martes, 8 de febrero de 2022

HISTORIA DE AMOR EN OCHO ACTOS

HISTORIA DE AMOR EN OCHO ACTOS Un día bajando por la calle empinada la descubrí. Es tal vez el día más afortunado de mi existencia. Gritaría a los cuatro vientos, sin temor a equivocarme, que jamás he conocido ni conoceré a una mujer más hermosa que ella. Puedo proclamar sin remordimientos, que a partir del instante en que la hallé, no existen siete sino ocho maravillas del mundo, y que entre esas ocho, ella es de lejos la primera. No quiero que vayan a creer que lo que les digo de ella es una exageración. Pero debo advertir que su luz es el único sol que alumbra mi vida, que su presencia es el único aire que respira mi alma, que su existencia es la única agua que refresca mi espíritu y que su ser es la única fuente que alimenta mis sueños. Quiero señalar con total claridad que de ella me he enamorado perdidamente, que ese amor es completamente incondicional, y que si fuera necesario daría hasta mi propia vida con tal de verla feliz, aunque eso significara abandonar mi más grande ilusión: la de tenerla a mi lado. A continuación haré una breve descripción, lo más objetiva posible, de todos los acontecimientos que me han permitido considerarme un habitante más de esta alucinante dimensión humana llamada “el amor”, isla paradisíaca en la cual he quedado deliciosamente atrapado. Por esas cosas extrañas del destino, que por más que uno intente, jamás logra encontrarle una justificación, el día en que la conocí, no me fui por la misma calle de siempre sino que decidí inexplicablemente bajar por una calle corta cuya característica principal es el gran desnivel que presenta, lo que la hace una vía increíblemente empinada, y por tanto, dificultosa tanto para bajarla como para subirla. Y allí la vi por primera vez. La perfección de su imagen me sorprendió como un destello fulgurante. Ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni blanca ni negra, ni joven ni vieja, simplemente perfecta. Su estampa cubierta por la magia de la belleza latina, realzaba sus curvas torneadas con esmero y su dotación de fémina, exuberante como la primavera. Su cuerpo armonioso como el universo y su figura tallada con rigurosa precisión, revelaban un diseño perturbador que se esparcía con imponencia ante la latente utopía de estar al frente de la mismísima Afrodita, descansando desnuda en los jardines del monte Olimpo, mientras los mortales se despojaban de cualquier gracia con tal de alcanzarla. Al día siguiente, tomé el mismo camino con el único propósito de volver a verla. Había pasado toda la noche pensando en ella, percibiendo su presencia como un elemento básico de supervivencia, alimentando una especie de veneración que se materializaba a medida que la noche transcurría. Nuevamente estaba allí. Ahora me percaté de la hermosura de su cabello, lacio como una caída de agua fresca y oscuro como la profundidad del océano. La brisa lo ondeaba como una bandera en lo alto del firmamento, y cuando se tranquilizaba, caía adormecido sobre sus hombros, donde se apaciguaba como el más fino terciopelo y se convertía en el lecho preferido de los dioses, cuando decidían bajar a la tierra. Al tercer día pude repetir la formidable experiencia de deleitarme con su bella presencia. Y esta vez fue de manera esplendorosa ya que por primera ocasión tuvimos contacto directo. Nuestras miradas se cruzaron intempestivamente y el brillo de sus ojos abrumó mis sentidos; su mirada, misteriosa como el mar y profunda como el cielo, era una descarga de pasión y ternura que acallaba hasta el espíritu más rebelde. Al cuarto día nuevamente pude verla. Esta vez me detuve a contemplar la majestuosidad de sus ojos; grandes como luceros matutinos, vivos como volcanes activos, resplandecientes como espadas doradas y negros como noches sin estrellas. Sus pestañas onduladas y coquetas, se abrían y cerraban al compás del ritmo tropical. Era como una especie de sirena, con el poder inexorable de atraer hacia ella, a cualquier mortal que se atreviera a mirarla. El quinto día fue el mejor. Al percatarse de que yo la observaba, me sorprendió con un obsequio majestuoso, de su delicada boca brotó una tímida sonrisa que embriagó profundamente mis sentidos. Su sonrisa era fresca como flor de primavera y pura como agua de manantial, era genuina y cautivadora, era como la llovizna de una tarde de verano. Qué espectáculo tan bello fue verla sonreír y qué hermoso el hecho de saber que el destino de esa sonrisa era yo mismo. Cuánta alegría, cuánta felicidad llegaba hasta a mi alma para quedarse a dormir en ella. El sexto día pude dilucidar toda su belleza al detenerme para observar sus labios. Provocativos como las fresas salvajes y ensoñadores como las islas vírgenes, lucían dulces como la miel silvestre y cremosos como la leche materna. Tuve entonces un pensamiento extraño: ¿Habría en este mundo un ser humano en sano juicio que no sintiera el deseo de probar esos labios deliciosos? Siete días después de haber descubierto la reina más bella del universo, tuve la grandiosa oportunidad de deleitarme observando su rostro. Su cutis era perfecto. Sus rasgos, delicados como una flor exótica y sensuales como una fruta tropical, dibujaban en ella las facciones mejor elaboradas de una princesa. Su expresión estaba cargada de erotismo y una enorme descarga de feminidad se plasmaba en la suavidad de su semblante. Ocho días después de haber conocido a cabalidad el significado de la palabra belleza y de haberme acercado al de la palabra perfección, me detuve a contemplar su piel. Esta vez tuve la osadía de acercarme un poco más y pude detallarla mejor, su piel parecía elaborada con el más fino de los terciopelos y la más dorada de las arenas. Su textura era como el más suave de los duraznos y su fragancia como el más exquisito de los néctares. Por primera vez, en la intimidad de mi conciencia, sentí la oprobiosa necesidad de pensarla, no como mujer sino como la más pura de las hembras. Consciente de que no podía continuar en ese mismo ritmo, tomé la decisión de hablarle al siguiente día. Me acercaría tímidamente con una que otra frase elaborada, y tras sentir que el bloque de hielo se rompía con sigilo, la inquiriría sobre el más grande de los misterios: su nombre. Con total seguridad se llamaba Olga. No había la más remota posibilidad que una mujer tan bella tuviera un nombre diferente. En algún instante de incertidumbre alcancé a considerar que se podía llamar Ángela, o hasta Eliana, inclusive caí en la locura de creer que sería una Irina entreverada. Pero no. Después de divagar por los rincones más íntimos de mi conciencia llegué a la conclusión de que tenía que ser una Olga, de las más puras y refinadas. Esa noche, a la luz de la vela, soñé con ella con los ojos despiertos, imaginando mil escenas en las que ella y yo éramos los únicos protagonistas, suponiendo mil situaciones en las que yo la salvaba y era recompensado con su belleza, asumiendo que ella me pertenecía con exclusividad y yo a ella, pensando que nuestros destinos estaban íntimamente ligados desde el mismo momento en que nacimos. Elaboré cien discursos con cien posibles variables para engalanar un instante, diseñe un protocolo bajo el cual no debía transcurrir un día más sin conocer su voz angelical, y por qué no, que al terminar la jornada, pudiera tener una idea más clara acerca de sus gustos y anhelos. En medio de esa meditación superflua surgió en mi interior, una idea que hasta ese momento no había considerado: ¿Y si era casada? El corazón comenzó a condensarse en una micra de musculo y un nudo enorme se instaló en mi garganta. Un miedo inconmensurable empezó a invadirme lenta y paulatinamente, y sentí que la fortaleza donde residía mi ilusión se derrumbaba estrepitosamente. En medio de esa angustia, continuó el delirio descomunal de esa noche que parecía eterna, la cama revolcada por la intranquilidad del alma pudo vislumbrarse cuando los primeros rayos de sol entraron por mi ventana, anunciando el nacimiento de un nuevo día, que se mostraba prodigioso. Había llegado el gran día. Por fin iba a dirigirle la palabra a mi bella princesa. Probablemente este sería el inicio del más grande romance que la humanidad hubiera presenciado en toda su historia, o probablemente no el más grande, pero si sería el ingreso de la palabra felicidad al diccionario de mi vida. Como los últimos ocho días, bajé por esa calle empinada que tanta alegría había traído a mi vida. A medida que me acercaba, mi corazón latía a un compás desenfrenado, como la antesala propia de aquel encuentro esperado. Recordé meticulosamente todo el dialogo y todas sus posibles variables, me sentí lucido, fulgurante, magno, invencible, tuve el fugaz presentimiento de que el universo se rendía a mis pies de manera inexorable. Pero esta vez había una diferencia. Ella no estaba presente. Una ola incontrolable de preocupación y angustia se apoderó de mi alma, tuve la precaución de cerciorarme una y otra vez que fuera la misma puerta, la misma casa, la misma calle, la misma ciudad. Pero no, no estaba. En el protocolo establecido no figuraba la improbable posibilidad de que ella no estuviera. Caminé lentamente, pensando muchas cosas, agotando todas las opciones, imaginando mil escenas, considerando cualquier alternativa. Bajé y subí varias veces, no sé cuántas, esperando que sucediera algo que aún hoy, veinte años después, sigo esperando que suceda. FIN

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