miércoles, 22 de diciembre de 2021
EL ÚLTIMO PECADO DE ABRAHAM
EL ÚLTIMO PECADO DE ABRAHAM
Todos los días a la misma ahora sucedía el magno acontecimiento. El hombre bajito de bigote poblado llegaba a la casa apenas unos instantes antes que el arcaico reloj de pared diera las doce campanadas que anunciaban la llegada del mediodía.
Abuelo escuchaba las noticias en el vetusto radio de transistores que funcionaba a pila, abuela remendaba alguna que otra prenda ajada, América jugaba con Abraham, ya fuera en la sala o en el patio, mientras esperaban con inusitada ansiedad la llegada del hombre.
Todo transcurría en la más absoluta tranquilidad y el más riguroso orden. Ya el hombre tocando a la puerta, ya América abriendo, ya abuelo y abuela observando a aquel señor que parecía que nunca se cambiaba de ropa a pesar de estar luciendo siempre limpio, ya Abraham haciendo pronósticos mentales de qué sería el almuerzo, ya la mesa lista, una rutina previamente establecida que se había convertido en todo un protocolo.
El hombre saludaba con una palabra incomprensible, entregaba las cuatro cajas de comida y la jarra grande de limonada y partía de inmediato a continuar su recorrido, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el resto de la encomienda, mientras que la familia quedaba en disposición de tomar el consabido almuerzo, ceremonia sagrada que se repetía sin alteraciones, día tras día.
Era un momento sublime. Una sensación de lucidez y plenitud invadía el hogar. Se trataba de la entrada en una dimensión especial, en la que todos los miembros de la familia se dedicaban a tomar con el mayor sigilo el almuerzo, como si fuera la última vez que fueran a probar alimento o como si acabaran de romper un prolongado ayuno. No había un instante más glorioso, con todo lo que eso podía significar, que el de mediodía.
Y con la misma entereza que se dedicaban al almuerzo, se entregaban a la siesta. De manera prodigiosa la naturaleza acataba la orden divina de elevar la temperatura ambiental al punto que un sopor repentino brotaba del interior de las casas para sumir a sus habitantes en una incontrolable sensación de letargo, que se prolongaba o no, dependiendo de cada situación, hasta bien entrada la tarde. Como por arte de magia la familia caía rendida ante uno de los más fantásticos fenómenos que el ser humano podía experimentar con la mayor sencillez posible: el sueño.
Abuelo traía una vieja colchoneta y sobre ella iban cayendo uno a uno. Primero abuelo, luego abuela, después América y finalmente Abraham. Todos se acomodaban a la medida de sus posibilidades mientras el calor los acompañaba hasta las primeras horas de la noche.
De no ser porque el sueño de Abraham era tan liviano que el menor ruido solía despertarlo, y este por inercia, de inmediato despertaba a América, seguramente pasarían de largo hasta el otro día, pero ya con ellos a la deriva era casi imposible seguir durmiendo.
Pero era mejor así. A pesar del calor insoportable, a esa hora abuela preparaba un chocolate sabroso y lo servía con un pan exquisito que generalmente ella misma preparaba, y que caía de perlas en ese momento en que en la televisión presentaban algún que otro hueso de novela.
Quien más disfrutaba la sencillez de aquellos días inolvidables era América. Ella era una niña verdaderamente encantadora. Tenía cinco años y había sido el producto del amor sincero que sus padres tuvieron una noche de primavera mientras observaban a través de la ventana de su cuarto, la luna llena que corría despavorida a lo largo y ancho del cielo para que el sol y las estrellas no pudieran alcanzarla.
Tal como la anhelaron, así la concibieron. Sus ojitos negros, su cabello oscuro, su mirada de picardía y su sonrisa de inocencia, la hicieron una nena preciosa, luz y camino de aquellos abuelos perdidos en el olvido, que a punta de nostalgia y recuerdos transitaban la última parte del recorrido.
Pero para América la vida no era perfecta. Había tenido que sobrevivir con la ausencia de sus progenitores, ausencia que había sido suplida en parte por sus abuelos y de cierta manera por el propio Abraham, aquellos con el calor fraterno y este con el juego cómplice.
Los padres de América atendían un negocio de papelería en dos ciudades diferentes, las dos principales del país: Cúcuta y Bucaramanga. Por ende su trabajo exigía el viaje constante. En el cumplimiento de su deber encontraron la muerte una tarde de abril, en medio de las prominentes montañas de aquellos paisajes quebradizos, un accidente terminó con la ilusión de ver crecer a su pequeña hija.
A partir de ese momento la niña quedó al cuidado de los abuelos paternos, entonces un par de viejos que atravesaban un túnel oscuro pudieron encontrar una luz tenue al final del camino, albor que con el pasar de los días acabó por convertirse en un faro enorme que iluminaba prácticamente toda su existencia. Así abuelo y abuela se encontraron criando de nuevo, ya no a su hijo sino a su nieta.
Así como las heridas del cuerpo van sanando poco a poco, con el tiempo las del alma sanan también. Con la pérdida del hijo y la nuera, la esperanza de los viejos que en esos momentos aciagos parecía esfumarse encontró el mejor aliciente en esa niña tierna que apenas comenzaba a vivir.
Así la pequeña terminó por convertirse en el eje central de aquel hogar desaliñado. Todo giraba alrededor de ella, era la estrella principal de ese sistema solar, y todo acontecía o no, si a ella le favorecía o no. Ese teorema simple encontró aceptación unánime por cierto tiempo pero tanta preponderancia despojó de los derechos adquiridos al otro miembro consentido de la familia: Abraham. Un sentimiento extraño al que el género humano había dado por llamar “celos”, lo invadió de manera inclemente, no tanto por la calidez exagerada hacia ella sino por el abandono paulatino hacia él. Pero lo peor era el agravante de sentirse desplazado por alguien que vino mucho después. Ante ese convencimiento era lógico que Abraham hubiera optado por hacerse notar, un mecanismo natural de supervivencia inscrito en el manual básico de los seres vivos.
Abraham no se hallaba. Permanentemente estaba llamando la atención. Apretujado entre sus pensamientos más recónditos, Abraham dilucidaba ahora su existencia como algo menos trascendental y aunque era innegable el cariño que le tenía a América, sentía que el carisma de la niña lo había relegado a un segundo plano, entonces comenzó a aparecer como un ser necesitado de amor, pero sin abrigar un rasgo de aversión por la pequeña.
En febrero solía acontecer un fenómeno atmosférico fantástico. A pesar de ser una tierra más bien caliente, un frente frío bajaba a la ciudad y sometía a sus habitantes a una experiencia extraña. A partir de las seis de la tarde la temperatura empezaba a desplomarse y se mantenía en sus mínimos históricos hasta casi las seis de la mañana, momento en que el sol comenzaba a aparecer paulatinamente.
Nuestra estrella madre aún no terminaba de mostrarnos todo su furor, hasta las horas del mediodía, momento en el que todo volvía a la normalidad, su meticulosa presencia se escurría por entre los patios de las casas y calentaba de manera insoportable el ambiente como insinuando que ella estaba presente, y que recogieran todo el calor posible para que pudieran calentar la noche gélida e interminable.
Con la época del frío llegaba también la de las extrañas desapariciones. A veces era el pan, a veces el queso, en otras ocasiones eran las galletas y en otras las frutas. Siempre faltaba algo. Todo desaparecía sin dejar el más mínimo rastro, como si jamás hubiera existido.
Solamente había dos elementos para formular una hipótesis: la primera, que las desapariciones sucedían en las épocas del frío, y la segunda, que su autor nunca dejaba huella. Ante semejante panorama tan sólo aparecía entonces una teoría posible: se trataba de los ratones.
Así se dieron a la tarea de acabar de una vez por todas con el misterio que se repetía año tras año. Entonces los abuelos decidieron reunirse con el único objetivo de hallar una solución y tras un breve concilio determinaron que debían envenenar a los roedores capaces de tal desafío.
Abuelo mismo fue hasta el comercio a comprar el tóxico, procurando adquirir el mejor, con tal que no hubiera probabilidad de supervivencia.
Esa misma noche prepararon la pócima. Dispusieron de un suculento pedazo de queso para impregnarlo con el veneno cuya etiqueta traía dos consideraciones prometedoras. La primera, que era inoloro, incoloro e insípido, y la segunda, que una sola dosis era suficiente para matar a un caballo. Así quedaron completamente convencidos, de que por fin el misterio iba a ser resuelto.
Estuvieron atentos toda la noche esperando una señal, un ruido o algo que dejara al descubierto al responsable de las extrañas desapariciones, pero el alba los sorprendió en medio de un frío insoportable y de un silencio total. El ladrido de los perros anunciaba que había amanecido, y sintieron la necesidad de levantarse. En eso estaban cuando escucharon un golpe seco, un ruido irregular que provenía del patio. Corrieron hasta allí para ver qué sucedía pero lo que vieron los dejó atónitos, una escena escalofriante se revelaba ante sus ojos incrédulos.
Un ratón gigante se retorcía al compás de un ritmo desenfrenado en medio del patio. Migas del suculento queso, esparcidas por el suelo, mostraban el resultado de su lucha infernal contra el tóxico maldito. Pero lo peor estaba por venir. Desde algún rincón invisible apareció Abraham, como un fantasma renegado saltó sobre el roedor y lo atrapó con sus dientes afilados, mientras lo despedazaba las voces lejanas de abuela y abuelo se entrecruzaban en un rotundo ¡Abraham no! ¡Abraham no! que terminaron por despertar a la pequeña América, la única espectadora ausente de esa película de vida salvaje que se rodaba en el mismísimo patio de su casa. Por fin todo había quedado resuelto.
Era normal, como buen gato que era, a Abraham le encantaba comer ratones, sobre todo aquellos que se proclamaban autores de las extrañas desapariciones que solían suceder en las épocas atípicas en las que el frío bajaba a debilitar hasta los espíritus más aplomados.
FIN
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