martes, 1 de febrero de 2022
HERENCIA PARA VEINTE AÑOS DESPUÉS
HERENCIA PARA VEINTE AÑOS DESPUÉS
Hoy he vuelto al colegio, después de veinte años. Pero esta vez no vengo solo. En mis manos traigo a mis dos hijos, que ahora son dos jóvenes adolescentes. Van a cumplir doce años y se van a matricular en séptimo grado; es decir, van a comenzar la secundaria.
Desde el mismo momento en que entré no ha dejado de abatirme un profundo y constante sentimiento de nostalgia. Una ola gigante de grandes y pequeños pasajes, de buenos y malos recuerdos invade mi alma, y el recuento espontaneo de tantas aventuras y desventuras vividas brotan de mi mente.
Un nudo en la garganta me sorprende intempestivamente y el hecho de encontrarme de nuevo en aquellos rincones por donde transcurrió la mejor etapa de mi vida, me hacen suponer que es posible que en cualquier instante, una que otra lagrima, pueda escapar de mis ojos.
Pero no. Este es un momento de alegría, mi adolescencia es cosa del pasado, si fue feliz o triste a nadie debe interesarle más que a mí. Ahora lo importante son mis hijos. Los miro de reojo, y me parecen muy bien vestidos y arreglados, entonces me quedo pensando en cómo pasa de rápido el tiempo.
-¡Muchachos!- les digo.
-Tengo tantos recuerdos de este colegio.
Pero parecen no entender de qué les estoy hablando. Parecen más bien, entusiasmados con las posibilidades de una nueva vida que inicia.
Rumbo al recinto donde presumo debe hacerse la matrícula me encuentro con ciertos espacios que son muy familiares para mí. Los salones, los pasillos, la sala de dibujo, la sala de música, el coliseo, el auditorio. Otros transformados, la que era la sala de mecanografía hoy es sala de informática, la que era la sala de electricidad hoy es sala de tecnología, y otros completamente nuevos, como el laboratorio de ciencias y el laboratorio de idiomas.
Les sigo diciendo alguna que otra frase aparentemente sin sentido mientras el instinto me lleva hacia el más sagrado de los lugares: la cancha.
Cuántos goles y cuántos golpes. Cuántas jugadas y cuántas caídas.
-¡Ah!- Pienso.
-Pero así es el fútbol; si no, no sería fútbol.
Qué felicidad tan grande pisar de nuevo esta arena. Miro entonces alrededor de la cancha para asociar detalles. Descubro los mismos árboles donde descansábamos en el entretiempo. Claro, también hay otros árboles, nuevos y floridos, o tal vez los mismos, pero con la impresión de que se hubieran cambiado de sitio, o que el paso de los años los hubiera transformado definitivamente, qué se yo.
Y allá en el último pasadizo de la cancha, como escondiéndose de la vergüenza, entre la maraña que lo asfixia, como un montón de latas retorcidas y oxidadas en las que se ha convertido, surge el fantasma renegado de un autobús destartalado.
-¡Miren!- les digo.
-Esa chatarra, un día fue nuestro más grande orgullo.
Nos acercamos. Roedores y reptiles se asoman por los huecos que el sol y el agua han labrado. Los insectos y la maleza lo han invadido completamente. Es casi imposible imaginar toda su grandeza en otro tiempo. Esa escoria, esa basura que ni siquiera merece que la recojan, un día representó toda la gloria de nuestra amada institución. La intemperie y el abandono, poco a poco fueron haciendo de este autobús lo que hoy es: una piltrafa. Y como suele suceder también a las personas, que aunque antes fueron grandes y después quedan reducidas, este objeto también tuvo su propia grandeza.
-¡Pónganme atención!- les advierto.
-¿Quieren conocer la historia de este autobús?
Se quedan observándome. Y antes de que me respondan comienzo a contarles.
Ustedes saben muy bien que desde siempre amé este colegio. Desde cuando entraba y salía a la hora que quisiera, porque “la educación no debía ser una obligación sino un entretenimiento”, hasta cuando no se dictaba la clase de religión porque “el culto debía ser impartido desde el hogar”, de acuerdo “con las creencias de cada familia y no con las que el sistema les imponga”. Si, seguro. Y no es que navegáramos por el mar del libertinaje, sino que en ese tiempo y creo que aún, esta es una institución de aquellas que se denominan de carácter libre-pensante.
Se quedan como pensando entonces, qué será eso de libre-pensante. Pero no me interrumpen y dejan que prosiga el relato.
Mi vida estudiantil estuvo enmarcada por la palabra “asamblea”. Siempre había una asamblea. Siempre había un motivo para hacerla. Que la privatización de la educación pública, que el menosprecio de las garantías laborales de los docentes, que el abandono total del estado, que el desprecio por parte del gobierno, ¡ah! Siempre había motivos para hacerla. Y cuando no encontrábamos uno, había que fabricarlo.
Así fue como nació de una asamblea, la idea de tener un autobús, elemento necesario para toda institución que se respetara. Opciones de uso: casi cien.
Que para la banda marcial, para la tuna, para el coro, para el grupo de danza, para los equipos de fútbol, de baloncesto, de voleibol, de fútbol-sala, para los deportistas, para las porristas, para los de las olimpiadas de matemáticas, para los del concurso de ortografía. Bueno, que para todo.
La idea tuvo una aceptación unánime. Entonces apareció el rector, un señor viejo y bajito, de gafas y sombrero, que siempre vestía traje y llevaba sombrilla, excelente negociador y mejor diplomático, tomó el micrófono y salió con la pregunta más estúpida y sin importancia de la vida.
-¿De dónde carajos va salir la plata para el autobús, si el colegio no tiene un peso para nada?
Una tormenta de ideas estalló en el auditorio, antes que un padre de familia se percatara de que ese era un año electoral y que pronto comenzarían las campañas políticas para las diferentes corporaciones, hallando así el mejor pretexto para comprometer a todas las candidaturas.
De esta manera empezó el desfile de candidatos por el colegio, pertenecientes a todo tipo de colores, perfiles, estirpes y orígenes, apareció una lista interminable de aspirantes con todo tipo de métodos y detalles para conquistar el voto de la comunidad necesitada de un autobús para su institución.
Compromisos adquiridos con toda seriedad por parte de los aspirantes a la presidencia, a la gobernación, a la alcaldía, y a las asambleas nacional, departamental y municipal, hicieron prever que la realización del anhelo de la comunidad era más que un hecho. Convencidos de tal teoría, nos dispusimos todos a esperar los resultados de aquellas elecciones, en las que estaba en juego el futuro del colegio.
Finalmente se conocieron los resultados y nuestros principales candidatos habían resultado electos. Entonces nos dimos a la tarea de hacer cumplir la promesa, pero muchos de ellos nos ignoraron, otros ya no nos conocieron, otros ya ni se acordaron y los más osados hasta se atrevieron a desmentirnos abiertamente, sosteniendo que no habían adquirido semejante compromiso.
Volvieron entonces las asambleas, y como seguíamos sin ser escuchados, decidimos irnos a paro. En muchas ocasiones vino la policía y nos echó agua y gases, en otras nos insultaron y golpearon, fue tan feroz la persecución que varios alcanzaron a considerar la posibilidad de abandonar aquella empresa. Pero como fue tanta la insistencia y el espíritu de lucha tan decidido, las autoridades se vieron en la obligación de atender nuestra petición.
Cuando por fin accedieron algunos de ellos a cumplir sus compromisos, nos salieron con la insolente idea de que nos asignaban unos recursos mínimos y que el resto debíamos cubrirlos de nuestro propio bolsillo; es decir, del bolsillo de los padres de familia que son quienes terminan asumiendo los gastos.
Entonces la comunidad se propuso realizar toda clase de eventos y actividades, que nos permitiera reunir el dinero que hacía falta para comprar el autobús, más como el dicho aquel que “cuando sientas que tus fuerzas se debilitan, recuerda que la victoria es hija de la perseverancia, persevera y vencerás”, a pesar de tantas dificultades, continuamos sin tregua hasta alcanzar nuestro sueño. Y tras muchos dolores de cabeza finalmente logramos la cifra necesaria para tener entre nosotros el bendito autobús que a esta altura, ya nos sabía a todo menos a bueno.
Por fin llegó el día. El colegio se vistió de fiesta. Una inmensa tarima fue instalada en el centro del gran patio, para dar recibo al señor presidente de la república, al gobernador, al alcalde, a los honorables diputados de las asambleas nacional, departamental y municipal, a los secretarios, al rector, al arzobispo, mientras que casi dos mil sillas, daban prominente acogida a profesores, padres de familia, estudiantes y exalumnos.
Entonces sucedió lo impensable, en el momento de hacer su entrada triunfal en el centro del gran patio, el autobús no encendió. El conductor no fue capaz de hacerlo andar, vinieron expertos a corroborar el funcionamiento del vehículo pero nadie logró que el autobús arrancara, presentaba una falla que iba ser revisada al día siguiente. El presidente improvisó un discurso florido y prosiguió el programa que incluía música y refrigerio para todos. El autobús entretanto, continuó allí, en el mismo sitio donde fue puesto desde el día de la compra y en el cual ha permanecido hasta hoy.
-¡Cuidado al bajar las escaleras!- les digo a mis muchachos.
-Quien debe tener cuidado de andar seguro eres tú, porque somos nosotros los que seguimos tus pasos- responden tranquilamente mientras asimilan en qué se ha convertido su herencia.
FIN
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