miércoles, 15 de junio de 2022

NO TODO ES LO QUE PARECE

NO TODO ES LO QUE PARECE Y yo que un día le aseguré a Fernanda, que Alicia era la mujer más fea del mundo; y sin embargo, hoy que me pregunta, no sé cómo explicarle que aun así, varios hombres sucumbieron ante ella, y se perdieron cuando su indiferencia y su rechazo, los llevó a la desidia total. Primero haré una descripción de ella, lo más imparcial y lo más cercana a la realidad posible. Alicia es una mujer que mide alrededor de 1.60 metros y pesa aproximadamente 70 kilogramos; ni blanca ni negra, más bien de tono grisáceo; ha perdido los dos dientes frontales superiores, dicen que en una pelea callejera con una drogadicta; su cabello, de tono marrón, no lo lleva ni largo ni corto, ni lacio ni rizado, aunque eso sí, algo grasoso. En su rostro perviven huellas de un pasado tormentoso de acné, que adornan unos ojos grandes y verdes, que se pierden entre las abundantes cejas y las escasas pestañas. Su cuerpo marca las medidas perfectas de una reina de belleza pero al revés, 60 – 90 – 60. Vive en una casa vetusta que se cae a pedazos, en la que cada vez que llueve, cae más agua que afuera, sus ingresos los percibe de una modesta pensión que le quedó a la muerte de su padre, y de un pequeño taller de plisados, en el que casi nunca llega trabajo. Para que la gente se entere, en la entrada de la casa, encima de la puerta, un aviso viejo y destartalado anuncia de manera lacónica y triste: “SE HACEN PLISADOS”. Alicia es una mujer de mundo, no querrás encontrártela porque ahí mismo, te hará conversación. Te hablará de cualquier tema, te preguntará por cualquier cosa, te dirá cualquier palabra con tal que eso signifique establecer un dialogo contigo. Así logró conocer a muchas personas. Una de ellas fue el padre Landázuri. Llegado de provincia, logró hacerse cura tras prominentes estudios en el seminario de la ciudad. Era un joven con una tremenda vocación, profundamente católico y entregado íntegramente a Dios, debido a su sencillez, había desarrollado un gran carisma entre la comunidad. Con el padre Landázuri, la misa se había convertido en un rito entretenido, al que la gente quería asistir. Ahora, jóvenes y adultos, participaban de la “Cena del Señor” con anhelo y agrado. Profesaba su apostolado con tanto ahínco, que no sólo los feligreses sentían una razón para asistir a la iglesia, sino que también sus colegas lo veían como un ejemplo a seguir y la comunidad en general lo admiraba por su calidad humana y liderazgo. Hasta él, llegó un día Alicia. Con su zapatillas rojas y altas, para no parecer tan bajita, con sus labios pintados de rojo carmesí, con sus uñas pintadas de rojo escarlata, con una mirada penetrante detrás de sus lentes de contacto para no dejar en evidencia su marcada miopía, con el bolso rojo para que haga juego con las zapatillas, las uñas y los labios, con una sonrisa leve que no deje al descubierto la falta de sus dos dientes frontales superiores. Llegó para pedir su bendición y a la vez, para ofrecerle su participación desinteresada en cualquier oficio que la iglesia requiera. A partir de ese día, Alicia entró a formar parte esencial de la iglesia y de la vida del padre Landázuri. Se le veía participando activamente en las diversas actividades que se desarrollaban en la parroquia, adornando los floreros, organizando las recolectas, dirigiendo el santo rosario, limpiando los utensilios sagrados, instruyendo los grupos pastorales, arreglando la ropa del cura para que siempre estuviera elegante y bien presentado. Y fue precisamente allí, donde Landázuri halló la mujer que nunca había tenido. A pesar de ser Alicia, el sacerdote comenzó a albergar en su corazón un raro y novedoso sentimiento, un encanto que lo llenaba de emoción y felicidad. Una infinita alegría comenzó a experimentar por aquellos días. Sucedió que una tarde, mientras preparaban las hostias, los rostros de Alicia y el padre Landázuri se fueron acercando lenta y paulatinamente hasta que sus labios se fundieron en un beso dulce y apasionado que pareció prolongarse más allá de la eternidad. Era una sensación nueva en la vida del cura. El solo beso fue más que suficiente, para insuflar un nuevo aire en su vida, una brisa suave y fresca, entró para refrescarle el alma. Pronto comenzó a sentir que la presencia de Alicia era indispensable para seguir existiendo, quería tenerla a su lado en todo momento, y percibía un aire de soledad y tristeza si no se hallaba junto a ella. Era indudable que se estaba enamorando. De repente sucumbió ante el encanto de su compañía, un monstruo enorme irrumpió inesperadamente desde su interior, y lo arrojó sin compasión alguna, a un abismo remoto, cargado de lascivia; una pasión desbordada comenzó a apoderarse de él, entonces sintió la necesidad de poseerla. Creyó posible recorrer con Alicia, los ocultos y mágicos senderos del placer sexual, caminos oscuros e intrigantes, hasta ahora desconocidos y prohibidos para él, a raíz de su virtuosa condición religiosa. Sucedió en el altar de la casa cural, un domingo por la tarde, después de las dos, cuando ya todos se habían ido. Una demostración de placer sexual llevada al éxtasis, justamente lo necesario para que Landázuri, el principiante, cayera rendido a los pies de Alicia, la experimentada. Desde ese momento, el sacerdote comenzó a sentir una irresistible atracción hacia aquella mujer lujuriosa, una obsesión insuperable que lo envolvía irremediablemente y lo dominaba a su antojo, solo veía por sus ojos grandes y verdes, solo quería tenerla a su lado a todo momento y para siempre. Como viera el cura que por su condición célibe, Alicia cada día se hacía más inalcanzable, comenzó a considerar la posibilidad de renunciar al sacerdocio; al fin y al cabo, de qué valía su vocación y su entrega, de qué valía su servicio a Dios y su amor al prójimo, si no podía tener a Alicia. Exactamente un mes después de haber hecho suya a Alicia en el altar de la casa cural, Miguel Landázuri comunicaba al obispo, su renuncia irrevocable al orden sacerdotal, “porque causas personales le impedían seguir ejerciendo el sacerdocio con el acato y el respeto necesario”. El ofrecimiento de Landázuri, consistía en trabajar en cualquier cosa, con esmero y dedicación, casarse con ella, conformar una bonita familia, construir un hogar cálido y disfrutar noche tras noche, los placeres del sexo con Alicia, en la intimidad de la cama nupcial. Demasiado básico para Alicia. Con esos planes, la mujer fue perdiendo poco a poco el interés por aquel hombre enamorado, que ahora le parecía demasiado normal, un sujeto desprovisto de cualquier atractivo; para su gusto, había perdido todo el encanto. La indiferencia de la mujer causó una crisis nerviosa en el hombre, que tan sólo pudo superar tras seis meses de ingreso en el hospital psiquiátrico. Jamás pudo volver a trabajar, perdió la capacidad para desempeñarse en una labor, de intercomunicarse con otras personas y de integrarse a la sociedad. De aquel joven y agradable sacerdote, que un día ilusionó con una nueva versión de Dios a toda una comunidad, no había quedado rastro alguno. Y si cree que la fuerte atracción que Alicia sentía por Miguel Landázuri, se debía únicamente a que él fuera sacerdote, pues debo decirle que no. Porque así como se dice que la prohibición es causa del deseo, así también se dice que toda regla tiene su propia excepción. Lo digo por Efrén Mendieta. Un joven de 20 años, que estudiaba medicina en la única universidad pública de la ciudad. Juicioso, entregado a sus estudios como ninguno; creía ciegamente en su carrera y la amaba con obstinación. No en vano, su promedio de 4.4, le hacía soñar con un Summa Cum Laude. Sucedió que una tarde, ante una improvisada convocatoria para una clase práctica de oftalmología, la facultad convocó personas que presentaran algún problema de visión, con el fin de aplicar cierta prueba optométrica, con tan mala suerte que Alicia asistió, y le correspondió atenderla a Mendieta. Llegó como siempre, embadurnada de rojo, con la sonrisa a medias, con la mirada sin precisar, con un marcado olor a perfume barato y el cabello grasoso y desordenado, ondeando con rebeldía. Pero la impresión desagradable del inicio, se transforma pronto, cuando comienza a hablar. Alicia comenzó a visitar con mayor frecuencia a Efrén, lo hacía por las noches, cuando el joven ya había terminado su jornada de estudio. Le llevaba un jugo de guanábana que ella misma preparaba, aprovechando dos pequeños árboles que crecían en el patio de su casa, y que daban buena cosecha durante gran parte del año. Alicia convenció al futuro médico, sobre las extraordinarias propiedades de la fruta y la necesidad de consumirla, diciéndole que además de rica y nutritiva, mantenía en excelente estado los riñones y los pulmones, actuando también como un antibiótico natural y un poderoso anticancerígeno. Ante semejante panorama, Efrén consintió las visitas permanentes de Alicia, interpretando que la buena acción de aquella mujer desinteresada, respondía al carácter de una persona maravillosa, que a veces se cruzan en el camino de otras, para favorecerlas. A pesar de la diferencia de edad, por aquella época Alicia tenía entre cuarenta y cincuenta años, y Efrén alrededor de veinte, el futuro doctor Mendieta comenzó a abrigar por Alicia, un sentimiento que sobrepasaba al de una amistad común y corriente, empezó entonces a percibir algo especial por aquella mujer, que un día llegó a su vida, que cada vez estaba más pendiente de él y que se interesaba de manera especial por cada una de sus cosas. Sucedió que una noche, después del jugo de guanábana, Alicia inquirió a Mendieta sobre un leve dolor que la aquejaba al lado izquierdo del tórax, justo entre la espalda y el pecho. El futuro profesional de la medicina, como hombre dedicado a sus estudios que era, que había ido comprando poco a poco sus equipos médicos, sacó el estetoscopio y lo extendió hacia aquel sector del cuerpo de Alicia, descubriendo que no había ninguna anomalía sino que se debía más bien a alguna molestia muscular sin importancia; en ese trance, sus bocas se acercaron y sus labios se fusionaron en un ardiente beso. Esa fue la perdición de Mendieta. Desde esa noche comenzó a sentir un deseo incontrolable por Alicia, una rara obsesión se apoderó de él, y la necesidad de hacerla suya en la cama, comenzó a acosarlo de manera intensa. La veía en todas partes, la pensaba en todo momento, recordaba con frecuencia el beso y una excitación desbordante lo invadía de inmediato. Quería hacerle el amor, vivir con ella la primera experiencia sexual de su vida. La escena del beso comenzó a repetirse frecuentemente pero con otras dolencias. Hasta que finalmente desembocó en una escena de pasión desenfrenada, una demostración del deseo sexual más puro llevado a la práctica. Efrén Mendieta quedó cautivado. Quería hacerle el amor a Alicia en cualquier lugar y en cualquier momento. Ya no importaba la medicina, para qué perder el tiempo estudiando si podía estar disfrutando la vida al lado de Alicia. Para qué tanto esfuerzo si, al fin y al cabo, la vida era muy corta y había que aprovecharla. Efrén Mendieta fue descuidando sus estudios por estar con Alicia, fue perdiendo las materias de su plan de estudios, y pronto quedó por fuera de la universidad. No volvió a estudiar, con la posibilidad de haber sido un gran médico y no haberlo logrado, Alicia perdió el interés en el joven. Abandonado a su suerte, Efrén Mendieta terminó vendiendo puerta a puerta, unas vitaminas que la gente pagaba a cuotas. Y no crea que la atracción de Alicia fuera solo hacia sacerdotes o médicos. David Arzuaga tenía alrededor de 30 años y era un empresario exitoso. Era un gestor empresarial que se desempeñaba como contratista estatal, había constituido una entidad reconocida a nivel nacional cuyo objeto social era la negociación de predios para la construcción de vías. El Estado le entregaba un presupuesto para que él comprara las propiedades que el municipio, el departamento o la nación, requirieran para construir obras civiles que beneficiaran a la comunidad respectiva. Con su capacidad de negociación, su facilidad de expresión y su encanto natural para cautivar a la gente, debido a su buen parecido, David, era un hombre triunfador, que había alcanzado un alto nivel de vida, gracias a sus excelentes ingresos. Esa posición social le había permitido cautivar a un gran número de mujeres y haber tenido novias muy lindas; entre ellas, a la bella Paola Pérez, su actual novia. Alicia conoció a David por cuestiones laborales. Resulta que el municipio determinó que debía ampliar la calle donde vivía Alicia, y que por ende, tenía que comprar una parte de esas casas para adelantar la ampliación. De esa manera, llegó Daniel un día hasta la casa de Alicia, para socializar el proyecto, y para decirle que la alcaldía estaba dispuesta a pagar a muy buen precio, el pedazo de casa que necesitaba para adelantar la obra. Fue una negociación que requirió muchas visitas. En cada una de ellas, el funcionario inspeccionaba la casa palmo a palmo, con el fin de establecer en qué cifra podía basar su propuesta de compra. En esos ires y venires, David Arzuaga descubrió que una Alicia muy distinta se escondía detrás de la figura que su apariencia mostraba, y fue sintiendo que un misterio inexpugnable lo acercaba irremediablemente al interior de la mujer. Fue allí donde el apuesto empresario, sucumbió ante los encantos de Alicia. Sucedió un viernes terminando la tarde. Un beso incandescente que los fue acercando al placer infinito del deseo sexual, terminó envolviéndolos en una esfera ardiente, que los consumió sin misericordia alguna. Esta vez, fue beso y sexo al mismo tiempo. Un torrente de pasión y locura estalló muy dentro de Arzuaga, y lo llevó al borde del delirio. Ahora quería permanecer todo el día en casa de Alicia, descuidó su trabajo, abandonó sus negocios, relegó sus tareas, olvidó a su novia, y todo por estar cerca de Alicia y disfrutar el deleite de su compañía. Fue perdiendo sus contratos, sus ingresos se fueron para el suelo. Tras la decadencia de Arzuaga, Alicia sintió que aquel hombre poderoso, ya no revestía ninguna importancia para ella y lo dejó para siempre. El hombre terminó trabajando en una pequeña empresa de servicios públicos, entregando las facturas de consumo de cada cliente, para su respectivo pago. Pero no crea que la atracción de Alicia era solo por sacerdotes, médicos, ejecutivos, o tal como hemos visto, por hombres solteros; o si no, mire lo que le pasó a Horacio Laguado, hombre honrado, tipo dedicado a su hogar y a su familia, con sus ahorros pudo comprar un taxi, y se dedicó a la profesión de taxista, oficio que desempeñaba con amor y esmero, manejaba su taxi de 7 a 1 y de 3 a 7. Descansaba domingos y festivos, libre de las afugias de los que tienen que entregar cuentas a patronos o propietarios. Vivía con una señora muy bonita llamada Victoria Esquivel con quien tenía dos niñas. Tuvo la mala fortuna de conocer a Alicia, mientras la llevaba a su casa tras una cita médica de rutina. Cuando la recogió no sintió ningún interés, pero para cuando ella se bajó, ya lo había descrestado. Hicieron muy buena química, además de ser contemporáneos. El taxista comenzó a transportarla frecuentemente. Un interés inusitado se despertó en el hombre, de manera repentina. Sucedió que una mañana, unos días después de haberla conocido, Alicia le pidió a Horacio que la recogiera a las 7 de la mañana, para asistir a una cita médica de control. Era mentira. Alicia lo sedujo y Laguado sucumbió ante su fascinación. No vale la pena describir lo que sucedió ese día ni lo que continuó sucediendo después. Lo único cierto es que tras desentenderse de su negocio particular, entró en recesión económica, y al serle imposible debido a la obsesión, esconder su relación con Alicia, terminó perdiendo su hogar, su carro y su casa, la cual pasó a manos de su esposa. Exactamente un año después de haberla conocido, Horacio Laguado, estaba desempleado y solo, porque cuando Alicia lo vio en su nueva situación, perdió cualquier interés y lo abandonó para siempre. En la actualidad, el hombre cuida vehículos en un parque de la ciudad, y en agradecimiento, los propietarios le dan alguna moneda. Si me preguntan, cuál es el encanto de Alicia, diré que en realidad no tiene ninguno porque sostengo que es la mujer más fea del mundo; sin embargo, y en gracia de discusión, debo decir que sí debe tener alguno. Yo creería que son sus besos, aunque jamás me atrevería a probarlos. FIN

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