miércoles, 1 de junio de 2022
MONTAÑAS DE MENTIRAS CAEN DE VERDAD
MONTAÑAS DE MENTIRAS CAEN DE VERDAD
El sol comenzaba a caer. En la lejanía, el horizonte teñido de rojo, propio de los atardeceres veraniegos, pintaba un paisaje prehistórico. Danilo seguía impaciente la espera. Sentado sobre una piedra, aguardaba que la providencial figura de Malena, surgiera en la distancia.
El astro rey, que había mostrado toda su imponencia durante el día, buscaba un refugio para ocultarse, y nada mejor que entre la depresión que unía los dos enormes promontorios de tierra y vegetación, que daba nombre y forma al tan conocido “Cerro de las tetas”.
Y fue allí mismo, frente a la superpuesta imagen del cerro con torso femenino, en donde Danilo percibió a Malena en toda su extensión, la pensó no como una hermanastra sino como una mujer, y descubrió que su presencia era una condición indispensable para seguir existiendo.
La espera que se hacía eterna, comenzó a disiparse repentinamente, y se transformó en un sentimiento profundo de alegría, cuando a lo lejos, Danilo vio venir a Malena, con su bluyín y su blusa roja, entonces sintió que un oasis de felicidad brotaba de su alma.
Sí, ahí venía Malena, con su cabello negro como el petróleo puro, con su piel dorada como la arena limpia, con su mirada seductora como la noche tibia, con su sonrisa encantadora como la brisa fresca. Malena tenía 22 años y Danilo iba a cumplir 20. Eran hijos del mismo padre aunque de diferente madre. Compartían la información genética de un progenitor que jamás había visto de ellos; en efecto, su padre terminó sin proponérselo engendrando tantos hijos, que un día se sintió desfallecer en el propósito de responder por todos, y decidió partir con rumbo desconocido, sin dejar el más mínimo rastro, y para siempre. Jamás se supo más de él.
Sucedió que un día cualquiera, los dos hermanos se conocieron y atando cabos, llegaron a la conclusión de que efectivamente eran hermanos, y a partir de ese momento, se siguieron viendo de manera esporádica. Pero a Danilo, desde el primer instante en que la vio, Malena se le quedó metida en la cabeza. Aparecía repentina y fugazmente, alegrándole la vida, como una nube que sonríe en el cielo o como una rosa que fulgura en el jardín. Su media hermana poco a poco se le fue instalando en un rinconcito del corazón, hasta convertirse en su dueña absoluta. Y lo peor era saber que a nadie podría contárselo, para no ser reprimido por pervertido e incestuoso.
Por eso un día, Danilo decidió que debía confesarle a Malena todo el amor que por ella sentía; a sabiendas de que debía ser muy cuidadoso con lo que le iba a decir y en la forma en que lo iba a hacer, porque podría ser que ella se asustara y saliera huyendo de él, de forma despavorida. Danilo elaboró un intrincado protocolo de palabras y señales, que cubría un amplio abanico de posibilidades, pero que en cualquier caso, le daba a él la oportunidad de quedar bien parado ante ella, pues al fin y al cabo, todo lo que él quería que ella supiera, era que la amaba profundamente.
En cierto momento, Danilo percibió que todo esto era una locura, y sintió la necesidad de cancelar la cita, porque podría ser posible que la poderosa atracción que él sentía por su hermana no fuera otra cosa que un capricho febril y pasajero que pronto acabaría, y sí terminara por dañar la naciente amistad que los dos estaban forjando. Pero con el arrojo y la valentía que había heredado de su padre, sintió que fuera lo que fuera, debía emprender la travesía y hacerle saber a Malena el sentimiento que su corazón abrigaba, el cual no era otra cosa, que el amor más puro y sincero del mundo.
Pasadas las cinco se encontraron en la pradera, frente al imponente “Cerro de las tetas”, el cuál actuaría como único testigo de la más inesperada declaración de amor que el mundo jamás hubiera presenciado. En aquella ocasión, Danilo descubrió a Malena mucho más mujer que media hermana, y sentenció que en cualquier caso, amar no era un pecado ni un delito, y justificó su proceder en la noble condición humana de ser leal consigo mismo.
Malena entre tanto, ajena a cualquier confesión, empezaba a ver a Danilo como aquel hermano que jamás había tenido, y un desconocido amor fraterno comenzaba a aflorar desde el fondo de su alma. Se sentaron sobre unas piedras que adornaban el camino, y mientras contemplaban la tarde que iba cayendo, fueron conversando de cosas triviales, casi sin sentido, que servían para romper el hielo y abrir las puertas del incipiente acercamiento.
Danilo estaba feliz, y en el máximo esplendor de su apogeo, experimentó la sensación impostergable de manifestarle a Malena la razón de la cita.
-Malena- dijo Danilo con voz temblorosa-, el motivo de mi cita es que tengo algo muy importarte qué decirle.
-Sí, claro Danilo le escucho- respondió Malena con total frescura, mientras pasaba su mano sobre su cabello desarreglado por el viento.
-Pero antes de contarle lo que quiero contarle, debo hacerle una pregunta: ¿usted qué pensaría de un hermano que se enamora de una hermana?
-¡Ah, no! Que es una total locura, un desafío a la naturaleza humana, una ofensa a Dios, una total aberración, lo peor que una persona pueda pensar. Habiendo tantas mujeres en el mundo y preciso fijarse en su hermana. ¡No! Imposible de aceptar. El tipo está loco.
Ante semejante respuesta, Danilo quedó completamente desarmado, sintió que un monstruo grande y hambriento le devoraba las entrañas, y deseó no haber nacido, no le importaba haberse perdido de tantos instantes maravillosos con tal que eso le hubiera significado evitarse tan amargo momento.
Danilo permaneció absorto, en total silencio, mirando hacia el cerro, con la mirada ausente y perdida, como pensando en algo abstracto, como recordando una escena jamás vivida, ahogado en la posibilidad incierta de un anhelo indeterminado. Quedó apesadumbrado.
-Pero Danilo- inquirió Malena-, ¿qué era lo que quería decirme?
Danilo permaneció callado durante unos segundos que parecieron eternos, y antes de que Malena dijera algo más, Danilo manifestó:
-Allá en el “Cerro de las tetas”, me cuenta un amigo que sucedió una historia increíble. Resulta que en la época de la colonia, existía en ese lugar un monasterio, en el cual vivía una comunidad de nazarenos, dedicados a la oración y la penitencia. Vestían de traje negro, con su cuerpo totalmente cubierto y un sombrero también negro que terminaba en forma cónica, que cubría y protegía su cabeza. Había en ese lugar más o menos cuarenta hombres que vivían de la limosna y la caridad pública. Pero comenzó a correr entre la población de aquel entonces, la idea de que cuánto más dieran en dádivas a aquella comunidad de “santos varones”, Dios devolvería a su dador, el doble de lo entregado. Por esa razón el pueblo emprendió una intensa campaña de extensos donativos, de grandes donaciones en cantidad y calidad, por parte de propios y extraños, de ricos y pobres, de hombres y mujeres, que entregaban toda clase de objetos, joyas, riquezas y pertenencias, con tal que eso les significara la devolución doble de su ofrenda, por parte de Dios. Claro, la idea no era dar porque les naciera, sino para que al final pudieran tener más. Con el transcurrir del tiempo, la comunidad se fue haciendo dueña de una inmensa riqueza, compuesta por formidables tesoros de dinero, de joyas, de finas telas, de delicadas especias, de piedras preciosas, y de toda clase de objetos y piezas que tuvieran algún valor material. Pronto se encontraron ante la realidad de no saber ya qué hacer con tantas cosas, ni dónde poder guardarlas, por lo que tuvieron que empezar a cavar túneles y a construir galerías para esconder semejante fortuna, mas como no ha existido ni existirá imperio alguno que pueda conservarse a través de los tiempos, porque tarde o temprano termina cayendo, a aquella congregación de nazarenos le llegó también la hora de rendir cuentas. El ejército revolucionario que nacía en aquellos días, para luchar contra la tiranía de los invasores de nuestras sagradas tierras, acusó a dicha comunidad de convertir su monasterio en un centro de acopio de armas y una fortaleza económica de quienes defendían la presencia de los usurpadores en la región, y decidieron que debían ser requeridos para que devolvieran al pueblo agraviado, las armas y el dinero, que iban a ser usadas en su contra. Ante semejante panorama, los nazarenos optaron por una improvisada dispersión, que dejó como único representante de la comunidad, y por tanto, como único dueño de tan extraordinaria riqueza, a Maximiliano, líder máximo de la congregación, y en quién recayó la vital tarea de resguardar y preservar el gigantesco tesoro, el cual se aseguraba que era superior al entendimiento humano, que hasta se llegó a decir por aquellos días, que ni el mismísimo Salomón había poseído tanto caudal. La persecución fue intensa y violenta, uno a uno fueron cayendo los miembros de la comunidad, pero ninguno decía dónde se escondía el nazareno y su tesoro, sencillamente porque desconocían su paradero. Pero luego de infructuosas búsquedas y tras varios días de seguimiento, finalmente se halló la ubicación de Maximiliano. El ejército revolucionario lo exhortó a declarar la ubicación del tesoro, para devolverlo a sus legítimos dueños, a lo cual el líder se negó rotundamente, aduciendo que todo pertenecía a Dios y que él tan solo era su administrador. A pesar de haber sido torturado, Maximiliano guardó silencio, entonces los insurgentes le practicaron un juicio sumario, el cual sentenció que ante la negativa del sujeto a revelar el sitio donde escondía las riquezas, este sería condenado a la decapitación y la desmembración. Su cabeza, su torso, sus dos extremidades superiores y sus dos extremidades inferiores serían enterrados en seis puntos diferentes del autodenominado cerro, para que la tierra se comiera para siempre a tan detestable engendro, embaucador de ignorantes y traidor de la causa rebelde. Y que solicitaba a la comunidad en general, que continuara la búsqueda del tesoro a fin de encontrarlo y distribuirlo entre el pueblo en general, y hasta se creó para tal fin una recompensa de cuatro pesos, imagínese Malena, cuatro pesos, para quien la encontrara. Finalmente un indio grande y grueso, ejecutó con un hacha, la decapitación y la desmembración de Maximiliano, y los demás insurgentes, enterraron las partes del cuerpo en el cerro, según lo sentenciado. Y hasta el día de hoy, tan extraordinario tesoro, que según dicen podría ser el más grande del mundo en la actualidad, no ha aparecido. Mi amigo me ha dicho que es posible que no hayan buscado en los túneles ni en las galerías, porque no tenían las herramientas adecuadas para hacerlo. De todas maneras, mientras el tiempo fue pasando, la idea fue quedando en el olvido, y mi amigo, que es uno de los descendientes del indio verdugo, ha proseguido la búsqueda de manera ocasional, y tuvo la dicha de encontrar en días pasados el hacha del crimen.
Malena, que hasta antes del relato, parecía desinteresada e incómoda con la cita, como si tan sólo hubiera ido a cumplirla por compromiso, cambió repentinamente de semblante y sus ojos se fueron tornando brillantes de emoción, su rostro empezó adquirir una tonalidad rojiza, y sintió la necesidad de saber más, haciendo preguntas sin cesar, imaginando mil situaciones que la acercaban a la búsqueda y posterior hallazgo del tesoro.
Danilo, no ocultaba la felicidad de sentir a Malena interesada en él; o por lo menos, en su “novela”, y continuaba agregando ingredientes al relato, con el fin de que Malena prosiguiera su disposición, ya que según él, esto le aseguraba la posibilidad de estar más cerca de ella.
Cuando Danilo creyó tener todo bajo control, tras el fracaso del paso en falso inicial, Malena logró despertarse del ensueño, y regresando al mundo real al cual pertenecía, tuvo la cortesía de volver a la indelicadeza del interrogante primero, y abordó a Danilo con una pregunta que lo descompuso:
-¿Y por qué me preguntó al principio lo del amor entre hermanos?
Pero Danilo, que ya había dado muestras de lucidez intelectual, supo anticiparse de manera brillante a la reacción de la respuesta, y le dijo:
-¡Pero es apenas obvio!
Malena, que unos momentos antes permanecía absorta, ahora empezaba a descomponerse nuevamente, y como presagiando un desacierto, repuso:
-No. No tengo idea.
Danilo, dedujo que definitivamente no podía decirle nada en esta ocasión, que era aún demasiado temprano para semejante declaración y que debía manejar la situación, siguiendo adelante con la historia, y que en medio del relato que intempestivamente había inventado con el único fin de tenerla cerca, poco a poco iba a poder acceder a ella, demostrándole sin afugias todo lo que significaba para él, hasta que el tiempo hiciera su trabajo y la arrojara a sus brazos, y que llegado el momento de la verdad, Malena pudiera entender, el alcance imaginativo de su amor incondicional, y respondió:
-Es lo que le está sucediendo a alguien que mi amigo conoce, o sea a alguien que el conocedor de esta historia conoce muy bien.
La noche empezaba a caer y decidieron que era la hora de regresar al poblado. En el camino tuvieron tiempo de dilucidar mil inquietudes, cada vez más rebuscadas por parte de Malena y mejor resueltas por parte de Danilo. Era evidente el fervor que la narración había despertado en ella, que hasta le sirvió a él, para concretar nuevas citas en las que tratarían el tema, y por qué no, hasta para organizar la búsqueda del extraordinario tesoro.
Llegando al poblado se despidieron. Un beso tierno escapo de manera natural de los labios de Malena y se implantó espontáneamente en la mejilla de su hermanastro, lo cual constituyó para él, el más grande acontecimiento de toda su existencia. Fue el premio nobel a su creación literaria.
Al llegar a casa, Malena se encontró con la celebración del cumpleaños del señor Virgilio Inspitia, presidente de la junta de acción comunal del poblado. La casa estaba completamente llena. Gran cantidad de amigos, vecinos, compañeros y familiares departían de manera cordial y afectuosa el aniversario de tan querido personaje. Malena fue inquirida de inmediato por su mamá sobre la razón de la tardanza, no teniendo ella, otra opción que la de contar a todos los presentes, el motivo de su demora, para justificar su inasistencia a la festividad. Malena comenzó el relato, tal y como Danilo lo había hecho, agregándole además, la emotividad propia de quién conoce a la perfección un tema y disfruta su exposición. De repente, todos los presentes se hallaron expectantes de la narración, y seguían con especial atención la historia del extraordinario tesoro, que sin duda alguna debía reposar en algún paraje del “Cerro de las tetas”, y que tenía motivos suficientes para convertirse en patrimonio cultural del poblado, y por ende, de todos sus habitantes.
De esta manera, se empezó a regar el rumor del tesoro escondido de la congregación nazarena. Cada invitado que estuvo presente en el cumpleaños, y escuchó el relato de Malena, al llegar a su casa, contó la historia a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos y a sus compañeros, y estos a su vez a los suyos, hasta que todo el poblado terminó enterándose de la historia en cuestión de horas. A la mañana siguiente, el cuento ya había traspasado las fronteras municipales. Pronto la historia sería conocida a nivel departamental, nacional e internacional.
En los siguientes días, el “Cerro de las tetas” habría de convertirse en un gran centro de acopio de buscadores de fortuna. Llegados desde el mismo poblado y desde afuera, los soñadores fueron tomando posesión del cerro y de sus terrenos aledaños, construyendo cambuches donde se instalaron de forma irregular con sus respectivas familias. Los nativos, que siempre habían tenido el cerro entre ellos, comenzaron a verle determinadas características, que comprobaban de manera irrefutable, la presencia del extraordinario tesoro. Los más creyentes, entre tanto, atribuían al crimen del religioso, la pobreza del pueblo y los permanentes castigos que la naturaleza les infligía, lo cual confirmaba irremediablemente la ejecución del crimen, asegurando como la más posible causa la posesión de la riqueza. El ambiente natural y social del cerro se fue deteriorando con el paso de los días, y se fue transformando en un terreno erosionado y un territorio hostil que no respondía al llamado de ninguna autoridad.
El asentamiento se fue expandiendo aceleradamente y de modo desorganizado, sin servicios públicos, ni servicios básicos, la explosión demográfica se implantó en el cerro y las costumbres agrestes y violentas tupieron un tejido social en franca decadencia. Dos grupos se hicieron visibles en la búsqueda de la supuesta fortuna. En la “teta” izquierda del cerro, se instalaron los que querían hallar el tesoro para repartirlo entre el pueblo en general. En la “teta” derecha del cerro, se instalaron los que querían hallar el tesoro para repartirlo entre ellos mismos. Los dos grupos estaban separados por una línea imaginaria que dividía el cerro y que nadie se atrevía a cruzar so pena de perder la vida. Una frontera invisible había quedado trazada entre las dos repúblicas independientes que acababan de nacer.
Entre tanto, Danilo y Malena continuaban sus vidas rutinarias, en medio de un poblado que comenzaba a quedar vacío, y una comunidad que empezaba a desesperarse por el descomunal avance de la violencia fratricida y el no hallazgo del sensacional tesoro, a pesar de su intensa búsqueda.
Los encuentros entre los dos hermanos se hicieron más frecuentes, y comenzaron a hacerse más comunes en otros ambientes. Sin ninguna restricción, Malena iba hasta la casa de la mamá de Danilo, y Danilo iba sin ninguna restricción hasta la casa de la mamá de Malena. Así las cosas, las dos mujeres se fueron acercando, y fueron forjando un aprecio casi fraterno, sustentado en la amistad de los jóvenes, y dejando atrás cualquier prejuicio, surgido por los intereses antagónicos de su rivalidad familiar. Danilo estaba viviendo los instantes más maravillosos de su existencia.
Malena, obnubilada por la latente probabilidad de abandonar de una vez por todas, la presurosa pobreza que siempre le había rodeado, exhortó a Danilo a ir junto a ella, en búsqueda del tesoro, contando con la participación activa del amigo, del descendiente del indio verdugo, para que los guiara con mayor acierto en la búsqueda del tesoro. Además, exigió ver con sus propios ojos, el cuerpo del delito; es decir, el hacha del crimen.
Para Danilo no iba a ser difícil contar con Álvaro, Oliverio, Efraín o Hernán, excompañeros suyos del colegio, para que alguno de ellos representara el papel del descendiente del indio; de igual manera, al abuelo de Romina y al tío de Lesbia, les había visto una hacha en la casa. Entonces todo estaba preparado para presentarle a Malena los testimonios que probaban la veracidad de su historia. Si en algún momento sintió vergüenza por la vileza de su mentira, justificó su proceder en el profundo amor que sentía por su media hermana.
Finalmente le pidió el favor a Hernán, porque según él, era el que más rasgos indígenas tenía, aunque todos estos valores de juicio, estaban fundados en su sola intuición, porque Danilo jamás permitió a nadie acercarse al remolino de pensamientos que se generaban en el interior de su mente. Él era el autor intelectual y material de todos sus actos y su único cómplice. Entonces le explicó muy bien a Hernán el papel que tenía que representar, pero sin dejarle entrever cuál era el verdadero motivo de su propósito. Le pidió que fuera hasta donde Romina para que intercediera ante el abuelo y le prestara el hacha, diciéndole que era para cortar unas ramas del árbol de la casa, lo entrenó en el rol que debía desempeñar y le pidió que no respondiera preguntas. Lo llevó hasta Malena, para que ella creyera en su relato, y así pudiera consolidar, de una vez por todas, la relación amorosa que él anhelaba.
El abuelo accedió al préstamo del hacha, siempre y cuando la nieta Romina, la tuviera con ella en todo momento. Así las cosas, Danilo, Malena, Hernán y Romina, se pusieron de acuerdo para encontrarse en el camino que iba hasta el “Cerro de las tetas”. Malena vio con sus propios ojos, la supuesta hacha del crimen, y conoció de primera mano, al descendiente del indio, aunque a decir verdad, ya se conocían porque como bien es sabido, en los pueblos pequeños, todos se conocen con todos. Ante la incertidumbre de la inusitada reunión de sus amigos; Álvaro, Efraín, Oliverio y Lesbia, que habían conocido de boca de Hernán, la extraña citación de Danilo, decidieron acompañarlos, y terminaron por encontrarse todos cerca del cerro, en el sitio llamado “El guanábano”. El hacha era conducida por Hernán como una reliquia divina, mientras todos maravillados, la contemplaban con singular importancia.
A medida que los ocho muchachos se fueron acercando, notaron que en la teta izquierda del cerro, se producía una gran algarabía. Entonces continuaron caminando, hasta que se hallaron inmersos en la escena, y percibieron expresiones de júbilo. Intentaron adentrarse en el jolgorio, para saber de qué se trataba aquella demostración de alegría, y descubrieron que un grupo de hombres traía en hombros a un muchacho que era saludado con vítores y aplausos. Era el hijo menor de Virgilio Inspitia, el presidente de la junta de acción comunal. El joven de trece años traía en sus manos un hacha que había encontrado, y que según sus mentores, era el arma con la que habían decapitado al nazareno. Los ocho se miraron fijamente entre sí, luego miraron el hacha que Hernán traía en sus manos y la compararon con la del muchacho, todos como queriendo decir algo que nadie se atrevía. Un manicomio cantaba a grito entero en la mente de Danilo: “montañas de mentiras caen de verdad, montañas de mentiras caen de verdad”.
FIN
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