sábado, 22 de enero de 2022
GUÍA PARA EL PATO
GUÍA PARA EL PATO
Cuenta la historia que en San Cristóbal, se efectuó un congreso nacional de grandes bandidos. Se dieron cita en aquel tranquilo poblado, los delegados más peligrosos de poderosas organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico, el paramilitarismo, la corrupción y la politiquería.
El objetivo principal de aquella asamblea, era definir las estrategias que les permitiera llevar a la presidencia de la república a un reconocido cabecilla que gozaba de todo el aprecio de los maleantes, ya que era hombre muy adinerado que representaba a cabalidad sus oscuros intereses.
La oficina estatal de investigación e inteligencia, tuvo conocimiento unos meses antes de la reunión que se iba a llevar a cabo, gracias a la interceptación de llamadas y correos, y determinó enviar a cubrir el caso a un famoso detective, conocido en la agencia como el agente González, muy preparado y especializado en este tipo de operaciones, condecorado mil veces por el éxito obtenido en operativos similares.
En un principio contó con poco respaldo por parte de sus superiores, como era de esperarse, ya que como bien es sabido, casi siempre este tipo de delincuentes cuentan con el respaldo de gente muy importante que les cubre la espalda de manera directa o indirecta. Pero como no pudieron obstaculizar el caso optaron por sabotearlo, prestándole muy pocas herramientas logísticas y apoyando el seguimiento con displicencia.
El agente González llegó a San Cristóbal, unos días antes de la fecha señalada, montó una pequeña venta de golosinas y cigarrillos junto al parque principal, comenzó a vestirse de manera humilde y desfavoreció su apariencia para que su semblante indicara un hombre mucho mayor de lo que realmente era. Sus compañeros, entre tanto, le iban indicando el movimiento de los forajidos a medida que se acercaba el día.
Finalmente los malandrines escogieron una vieja casona situada a una cuadra del parque como sitio ideal para desarrollar el evento. La oficina recogió las coordenadas del lugar y se las entregó a González para que él iniciara su trabajo de inmediato. Su presencia no dejaba presagiar que ese hombre modesto se tratara en realidad del mejor detective del país para este tipo de casos. Lo primero que hizo fue instalar un poderoso micrófono y una sofisticada cámara, instrumentos con los cuales podría captar desde un pequeño monitor ubicado en la venta, todas las imágenes y todos los sonidos emitidos por los pícaros, con el ánimo de poderse colar entre los asistentes. Esa era su táctica para entrar a la reunión.
Las últimas indicaciones de la oficina, antes de desconectarse por razones de seguridad, fue que llegaría hasta la puerta de la casona un individuo, el cual era denominado “el pato”, el cual daría una clave que serviría de guía para ingresar al consejo.
Llegada la fecha y la hora, el agente González se dispuso a atender la venta de forma denodada mientras observaba todos los movimientos que ocurrían en la casona. Todo parecía transcurrir sin novedad alguna en el pueblo, aquella mañana calurosa y tranquila.
De pronto llegó un hombre alto y delgado, era el primer pato. Tocó a la puerta y desde adentro una voz nítida y grave le preguntó: ¿veinticuatro? Y el hombre le respondió de inmediato ¡doce! entonces la puerta se abrió y el hombre entró. González, se quedó pensando cuál era la clave que servía de guía para el pato, debía encontrarla si quería entrar y presenciar de primera mano qué era lo que se estaba ejecutando en aquella infausta cita.
Pasaron unos minutos cuando llegó a la casona un hombre bajo y gordo, era el segundo pato. Tocó a la puerta y desde adentro de nuevo la voz preguntó: ¿dieciocho? Y el hombre le respondió ¡nueve! la puerta se abrió y el hombre entró sin problemas, en ese momento González creía tener una pista sobre la clave, pero no se quiso adelantar hasta no estar convencido, por lo que decidió esperar al próximo elemento.
Momentos después, llegó a la casona un hombre alto y gordo, era el tercer pato, tocó a la puerta, la voz preguntó: ¿catorce? El hombre contestó ¡siete! la puerta se abrió y el hombre entró libremente, González estaba prácticamente convencido de haber hallado la clave pero esperó una confirmación final.
Luego llegó un hombre bajo y delgado, era el cuarto pato, tocó a la puerta, la voz preguntó: ¿ocho? El hombre contestó ¡cuatro! La puerta se abrió sin obstáculos y el hombre entró a su disposición, González quedo plenamente convencido de tener la clave que servía de guía para el pato.
González se acercó a la puerta y tocó. La voz maldita le preguntó: ¿cuatro? Y González lúcido y esplendoroso como nunca, replicó ¡dos! Y sucedió lo impensable, la puerta se abrió, el hombre dueño de la voz, le dio a González una patada en los testículos, sacó su arma con silenciador y le pegó seis tiros, mientras le gritaba, “para salvarse tenía que haber dicho seis, tenía que haber dicho seis para salvarse”.
FIN
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