su propia versión del asunto y consideraba que la suya era la que más se ajustaba a la realidad, por eso fue imposible alcanzar una unidad de criterio, razón por la cual la comisión prefirió posponer por un día más la conferencia de prensa en la que se iba a tratar el tema. Mientras tanto ellos siguieron reunidos a puerta cerrada.
Desde lo más profundo de su ser, Dan Tévez pudo presagiar que venían tiempos difíciles para la Tierra. Hizo cálculos intrincados y quedó pasmado con sus probables resultados; sobre todo, le preocupaba la magnitud del fenómeno, la velocidad a la cual se desplazaba, la dirección hacia la cual se dirigía y el total desconocimiento de su composición. A Dan Tévez no le gustaba para nada el manejo que se le estaba dando a la situación, las agencias espaciales nacionales y los grandes grupos de poder estaban más preocupados en que la organización de la Tierra no se viera alterada, que en que la gente tuviera el derecho de enterarse qué era lo que estaba realmente sucediendo.
Finalmente tuvo lugar la conferencia de prensa. Al principio el secretario general de la FENA hizo una larga disertación sobre los principios de la astronomía y su forma como afectaban al planeta y todo lo que dentro de él se encontraba. Posteriormente le cedió la palabra al presidente de la Oficina de Asuntos Espaciales de la FENA, este de manera aplomada y concienzuda, se dio a la tarea de explicar desde el punto de vista puramente científico las realidades y posibilidades a las cuales nuestro hogar se enfrentaba con la presencia, aunque lejana, del extraño fenómeno.
“Se trata de una inmensa nube de polvo cósmico. Que se podría dirigir hacia el brazo de Orión en la Vía Láctea y que eventualmente tendría algún acercamiento a nuestro sistema solar. De cualquier manera, generalmente este tipo de fenómenos suelen ser restos de explosiones de estrellas viejas en lugares muy lejanos del universo, lo cual quiere decir que no habría de representar ningún tipo de problema para el planeta Tierra ni para los objetos de nuestro vecindario; sin embargo, continuaremos investigando esta aparición atípica para tener informada a la opinión pública”.
No hubo preguntas. La tal rueda de prensa no existió ya que el grupo de científicos se retiró de inmediato del recinto, aduciendo que “no había nada más que decir”. Dan Tévez permanecía como un espectador más, ya que paulatinamente su gestión en el observatorio se fue reduciendo y su escasa participación se refería a otros aspectos no relacionados con la “gran nube de polvo cósmico”.
Dan Tévez comprendió que todo era mentira. Ellos sabían que con toda seguridad el fenómeno se dirigía al sistema solar, que se aproximaba a una velocidad abismal, que su magnitud era extraordinaria y que por ignorar su composición, cualquier cosa le podía suceder al planeta y por ende al género humano. Mentían, simplemente mentían para ganar tiempo y salvaguardar los intereses de los países más poderosos de la tierra y de las empresas más representativas de esas naciones, a costa de engañar a la gente. Ese mismo día Dan Tévez renunció al Observatorio Astronómico y al Instituto Internacional de Asuntos Espaciales, tomó entonces la decisión de continuar por sí solo e investigar por sus propios medios cuál era la realidad de esta situación inédita, capaz inclusive de poner en jaque a la humanidad entera.
Mientras tanto, los presidentes de todos los países o sus representantes, poco a poco fueron llegando a la sede de la FENA, porque habían sido convocados para una reunión extraordinaria, lo más extraño es que ésta sería a puerta cerrada; es decir, sin la participación de la prensa.
Entonces comenzaron las conjeturas. Los mismos medios agolpados en los recintos próximos a la sede se encargaron de propagar mil rumores diferentes, mientras que intentaban sobornar cual mejor postor a quien le entregara información de primera mano.
Finalmente cuando la presión se hizo insostenible, el Consejo de Seguridad de la FENA, su Asamblea General, su Secretario General y el Presidente de la Oficina de Asuntos Espaciales, dieron a conocer un primer informe producido por el grupo de científicos de las principales agencias espaciales nacionales, en el cual se aseguraba, entre otras cosas, la consecución de una serie de elementos nuevos que les permitía concluir que estábamos ante el más grande descubrimiento en la historia de la humanidad. Entonces entraron a explicar de qué se trataba todo esto.
Mediante cálculos exhaustivos, se pudo establecer que la enorme nube de polvo cósmico tenía aproximadamente un millón de veces el tamaño del sol, que se desplazaba a la increíble velocidad de un millón de kilómetros por hora, que se dirigía con dirección a un sector de la galaxia, llamado “El brazo de Orión”, una de las espirales de la vía láctea en la cual se encontraba nuestro sistema solar; que su composición era compleja, ya que poseía partículas de agua y otras totalmente desconocidas para nosotros. Con esas dimensiones, a esa velocidad, y en esa dirección era demasiado factible que muy pronto, por cualquier lugar que entrara al sistema solar, la gran nube iba a envolver completamente al planeta, lo que no se podía aún establecer, era cuáles serían las consecuencias de la inesperada visita. No sabíamos todavía muchas cosas del fenómeno, lo cierto es que teníamos que enfrentarnos a una situación desconocida para nosotros, que podría inclusive significar el fin de la especie humana.
Era verdad. La gran incertidumbre de no conocer ni el origen de la nube, ni su destino, ni qué podía depararnos, estaba exacerbando a la opinión pública internacional. Esa fue la principal razón por la cual el mundo entró en un delirio descomunal como no se había visto jamás.
Aún a sabiendas de que no existía ninguna posibilidad comprobada de destrucción, el comunicado de la FENA había conseguido el efecto inversamente deseado, si lo que se quería era que la gente tuviera total tranquilidad para bien de los países más poderosos y de sus empresas más representativas, y del orden establecido, y de la organización mundial, el mundo se desplomó en un abismo de confusión y pesimismo; sobre todo, la mañana aquella en la que apareció muerto en su apartamento Dan Tévez, el padre de la “gran nube de polvo cósmico”.
“Se acostó y no se levantó” le dijo su madre a los medios de comunicación. Posteriormente, se pudo comprobar que su muerte se debió a una sobredosis de polonio 210, lo que le ocasionó un rápido envenenamiento. Desde ese día, el fenómeno sideral que se aproximaba a la tierra, fue bautizado por la prensa como: LA NUBE DE TÉVEZ, nombre que por supuesto no aceptó ni el IIAE ni mucho menos la FENA.
Para contrarrestar toda esta locura, algunos de los más prominentes astrónomos del Observatorio Astronómico del Instituto Internacional de Asuntos Espaciales, IIAE, entidad adscrita a la Oficina de Asuntos Espaciales de la FENA, decidió llamar al fenómeno “LA NUBE DEL GATO”, ya que a pesar de su forma irregular, haciendo un esfuerzo mental, al observarla se podía hacer a la idea de estar viendo “la carita de un gato con sus orejitas bien extendidas”, pero la gente del común prefería llamarla “La nube de Tévez”, en reconocimiento a su descubridor.
Pero el mundo tan sólo vino a comprender la problemática en toda su extensión, el día en que el papa convocó un concilio ecuménico con el único propósito de orar y pedirle a Dios que perdonara nuestros pecados y que nos diera otra oportunidad sobre la Tierra.
A partir de ese momento, surgieron desde todos los rincones del planeta cualquier cantidad de personajes excéntricos, autores de las más disparatadas teorías sobre el fenómeno sideral, y con miles de soluciones absurdas para contrarrestar sus posibles efectos en la Tierra.
Que el paso de la gran nube de polvo cósmico llamada por unos “LA NUBE DE TÉVEZ”, y por otros “LA NUBE DEL GATO”, traería consigo una gran cantidad de acontecimientos trascendentales en nuestro planeta, fue en adelante el pan de cada día.
Que iba a dejar la gente ciega, que iba a absorber el oxígeno, que iba a convertir el agua en sangre, que iba acabar con la vegetación, eran algunas de las ideas más descabelladas que se escuchaban. Que detrás de la gran nube venía un ovni con extraterrestres dispuestos a gobernar el mundo, que detrás de la gran nube venía una legión de ángeles preparando el camino para el juicio final, que detrás de la gran nube se acercaba un enorme asteroide que se iba a estrellar contra la tierra, que detrás de la gran nube se acercaba un poderoso rayo de luz que iba a destruir el planeta. Esto se asemejaba a una novela de ciencia ficción escrita por un autómata incorregible, con el único propósito de crear caos.
De esta paranoia colectiva lo único que había quedado era la muerte de Dan Tévez, tal vez producto de una conspiración o quizás de una persecución, era hasta el momento la primera víctima del fenómeno. Lo demás era pura especulación.
A pesar de la conformación de varias comisiones interdisciplinarias encargadas de investigar a fondo la gran nube, no se conocían nuevos datos de ella, pero existía un foco especial de preocupación para la comunidad internacional y era su composición, ya que según se creía, poseía algunas partículas totalmente desconocidas para nosotros. Ahí estaba la base de la cual emanaba el pesimismo generalizado que cubría la Tierra.
Entre tanto el tiempo seguía trascurriendo y el mundo continuaba a la espera de saber qué era lo que nos deparaba el destino. Pero no había consistencia en los datos, lo que algunos daban por cierto, otros lo denegaban por completo. Por ejemplo, si ayer aparecía algo nuevo, hoy se confirmaba plenamente, pero mañana se desmentía, y pasado mañana se despotricaba de semejante despropósito.
Entonces como siempre suele suceder, aparecieron los salvadores de oficio, personajes beneméritos con la facultad innata de interpretar el pensamiento colectivo y convencer con su moral elevada, de que finalmente habían establecido cuál era el problema y cuál debía ser la solución. Así surgieron personalidades renovadoras que fundaron nuevas iglesias, nuevas comunidades, nuevas organizaciones, nuevas teorías. Poco a poco el mundo se fue tornando desconocido y la capacidad para sorprenderse se fue desgastando con el paso inclemente de aquellos días inéditos.
Aparecieron en el mercado toda clase de productos y servicios dirigidos al público en general con el único propósito de salvarse de la casi segura hecatombe. Cosas impensadas, ideas inopinadas, un conjunto abstracto de elementos absurdos invadieron paulatinamente el pensamiento y el conocimiento para transformar al ser humano en un ser casi irracional, que podía conseguir lo que quisiera con la ayuda del dios dinero que todo lo concedía, siempre y cuando, ese apetito consumista tan común en otros tiempos, pudiera mantenerse indefinidamente.
Y la ciencia, única voz oficial y capaz de enderezar las situaciones más enrevesadas, seguía callada. Incompetente para manifestarse abiertamente, la comunidad científica, en lugar de expresar una opinión que generara caos, optaba por no pronunciarse.
Finalmente cuando se hizo insalvable el hecho de que el fenómeno envolvería la Tierra, el mundo fue adquiriendo un semblante más humano, los países prepotentes fueron cediendo paulatinamente sus pretensiones más audaces y sus gobiernos se tornaron más solidarios entre sí, la gente se hizo más tolerante y comprensiva, y fueron desprendiéndose de sus instintos de ambición y avaricia.
Las guerras finalizaron, lo conquistado regresó a sus legítimos dueños y los perjuicios sufridos fueron reparados por completo, los habitantes del planeta cesaron su abuso del medio ambiente y aprendieron a convivir con la naturaleza, se tejieron lazos de amistad entre todas las sociedades del mundo, las características humanas negativas que habían generado tantos conflictos y sembrado tantos odios se esfumaron intempestivamente y dejaron los espíritus inmaculados y desprovistos de toda maldad; así, mucho antes de su paso, la gran nube de polvo cósmico, conocida por unos como LA NUBE DE TÉVEZ, y por otros como LA NUBE DEL GATO, había logrado su primer milagro: que después de 10.000 años finalmente los seres humanos viviéramos con humanismo, como debimos haber vivido siempre y no ahora que era ya demasiado tarde.
Finalmente después de tantos ires y venires, el tiempo se agotó, pronto la gran nube de polvo cósmico alcanzaría la nube de Oort, luego llegaría hasta el cinturón de Kuiper, posteriormente envolvería las orbitas de los gigantes gaseosos, seguidamente abarcaría el cinturón de asteroides y después haría su entrada triunfal en las orbitas de los pequeños rocosos, donde se encontraba nuestro amado refugio: el planeta Tierra.
Para nosotros probablemente, todo habría terminado, pero para la gran nube el camino seguiría, visitaría al Sol y continuaría su recorrido, ahora de forma invertida, hasta salir del sistema solar, y proseguir así su sendero caprichoso, divagando por los confines difusos de la galaxia.
Apenas unos días antes de la llegada de la gran nube, un grupo de excompañeros de Dan Tévez, dijeron a la prensa que el descubridor del fenómeno había sido asesinado por haber descifrado algo en la nube que iba a cambiar el destino de la Tierra. “Dan Tévez se fue con el secreto a su tumba, luego su muerte, se debió a un complot para acallar la verdad y someter a la humanidad a la voluntad de los más poderosos”.
Por fin llegó el momento esperado. La gran nube de polvo cósmico tocó tierra. El cálculo de los científicos estipuló que el paso del fenómeno duraría a aproximadamente dos días. Por esa razón, por mandato de la FENA y de los diferentes gobiernos, el mundo se iba a paralizar durante cuatro días. Las empresas, las oficinas, los almacenes, los negocios, las escuelas, los colegios, las universidades, los institutos, los cines, los teatros, los coliseos, los escenarios, y en general, todos los establecimientos públicos y privados, sin ninguna excepción, debían cerrar sus puertas.
Tan sólo funcionarían hospitales, clínicas, centros de salud y centros de información, así como los cuarteles de la policía, las fuerzas militares, los organismos de atención de desastres y las entidades de servicios voluntarios. Las autoridades despacharían desde guarniciones militares, en donde estarían con sus familiares y sus colaboradores del gobierno. Todo organizado bajo un esquema especial que funcionaba de manera similar en todos los rincones del mundo, desde la ciudad más grande hasta el poblado más pequeño.
Sería un festivo internacional de 96 horas. Todas las personas debían permanecer resguardadas en sus lugares de residencia o el que hiciera sus veces, durante cuatro días, o hasta cuando las autoridades de la FENA, así lo determinaran. Cada persona debía poseer un radio y estar atenta a la información. Los servicios públicos serían suspendidos hasta nueva orden.
De igual manera en cada hogar, las personas debían proveerse de todo tipo de alimentos, medicamentos, agua y ropa, así como de pitos y linternas, y elementos necesarios para este tipo de situaciones y seguir las recomendaciones de las autoridades; entre otras, la de no asomarse a la calle bajo ninguna circunstancia.
Cuando ya estaba todo preparado comenzó el acontecimiento. De repente el cielo empezó a oscurecerse, una densa mancha de partículas prehistóricas tiñó de rojo y naranja el ambiente, la luz del Sol no pudo penetrar y se hizo noche. La temperatura descendió en promedio diez grados y un rugido aterrador se apoderó del entorno, en esos primeros instantes la mayor parte de la gente creyó que había llegado el fin del mundo.
A estas alturas hasta el más optimista había perdido toda esperanza de sobrevivir, aún en el hogar más incrédulo, una oración se alzó y una plegaria se elevó para implorar perdón y misericordia, hasta el más ateo de los seres invocó a Dios en ese momento final de su existencia.
Las horas se hacían interminables. La gente vivía verdaderos momentos de desesperación. Por un lado, la incertidumbre de no saber qué acontecería; por el otro, la consternación de soportar una experiencia completamente desagradable: sin poder salir, sin agua, sin luz, sin gas y sin teléfono. Las radios se mantenían encendidas a la espera de una información cargada de malas noticias que no llegaba de ninguna parte.
Los temores que se suscitaron en el seno de las familias se fueron disipando a medida que el fenómeno fue transcurriendo y la tranquilidad comenzó a aflorar tímidamente, en tanto que todo parecía volver a la normalidad o que por lo menos la situación tendía a ser algo más habitual.
Lo único que se pudo percibir fue una llovizna de partículas que pintaron el ambiente de tonos rojos y naranjas, y un tenue olor a alguna sustancia indeterminada, un rugido que se fue perdiendo hasta que quedó convertido en un sonido leve y una sensación térmica muy baja que hizo prever el inicio de una gran tormenta. El Sol se escondió, y ni su luz ni su calor tuvieron la delicadeza de aparecerse por aquellos días.
El tránsito de “LA NUBE DE TÉVEZ” por la Tierra duró 50 horas, 40 minutos y 30 segundos. Las radios comenzaron a difundir un mensaje a través del cual “el paso del fenómeno no había provocado ninguna alteración y que pronto todo volvería a la normalidad”.
Entonces las gentes del mundo entero, en perfecta sincronización, comenzaron a salir desprevenidamente de sus casas, contradiciendo las recomendaciones de las autoridades que hablaban de cuatro días de recogimiento, pero nadie quería perderse la inolvidable experiencia de interactuar con los últimos estertores de la gran nube de polvo cósmico que tanto había perturbado a la humanidad.
Finalmente, y para no quedar mal ante su ineficiencia, la FENA terminó por levantar la cuarentena y permitió que las personas pudieran salir, y que a partir de ese momento todo volviera progresivamente a la normalidad, ya que no existía el más mínimo riesgo para la salud humana.
Al siguiente día, un sol radiante y un cielo azul permitieron descubrir un ambiente más puro y un mundo nuevo que estaba naciendo. La ilusión para muchos de iniciar una nueva vida, cargada de cosas positivas, se convirtió en una especie de nuevo mandamiento para la especie humana. Allí se pudo determinar el fracaso total de los pesimistas, de los charlatanes, de los falsos profetas, de los líderes negativos, y en general, de todos esos personajes oscuros que en toda sociedad suelen aparecer con el ánimo de tergiversar la realidad para acomodarla a sus intereses.
A pesar de que el paso de la gran nube no había ocasionado ningún inconveniente, el miedo y la debilidad de alrededor de un millón personas en todo el mundo las llevaron a optar por el suicido antes de sucumbir ante la supuesta inclemencia del destino. Ese era el trágico balance, la pérdida por ignorancia como la de este millón de personas y la pérdida por ilustración como la del científico Dan Tévez.
El mundo se llenó de felicidad y se volvió más tolerante, las características negativas inherentes al ser humano parecieron esfumarse y por fin se conoció al significado cabal de la palabra PAZ, todo parecía un auténtico milagro. Por esa razón, las iglesias se entrelazaron en sendas plegarias y vigilias de agradecimiento, porque su interpretación redundaba en una prueba inequívoca de la misericordia de Dios.
El planeta quedo sumergido en un estado permanente de fiesta y la alegría se extendió por todo el mundo. Fueron muchos días de celebración los que se vivieron, desde la ciudad más grande hasta el poblado más pequeño, desde la familia más poderosa hasta el clan más humilde.
Una comisión de alto nivel que tuvo a cargo el análisis de la gran nube tras su paso por la tierra, llegó a cuatro conclusiones:
La primera, que se habían detectado diez componentes en la gran nube de polvo cósmico. De esos componentes, ocho fueron perfectamente reconocidos y dos resultaron completamente desconocidos.
La segunda, que la gran nube se dirigía hacia los confines de la Vía Láctea, a una velocidad aproximada de un millón de kilómetros por hora.
La tercera, que no había presencia anormal de ningún tipo de radiación, que se hubiera eventualmente depositado en la litósfera, en la atmósfera o en la hidrósfera.
La cuarta, que no se había producido en el mundo ningún tipo de evento, percance, accidente o daño a infraestructura asociado con el fenómeno.
Un grupo interdisciplinario conformado por médicos, biólogos, geólogos, ecólogos, astrónomos, físicos, químicos, matemáticos y otros; todos, con profundas especializaciones en diversas ramas del saber científico y del saber humano, se encargarían del estudio de las dos sustancias que resultaron extrañas en la composición de la gran nube para examinarlas y así poder determinar su significado exacto.
Entre tanto el mundo continuaba su curso regular, la gente fue poco a poco retomando su rutina y los buenos propósitos se fueron perdiendo a medida que el inexorable paso del tiempo continuaba su ritmo. Pronto ese aliento de cosas positivas en que quedó convertido el planeta tras el paso del fenómeno se esfumó y todo volvió a la misma realidad de siempre. Nuevas guerras estallaron alrededor del mundo, y regresó con más fuerza la violencia, la intolerancia, el irrespeto y el desprecio; nuevas tormentas políticas y sociales brotaron alrededor del planeta y renació con más ímpetu la ambición, la envidia, el egoísmo y el odio. La muerte extendió de manera incontrolable su sombra sobre la faz de la Tierra.
La gran nube de polvo cósmico conocida por unos como LA NUBE DE TÉVEZ y por otros como LA NUBE DEL GATO, quedó pronto sepultada en el pasado y con ella también el recuerdo de su descubridor Dan Tévez y el de más de un millón de personas que ante su inminente llegada optaron por el suicidio como único medio de trascendencia.
Entonces apareció en el mundo una noticia tan inesperada como desconcertante. Fue precisamente un médico indio el primero en detectar el problema. Según su teoría a partir del paso de la gran nube de polvo cósmico por la Tierra, no se habían vuelto a presentar nuevos casos de embarazos en su país, el más fértil del mundo.
Teniendo en cuenta que el promedio de hijos por mujer en la India es de aproximadamente seis, resultaba muy extraño que en ningún centro de salud grande o pequeño de ese país se hubiera registrado embarazo alguno después del paso del fenómeno; inclusive, el médico pudo documentar que efectivamente los embarazos que se habían producido sucedieron antes del paso de la gran nube, pero nunca después.
La noticia corrió despavorida por todo el mundo y varios de sus colegas coincidieron con el informe. Noticias llegadas de China, Estados Unidos, Indonesia, Pakistán, Brasil, Nigeria, Bangladesh y Rusia, las naciones más pobladas del mundo, certificaban el hecho. De igual manera desde todos los demás países del mundo llegaron datos que confirmaron el extraño acontecimiento. Así surgieron entonces las conjeturas en torno a que esta era una posible consecuencia del paso de la nube, pero pronto fueron desmentidas por la Agencia Internacional de Salud Pública, que determinó que no era cierto que no se hubieran presentado embarazos después del paso de la gran nube, que lo que sucedía era que eran pocos, ya que debido a que esa fue una época muy estresante, obviamente no hubo tiempo para la sexualidad pero que pronto todo iba a volver a la normalidad.
Tras esa aseveración se generó en el mundo una reacción en cadena, que fue envolviendo la Tierra en una nueva ola de angustia tanto o más preocupante que el paso mismo de LA NUBE DE TÉVEZ, razón por la cual se convirtió en el tema preferido de la comunidad internacional, de los medios de comunicación, de las redes sociales, de los grupos de opinión y de la gente del común en general.
Y era verdad. Ni en las naciones más prolíficas ni en las menos, se habían reportados nuevos embarazos tras el paso de la gran nube. Pero como la Agencia Internacional de Salud Pública decía que esa información carecía de veracidad, la FENA optaba por decir que era una “campaña de desinformación fundada en intereses mezquinos”. Por tanto, la teoría del médico indio cayó, por unos días, en desuso.
Más como un secreto a voces no puede acallarse indefinidamente, uno a uno, los presidentes de las grandes naciones, fueron poco a poco aceptando la realidad. Y comenzaron individualmente a investigar cuál era la razón de aquel gran misterio.
Fue una tarde lejana de febrero, cuando las grandes agencias especializadas aceptaron ante una improvisada rueda de prensa que efectivamente tras el paso de LA NUBE DEL GATO, la reproducción humana había entrado en un inusual estado de aletargamiento.
Con esa declaración comenzó la más grande investigación científica en la historia de la humanidad. Con la participación de entes públicos y privados y bajo la dirección de la FENA, se dio inicio a la operación que finalmente debía determinar si efectivamente el final estaba cerca.
Luego de varios de estudios y análisis, la FENA dictaminó en un mensaje a través de los diferentes medios de comunicación que “A pesar de que el estrés por el paso del fenómeno había desaparecido y aun así, las parejas no lograban concebir”, la profunda investigación de un ente multisectorial de alto nivel, dejó al descubierto la fatídica noticia de que “El hombre había perdido la capacidad de producir espermatozoides”.
Y para completar el mensaje apocalíptico, en uno de sus apartes el informe señalaba: “Era perfectamente posible que el extraño acontecimiento se debiera al contacto del género humano con el fenómeno sideral llamado: LA NUBE DEL GATO”.
Y más adelante agregaba: “Se han hecho recuentos de células sexuales masculinas bajo diferentes parámetros, aplicando variadas metodologías, en diversas regiones del mundo y el conteo en todos ellos, ha arrojado el mismo resultado: cero”.
Y luego finalizaba: “Bajo esa premisa, no es difícil dilucidar que al perder el hombre la facultad de producir células sexuales, la reproducción humana y; por ende, la supervivencia del ser humano sobre la faz de la tierra, está prácticamente llamada a desaparecer”.
Ante semejante escenario, se llevaron a cabo todo tipo de investigaciones concernientes a la producción de espermatozoides; inclusive, se recurrió a una serie de estímulos económicos para la pareja que lograra concebir. El mundo cayó en una especie de orgía universal encaminada única y exclusivamente a concebir el primer ser humano tras el paso de LA NUBE DE TÉVEZ.
La naturaleza en medio de sus sabias decisiones, había reservado la extraña medida únicamente para los machos de la especie humana, en las demás especies, la vida continuaba su curso normal. Era la especie humana la única perjudicada con su caprichosa disposición.
Entonces asaltó a los habitantes de la tierra una serie de poderosas inquietudes: ¿Qué iba a ser del mundo sin la existencia de los niños? ¿Cómo podía concebirse el planeta sin la participación de los más fantásticos seres que jamás han existido en él?
Y es que a pesar de todas las preocupaciones y las indisposiciones que ellos nos causaban, cómo podría un adulto alcanzar su realización, si ellos eran ni más ni menos, que la más grande y profunda razón de vivir, con ellos la trascendencia alcanzaba su punto más alto.
Qué sería de todos esos elementos propios de la niñez, como los juguetes, las mascotas, los dulces, los helados, las galletas, las tortas, las escuelas, los colegios, las bromas, los juegos, las sonrisas, los chistes, y todo lo demás que es inherente a la más bella época del ser humano.
Cómo sería de triste y vacío un mundo sin niños, cómo se podría mantener unida a una familia sin su necesaria participación, cómo se podría sostener emocionalmente un hogar sin su bella presencia, cómo se podría preservar una economía en la que la mejor parte de ella estaba destinada a ofrecer productos y servicios para los más pequeños, cómo se podría proseguir en la vida sin el tierno aliento de su prominente existencia.
Un pesimismo generalizado se fue apoderando del género humano. El tiempo continuó transcurriendo y las fuerzas se fueron agotando. Los que habían alcanzado a nacer comenzaron a crecer y con ellos, la esperanza de niñez se fue acabando. Por la mente de los habitantes de la Tierra, cruzaba el fugaz recuerdo de esos loquillos tiernos que tanta alegría habían sembrado en los corazones de todas las épocas.
Entonces aparecieron las advertencias de un tal Dan Tévez, astrónomo casi desconocido, que una lejana tarde dominical había descubierto en su insignificante cuarto de estudio, el fenómeno sideral más grandioso en la historia de la humanidad, del cual tuvo siempre la impresión que traería infaustas noticias para nuestras vidas, y cuyo recelo inerme lo paseó de manera inútil por el mismísimo camino de la muerte.
Una latente depresión comenzó a afligir la conciencia humana sobre este punto azul pálido, incrustado en el brazo inconcluso de una galaxia espiral, ubicada en el punto más indeterminado del universo, con el único propósito de conmover hasta los espíritus más inamovibles, para que nadie se atreviera a poner en duda el poder supremo de la naturaleza que anunciaba a gritos que definitivamente la muerte estaba cada vez más cerca.
FIN
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