miércoles, 1 de diciembre de 2021

EL PRODUCTO DEL SILENCIO

EL PRODUCTO DEL SILENCIO Cuenta la historia que hace unos años, vivía en la ciudad de Cúcuta una familia humilde y trabajadora, honesta y responsable, conformada por el papá, llamado Adolfo, de 26 años de edad, que trabajaba en la elaboración de camisas para hombres y tenía un pequeño almacén de telas que funcionaba en un local de la casa donde residía junto a su familia; la mamá, llamada Alcira, de 28 años de edad, encargada de la administración del hogar y que en ocasiones le ayudaba a su esposo a atender el almacén, y el producto de ese virtuoso matrimonio: tres hermosas niñas llamadas, Alcirita de seis años, Elvirita de cuatro años e Indirita de dos años. No tenían riquezas pero vivían de forma alegre y sencilla. Eran felices, sin embargo sentían que les hacía falta la presencia de un varoncito, que sirviera de apoyo al padre, de anhelo a la madre y de compañía a sus hermanas, por lo que creyeron Adolfo y Alcira, que era necesario concebir un niño que pudiera llenar aquel vacío espiritual de la familia. De esta manera, nació Adolfito, el menor de la familia, el cual fue acogido como un auténtico regalo, ya que según ellos, habiendo podido Dios enviarles otra niña, había preferido darles el niño, para que la felicidad fuera completa, y dejarles en claro que sus ruegos habían sido escuchados. La llegada del niño al seno del hogar, trajo un aire adicional de alegría a la casa. Aunque la presencia de las niñas les había enseñado el significado de la palabra felicidad, la llegada de Adolfito, les permitió comprender su verdadero alcance. Pronto el niño comenzó a crecer, y junto al crecimiento comenzaron a aparecer también todas aquellas gracias propias de los niños de su edad, que llenan de ternura el amor parental, y acrecientan el sentimiento de una madre y un padre hasta límites inconmensurables. Un día antes de cumplir los tres meses, el pequeño comenzó a presentar un broto, que lentamente se fue esparciendo por todo su cuerpo, hasta cubrirlo totalmente. Al principio, no le pusieron mayor cuidado, y lo trataban con baños de yerbabuena y albahaca, pero como vieran que la erupción, aunque era leve, no desaparecía sino que por el contrario, se extendía en cobertura e intensidad, decidieron llevarlo al médico, para consultarle por qué Adolfito presentaba esta condición, ya que era el único miembro de la familia que lo padecía y no conocían de otros antecedentes. Resultó que el niño sufría de una enfermedad alérgica ocasionada por el clima cálido de la ciudad, no era una enfermedad grave, pero le ocasionaba una gran molestia, ya que el pequeño se brotaba, le picaba todo el cuerpo y la comezón se extendía de forma incontrolable, poniéndosele la piel roja como si fuera a echar sangre, en semejante situación, Adolfito se la pasaba llorando todo el día y sus padres se estremecían de pesar al verlo sufrir, impidiéndoles trabajar a cabalidad en su almacén y creando zozobra en la familia, que hasta las niñas, que apenas presenciaban sin entender lo que sucedía, se sentían también incómodas e intranquilas, llegando a la conclusión de que la familia entera estaba padeciendo las consecuencias de la enfermedad. La única solución que pudieron advertir, fue la de trasladarse hasta otra ciudad, una que tuviera un clima más benévolo, en la que el niño dejara de sufrir aquel padecimiento. Esta decisión implicaba un esfuerzo adicional: radicarse en una ciudad nueva para ellos, rodeados de gente diferente en la cual pudieran seguir trabajando, y que además les ofreciera la oportunidad de crecer como familia. Era Bucaramanga. La ciudad que integraba esas condiciones era Bucaramanga. El mismo Adolfo viajó solo hasta esa ciudad y buscó una casa bien ubicada, económica, grande, que tuviera un local para el almacén y que les sirviera de trampolín para alcanzar el éxito personal y profesional que tanto soñaban. No pretendían una vida de ostentaciones pero si una existencia digna que les permitiera sobrevivir en un mundo cada vez más exigente. El viaje le sirvió a Adolfo además para dilucidar que en cualquier caso, la felicidad seguía presente en su vida, que la existencia de todo ser humano estaba determinada no, en nunca tener obstáculos, sino que en habiéndolos tenido haberlos podido superar, y hasta llegó a una conclusión trascendental que le sonó cruda y también poderosa: le felicidad consistía en saber manejar el menor grado de tristeza posible. Tras su regreso a Cúcuta, Adolfo se sintió renovado y llegó considerando que además de proporcionarle salud y bienestar a su hijo y a toda su familia, tenía la enorme posibilidad de desarrollar grandes negocios en aquella ciudad bendita que parecía un auténtico milagro ante sus ojos. Adolfo informó a su mujer sobre el resultado de su gestión en Bucaramanga, y con un optimismo inusitado organizó un plan para trasladarse de manera inmediata, hacia lo que ellos consideraban “una vida nueva, llena de triunfos y realizaciones”. El viaje quedó definido para el viernes 13 de marzo, aprovecharían ese fin de semana para organizar su casa, e iniciarían labores ese mismo lunes 16, todo muy rápido para acoplarse pronto a su realidad, la cual era ni más ni menos que empezar de nuevo. Todo parecía tan fácil, que sustraerse de cumplir el plan, podía considerarse un atentado contra la posibilidad de alcanzar el éxito, pero sobre todo contra la recuperación de Adolfito. Sucedió que empacaron sus ropas y sus pertenencias, y encomendaron a los padres de Alcira, el envío de los muebles y los enseres, que aunque Adolfo y Alcira pretendieron aprovechar la ocasión para comprar todo nuevo y estrenar, en este inicio debían practicar la austeridad total. El viernes 13 de marzo, a las 7 en punto de la noche, tomaron el autobús que los habría de llevar hasta la ciudad de Bucaramanga, el día sábado llegarían las cosas y el domingo las organizarían, y hacer de esta manera, la flamante apertura, el día lunes 16, tal como estaba previsto. Cuando el bus arrancó, Adolfo tomó las manos de Alcira y entre los dos, abrazaron a Alcirita, a Elvirita y a Indirita, y a su vez todos terminaron abrazando a Adolfito, mientras elevaban con fe una oración al cielo para que Dios escuchara sus súplicas de haber tomado la mejor decisión. El viaje comenzó de manera agradable, dilucidando al máximo las posibilidades de bienestar que se abrían ante sus ojos. Adelante en dos puestos, las tres niñas y atrás de ellas, papá y mamá junto con el niño, dibujaban una familia ejemplar que labraba su propio destino. Pero todo cambió de repente. Alcira sintió la necesidad de orinar, entonces le pidió el favor a Adolfo que se encargara de las tres niñas y del niño mientras ella iba al baño y regresaba. Era casi la media noche y estaban atravesando el páramo en ese preciso momento. Dentro del bus la gente dormía plácidamente y bien arropada, para resguardarse del frío que lograba colarse con rebeldía por entre las rendijas, a pesar de que las ventanas iban bien cerradas. Sucedió que en el instante en que la madre se encontraba en el baño, el bus fue detenido por un retén policial que a esa hora adelantaba una requisa en todos los vehículos que transitaban la vía, para dar con el paradero de un cargamento de licor que había ingresado al país de manera ilegal desde Venezuela. Primero hicieron bajar a todos los varones, les pidieron que llevaran la cédula en la mano para confrontar posibles antecedentes; Adolfo, que cargaba al niño entre sus brazos, se sintió en medio de la incertidumbre, de bajar para acatar el requerimiento de las autoridades o esperar a que su esposa volviera, para que lo relevara en el cuidado de los pequeños, pero como viera que la solicitud se hacía más apremiante optó por bajar del bus, dejando a sus cuatro hijos, a la espera de su madre. El comandante de la patrulla le informó al conductor que el bus debía ser requisado minuciosamente. Aconteció que cuando Adolfo estaba siendo objeto de requisa, Alcira se asomó por la puerta del bus para preguntarle por Adolfito, ya que según ella, el niño no estaba donde lo había dejado. Adolfo le dijo que el niño había quedado en el puesto de ella, pero Alcira no lo encontró. Las tres niñas permanecían dormiditas pero el niño no aparecía. Una lanza atravesó el corazón del padre, cuando subió al bus para percatarse de la situación. Efectivamente el niño no estaba. Despertaron a las niñas para preguntarles por Adolfito, pero ellas no sabían nada, dormían profundamente. Alcira estalló en llanto. Adentro del bus el caos fue total. Pronto las luces se encendieron, las mujeres que aún permanecían en sus asientos ahora despertaban, y en su mirada se dibujaba la incertidumbre de saber qué era lo que estaba pasando. Unos policías entraron con rapidez al bus para ver lo que ocurría. El ambiente era desolador, Adolfo y Alcira preguntaban con desespero la suerte de su hijo, el mismo bebé que hacía apenas unos minutos, yacía junto a ellos en el interior del bus. Pero nadie respondía, se miraban unos a otros, encontrándose todos en la certeza de que no sabían nada. El comandante de la patrulla fue alertado sobre el suceso, el hombre, joven y de aspecto recio, no lograba entender cómo fue posible que un bebé hubiera desaparecido en un segundo, ante la mirada atónita de todos y que ahora en pleno centro del páramo, ellos y la tripulación de aquel infausto vehículo de transporte público se encontraran absortos en semejante situación que además de inexplicable era también inédita. Los atribulados padres buscaban aún en los lugares más recónditos del automotor, y cuando dos jovencitas quisieron bajar, para tomar un poco de aire ellos se lo impidieron, argumentando que nadie debería moverse del sitio hasta tanto la policía no revisara. Un frío insoportable estremecía los huesos, y el sereno de la noche se envalentonaba de manera airada y desafiante. El jefe policial que no lograba esconder su inexperiencia para manejar este tipo de situaciones, habló con su superior durante un buen rato, para informarle todo lo acaecido y recibir instrucciones sobre cómo debía proceder. Al regresar, ordenó el desalojo inmediato del bus, de forma ordenada, para revisar cada pasajero y cada equipaje, con miras a esclarecer lo que verdaderamente había sucedido. Estaban al frente de un auténtico enigma. Alcira continuaba llorando desconsoladamente y Adolfo, aunque un poco más tranquilo no podía evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos adoloridos; quizás para tratar de transmitir a su familia una fortaleza que no alcanzaba y actuar con el sosiego necesario que no poseía. Las primeras en bajar fueron una mujer de aproximadamente 34 años y una niña de 13 o 14 años, dijeron que eran mamá e hija que iban a Bucaramanga porque le iban a practicar a la niña unos exámenes de sangre a primera hora de la mañana, y que de una vez se devolvían. Ocupaban la silla 1 y 2. Luego bajaron dos muchachas de más o menos 18 y 20 años, dijeron que viajaban a Bucaramanga a visitar a su mamá que trabajaba allá. Se iban a estar un mes y luego regresaban. Ocupaban la silla 3 y 4. Después bajó un hombre sólo, de aproximadamente 45 años, se trasladaba a Bucaramanga para comprar un carro que le habían ofrecido. Se regresaba en el carro ese mismo día, ocupaba la silla 5. Así mismo bajó también un señor de edad, alrededor de 67 años, iba para Bucaramanga para visitar una hija que lo había invitado, regresaba en dos semanas, ocupaba la silla 6. Bajó un parejita de jóvenes que dijeron ser novios, él de 17 años y ella de 18, iban a Bucaramanga para buscar donde alojarse porque iban a estudiar en la Universidad de Santander. Se regresaban en dos o tres días, ocupaban las sillas 7 y 8. Le siguieron unas monjitas de alrededor de 39 años la una y 53 la otra, iban a Bucaramanga para participar de un retiro espiritual de su comunidad, regresaban en tres días, ocupaban las sillas 9 y 10. El siguiente en bajar fue un hombre joven, de aspecto campesino, de más o menos 29 años, que se puso muy nervioso cuando le preguntaron sobre las razones de su viaje, así como su permanencia, lo acompañaba un niño de 3 o 4 años, que dijo ser hijo suyo. Ocupaban las sillas 11 y 12. En la silla 13 y 14, venían las tres niñas del matrimonio, Alcirita, Elvirita e Indirita, se quedaron dormidas desde que el bus arrancó y no supieron de nada, hasta que sus padres las despertaron para preguntarles por el niño. Después bajó, un hombre joven, de unos 21 años, que manifestó que iba a Bucaramanga porque se iba a probar suerte en el Deportivo Santander, equipo de futbol de esa ciudad, y si le iba bien se quedaba, y si le iba mal en unos cuatro días se regresaba, ocupaba la silla 15. La silla 16 venía vacía. En la silla 17 y 18, venían Adolfo y Alcira, junto con su bebé ahora extraviado. Posteriormente descendió un hombre de unos 40 años que manifestó ser agente de seguridad del Estado, se mostró reacio a colaborar con información aduciendo que en razón a su trabajo no podía dar explicaciones, ocupaba la silla 19. La silla 20 venía vacía. Más tarde descendieron del bus un hombre y una mujer de aproximadamente 49 años él y 50 ella, que dijeron ir a Bucaramanga de paseo, ya que sus hijos les habían pagado un viaje con motivo de sus 25 años de casados, regresaban en 5 días, ocupaban las sillas 21 y 22. Luego bajó una familia compuesta por el papá, la mamá, la hija mayor, el hijo del medio y la hija menor, que iban a Bucaramanga porque la mamá era de esa ciudad y quería que su familia la conociera. Regresaba en una semana, ocupaban las sillas 23, 24, 25, 26 y 27. El último en bajar fue un hombre de aproximadamente 24 años, vestido de manera muy informal que dijo ir a Bucaramanga para el “rebusque”, que no tenía familia, y que estaría en esa ciudad hasta cuando se aburriera. Al preguntarle a qué se refería con “rebusque”, no supo dar explicaciones, ocupaba la silla 28. Las sillas 29, 30, 31 y 32 estaban desocupadas. Finalmente se sometió al improvisado interrogatorio y la respectiva requisa, tanto al conductor como a su auxiliar. Mientras el bus era revisado, las personas permanecían fuera de él, y Adolfo supervisaba la penosa labor; entre tanto, los policías adentro, eran a su vez, supervisados por Alcira que en compañía de las niñas proseguían dentro del vehículo. Todo se hizo de manera meticulosa y se llegó a una sola conclusión: no había rastros del niño. “¡Es imposible!”, repetían una y otra vez los atribulados padres, que se negaban a aceptar la desaparición del pequeño. Lo único cierto era que no existía una sola prueba de la existencia de Adolfito, la adoración de la familia; era como si la tierra, de manera caprichosa se lo hubiera tragado, dejando a sus padres sumergidos en la mayor prueba de desesperación y dolor posible. Y cuenta la historia, que el bus tuvo que continuar su viaje hacia Bucaramanga, para que sus ocupantes pudieran cumplir sus propósitos, mientras que aquella familia humilde, se devolvió a pie, siguiendo el mismo camino de aquel infausto recorrido, para ver si de forma prodigiosa lo encontraban, entreverado en algún rancho, o que de pronto algún viandante de esa madrugada gélida se les acercara, para decirles que no se preocuparan, que aquí les tenía su niño, sano y salvo, bien cubierto y resguardado del páramo infernal que los estaba congelando. FIN

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