miércoles, 15 de diciembre de 2021

EL TIEMPO Y EL ESPACIO

EL TIEMPO Y EL ESPACIO Cuando volteé la cara me encontré de frente con un señor muy alto que vestía todo de negro. Me llamó mucho la atención, además de su forma de vestir, el hecho de que usara sombrero y que llevara en su mano izquierda un maletín muy sofisticado, ambos elementos, por supuesto, negros también. Su mirada absorta y profunda me estremeció el alma. Al instante se sentó junto a mí y comenzó a mirar el paisaje. El parque estaba prácticamente vacío. Tres o cuatro personas descansaban en bancas un tanto separadas. Era el medio día, el sol caía estrepitosamente y el calor se hacía insoportable. Estábamos bajo la sombra de un inmenso árbol de mango que lucía frondoso y espeso debajo de la canícula inclemente. Quise ignorar su presencia mirando un hermoso racimo de mangos maduros y jugosos que colgaban en lo más alto. -¿Qué es eso?- preguntó con denodado interés. -¡Mangos, buenos mangos!- le respondí. Esa pregunta tan absurda fue suficiente para comprobar la extrañeza de aquel hombre recién aparecido. Era completamente improbable que el tipo, en este momento y en este lugar, no supiera que se trataba de sendos y apetitosos mangos. Bien, hice entonces un rápido análisis psicológico para entender las posibles causas de su ignorancia. Podría ser que viniera de una región donde efectivamente no hubiera mangos, o que si los había eran tan completamente diferentes a estos, que sería razón suficiente para no reconocerlos. También cabría la idea que el tipo estuviera probando mis conocimientos con ese tipo de interrogantes tan aparentemente ilógicos, seguramente con el oscuro propósito de sacar algún tipo de ventaja. Otra posibilidad era que el hombre tuviera cierto tipo de desorden mental que le impidiera razonar de manera cuerda y cayera en una especie de vacío intelectual en el cual era capaz de elucubrar semejantes despropósitos. Había otra eventualidad, la más descabellada de todas, que ese personaje que se encontraba junto a mí, viniera como en las películas de ciencia ficción, de un planeta lejano, en representación de alguna civilización avanzada para establecer a través de mi persona, contacto con la especie humana para, de pronto, intercambiar tecnologías o no sé qué cosas. Tras un breve recuento me encontré con una lista de disparates que en lugar de ir abriendo ventanas lo que hacía era cerrarlas más y profundizaba las dudas sobre mi compañero de banca, a tal punto que sentí la necesidad de averiguar a fondo sobre aquel personaje. -¿No conoce los mangos?- le pregunté con ironía. -¡No!- me respondió en tono seco y agregó: -¡Sin embargo, usted no conoce muchas otras cosas! -Un momento: ¿usted no es de por acá, cierto? -¡Yo no, pero mis antepasados sí! Aunque yo era consciente de que en ese instante debí detenerme para obtener una mayor profundización de esa respuesta, preferí suplantar mi interés con otra pregunta, la cual debía despojarme de cualquier prejuicio que yo pudiera tener. -¿Y de dónde es usted? -¡De muy lejos! -¿Y por allá, todos son así de altos? -¡No todos, algunos son mucho más altos! El hombre medía más o menos dos metros y pesaba cerca de cien kilogramos. Era blanco y tenía unos cuarenta años. Su piel relucía, como si estuviera recién enjabonada y sus ojos brillaban, como si llevara lentes. Debo reconocer que el sujeto había logrado sorprenderme en gran manera. Poseía un conjunto de características que lo hacían un ser verdaderamente extraño, probablemente el ser más raro que yo hubiera conocido en mis veinte años de vida. De pronto, un absurdo presentimiento cruzó mi mente y comenzó a acosarme. Regresé a la frase que me había quedado sonando y continué con el interrogatorio. -¿Cuáles son sus antepasados, tal vez los conozca? -¡Vine a buscarlos y los he encontrado, usted es uno de ellos! Qué cosa tan descabellada era aquella que aquel tipo me estaba insinuando. Un elemento que se aparece de un momento a otro, totalmente vestido de negro, con una mirada tan profunda como un abismo, un acento tan desconocido que a veces dudo siquiera que hable español, un conjunto de cosas que lo hacen el ser más misterioso que jamás haya tratado, y como si esto fuera poco, me confiesa con toda frescura, que es a mí a quien busca porque yo soy su antepasado y que coincidencialmente, me ha encontrado aquí, en el parque más pequeño de la ciudad más pequeña de este mundo. Entonces agregué: “Mire señor, no sé si usted lo perciba, pero yo tengo veinte años, soy padre de dos pequeñas niñas de tres y cuatro años, estoy aquí en este parque porque acabo de tener una pequeña discusión con mi esposa y salí a caminar. De pronto, una muchacha me entregó un folleto que hablaba de la celebración de los quinientos años del descubrimiento de América por parte de un tal Cristóbal Colón, acontecimiento que se llevará a cabo el doce de octubre de este año y me senté a leerlo desprevenidamente, y lo leí mil veces hasta que por fin me harté y lo rompí en mil pedazos. Entonces de buenas a primeras se me aparece usted, con un aspecto por cierto original, a decirme que me estaba buscando porque yo soy su antepasado y quería conocerme, y que por tanto debo creerle ya que no tengo otra alternativa, pues no puedo siquiera considerar que se está burlando de mí, o que está completamente loco, o peor aún, que se está haciendo el loco, o inclusive, que el loco soy yo”. Se quedó mirándome fijamente y sentenció: -Ahora entiendo perfectamente porque yo también reacciono a veces así. Recuerdo con impresionante exactitud las condiciones climáticas de ese día inolvidable. Había un sol radiante, una corona multicolor lo envolvía, y pintaba de alegría el paisaje. Una que otra nube aparecía y desaparecía caprichosamente, como si estuviera jugando con alguien a las escondidas, mientras yo caía por el precipicio de ese dilema existencial, de no saber qué estaba sucediendo a mi alrededor. -¿Hoy qué día es?- me preguntó. -Hoy es viernes uno de octubre- le respondí. -Pero, ¿de qué año? -De mil novecientos noventa y dos. -¡Ah! entonces hace quinientos años descubrieron a América. Ahora dígame algo: ¿ya tumbaron las torres gemelas? -¿Qué? -¡Perdón! ¿Las torres gemelas aún existen? -Qué cosa tan absurda está usted diciendo. Por supuesto que aún existen y existirán por siempre. -¡Un momento!- dijo. Si hay algo que la vida me ha enseñado, es a no decir nunca ni siempre. No sé por qué razón, esa frase sabia hizo que me detuviera para analizar minuciosamente las características especiales de aquel hombre enigmático, de repente sentí la necesidad de conocer más de él, porque en el fondo estaba empezando a creer todo lo que me había dicho. Quise detallarlo con absoluto rigor, mientras sacaba algo de su portentoso maletín negro. Era un objeto plano al parecer electrónico, diré que se parecía a un libro muy delgado pero por la forma como lo manipulaba supuse que tenía algunas funciones como de computador. -¿Qué es eso?- le pregunté. -Ya le digo- me respondió. Mientras seguía escribiendo, analicé su voz y su acento, y los hallé desconocidos. Pero había más: su piel, el tono de su piel era muy distinto a lo que yo conocía. Sin embargo, lo más desconcertante fue cuando trató de sonreír. Observé la rareza de sus dientes resplandecientes como la nieve y de estructura complexa como el acero, cosa que me hizo suponer que eran artificiales. -Es un instrumento de conocimiento. Aquí está contenido todo cuanto un ser humano debe saber- replicó sin más reparo. Quise probar su teoría con una pregunta capciosa, pero que después de hecha, advertí que con cualquier respuesta, el hombre quedaría bien parado. -¿El mundo se va a acabar en el año dos mil? Hubo un silencio prolongado y luego una sonrisa burlona pero corta. -Por favor, ni en el dos mil, ni en el dos mil doce, ni en el dos mil treinta y seis, ni tampoco en el dos mil setenta y dos. Para que usted sepa yo vengo del año dos mil cien y véame aquí estoy, igual que mis contemporáneos, igual que siempre, bueno no exactamente igual pero si básicamente igual. Cuando mencionó que venía del futuro, una enorme ola de curiosidad me invadió de inmediato, y un viajero del espacio de esos de las películas de ficción se posó en mi mente, pero no pude separar racionalmente el punto exacto, en el cual la realidad se apartaba de la fantasía. Él, mientras tanto seguía mirando la pantalla de su original aparato y como observara que yo no podía esconder mi interés, volvió hacia mí con una leve sonrisa y mostrándome la fecha que marcaba el instrumento sentenció con cierto aire de suficiencia: -Hoy es domingo veintidós de febrero del año dos mil cien. Luego agregó: -¡Ah! Para contestar su pregunta esto es un condensador. Y señaló: -Por lo que le voy a mostrar es que estoy aquí. Resulta que usted es el autor de este libro. Entonces me reveló en su condensador la imagen de la portada de un libro que se llamaba: “El tiempo y el espacio”. Me dijo que era yo quien lo había escrito, y que lo recibió de su padre, y él de su abuelo, y este de su bisabuelo. Por eso decidió venir del futuro para conocerme en persona. Además de ser su tatarabuelo me había convertido en su escritor preferido. Yo me encontraba completamente anonadado, pero no terminaba de sorprenderme con tanta barbaridad que el hombre decía. Sobre todo después que me habló de cosas que yo no comprendía porque se refería a sucesos que iban a ocurrirme en la vida y cuando quise que me ampliara los detalles, calló súbitamente y sentenció: -Le pido el favor que no me haga entrar en detalles ya que podría influir en la historia y cambiarla radicalmente, lo cual podría ser fatal no sólo para mí sino también para usted, para nuestra familia y hasta para la especie misma. Tal vez percibió mi mirada de asombro y con una ternura sin igual, agregó: -Usted no se imagina todo el sufrimiento que le falta vivir al mundo. Inquirí con vehemencia a qué se refería con esa frase tan ambigua. Entonces señaló: “El último enfermo de cáncer murió hace cincuenta años, pero los virus se han hecho más resistentes y letales. En términos generales se ha hallado la cura para la mayoría de males y se ha logrado prolongar la vida. Los desastres naturales han seguido ocurriendo y los avances tecnológicos han ocasionado tragedias. Pero lo peor es la guerra. Actualmente se está librando una guerra terrible que nos está aniquilando. Es más, en estos momentos la población mundial no llega a mil millones. Y hay cosas peores”. Entonces me mostró en el condensador el mapa de la tierra. Quedé atónito. El mapa era completamente diferente. Si todo este disparate era cierto, el planeta del año dos mil cien estaría cubierto de agua en un ochenta por ciento de su superficie, montones de islas y costas habían desaparecido y las placas tectónicas se desplazaban sin ningún control. Como respuesta lógica de acondicionamiento a la nueva situación, le exigí al hombre una prueba fehaciente que demostrara que todo cuanto había aseverado fuera absolutamente verídico y que por tanto no quedara la más mínima duda sobre su teoría. Me concedió entonces la oportunidad de viajar a través del tiempo. Tenía en su poder un aparato aún más sofisticado, el cual era semejante a una calculadora muy avanzada que producía sonidos, signos, señales y símbolos tan extraños como él mismo. Lo que más me llamó la atención fue dos botones táctiles que emanaban una fuente poderosa de luz incandescente, una de color rojo y la otra de color azul. De pronto, observé cómo escribía una línea seguida de números y letras junto a un título que decía: “Coordenadas”. Después escribió: uno de octubre de mil novecientos setenta y ocho en otro que decía: “Fecha”. Entonces sucedió una experiencia demoledora. Sentí que todas las células de mi cuerpo se desgarraban a través de un abismo interminable y en segundos que parecieron siglos, aparecí en medio de una calle familiar. Tras un breve caos existencial recobré la lucidez. Entonces supe dónde me encontraba. Estaba frente a la escuela donde hice mis estudios de primaria. Ese hecho fue suficiente para aceptar que todo cuanto aquel hombre predicaba era realmente cierto y que debía renunciar a seguir dudando. Oí cuando sonó la campana y los niños comenzaron a salir de clase rumbo a sus casas. Allá, por esa puerta alicaída que tantas veces crucé, salió un niñito que me pareció conocido, mientras pensaba de quién se trataba, observé detenidamente la maletita donde cargaba sus útiles escolares y descubrí entonces quién era. Aquella maleta anaranjada en la que un niño rosado le daba una flor verde a un burro celeste, había sido el regalo de mi madre el diciembre pasado. Ese niño era ni más ni menos que yo mismo. En ese preciso instante pude ver que mi bella madre llegaba por mí y me saludaba con el beso más tierno y puro del mundo. Qué experiencia tan maravillosa y devastadora. Haber tenido la oportunidad de observarme a mí mismo en otro tiempo y otro espacio, era como convertir una utopía en la rutina más natural, era volver realidad la hipótesis más inverosímil de todas. Sinceramente no sabía si estaba despierto o soñando. Pero de todas formas entendí, comprendí, creí y acepté sin ninguna condición, todo cuanto aquel hombre me había dicho, incluido por supuesto, el señalamiento absurdo de que yo, veinte años menor que él, era su tatarabuelo. Cuántas preguntas, cuántas inquietudes me asaltaron de manera imprevista. Después de admitir su grandeza y declarar que efectivamente provenía del futuro, y tras el diluvio de preguntas e inquietudes que cruzaron por mi mente, opté sin proponérmelo por la más estúpida de todas: -¿Por qué usa sombrero? -¡Ah, el sombrero!- respondió. Es que busqué en el condensador una prenda común de esta época y fue la que más me llamó la atención. Pero creo que la razón más importante es esta. Entonces descubrió su cabeza y me dejó entrever que era completamente calvo. Y agregó: -En el futuro perderemos el pelo, tanto hombres como mujeres iremos despojándonos del cabello y el vello. Quise preguntar muchas cosas pero nos dispusimos a hablar de su época y de mi época, y me entretuve con su relato. Diré a continuación algunas de las cosas más relevantes que me dijo: por ejemplo, que ya se había acabado la última gota de petróleo, me habló de la existencia de huracanes de mil kilómetros por hora y terremotos de diez grados de intensidad, me contó de la prohibición de mascotas en los hogares ya que estaba comprobada su incidencia en la aparición de enfermedades cada vez más raras y terribles, me dijo de la caída del imperio gringo tras varias guerras, del derretimiento de los polos y las fracturas de las placas tectónicas, me nombró la existencia de casi cuatrocientos países, del aniquilamiento del ser humano por el uso de armas temibles, de la extinción de muchas especies animales y vegetales, y me llamó la atención sobre la ocurrencia de un fenómeno sideral que iba a poner en jaque nuestra existencia, también me habló de muchas otras cosas que no logro recordar con total exactitud, y que a mi juicio no son tan determinantes, aunque para ser sincero todo lo que me dijo fue sorprendente y desconcertante. De pronto calló súbitamente y anunció que estaba llegando la hora de su partida, entonces me preguntó si había algo o alguien que quisiera conocer pero me dejó en claro la imposibilidad de participar activamente en la historia y de cambiarla de manera radical. -En efecto, hay un personaje al que siempre he admirado y del cual me gustaría constatar la existencia y la grandeza de su personalidad y de su obra. Su nombre es Jesús de Nazaret, hijo de una familia muy humilde que vivió en Palestina hace aproximadamente dos mil años. Aquel personaje que insistía en ser tataranieto mío, se quedó mirándome fijamente y logró comprender cuán importante era para mí ese acontecimiento, entonces asintió y tras entender que no tenía otra alternativa, accedió a mi petición sin ninguna clase de reparo. -No es tan fácil- me dijo. Lo primero es la ropa, no se puede aparecer en esa época con esta ropa, lo segundo es el idioma, cómo va a saber lo que están diciendo, pero a no ser que tan sólo quiera observar, bastaría con solucionar lo del vestuario. Lo otro es que tendrá que ir usted solo. Entonces le enseñaré a manipular el teletransportador pero no olvide su compromiso de no cambiar la historia y de ni siquiera intentarlo. De pronto nos encontramos en un lugar, el cual supongo era su sitio de habitación, por más que intento, no logro entrar en detalles, razón por la cual no podré describirlo con exactitud. Recordé que en alguna ocasión había representado a un personaje árabe en una obra de teatro escolar y que para entonces no había necesitado más que una sábana blanca que envolvía mi cuerpo, al instante me hallé completamente desnudo y con la sábana blanca entrelazada. Fue en ese preciso momento en el que mi descendiente me entregó el instrumento de transportación, y me despidió con un fuerte y fraternal abrazo. De repente me encontré en la Palestina del año treinta y seis de nuestra era, todo estaba en el más absoluto silencio y el paisaje despuntaba ensoñador y nostálgico. El sol rojizo empezaba a esconderse tras la colina, signo inequívoco de que comenzaba a caer la tarde. Estaba dilucidando esa escena mágica cuando escuché voces, entonces advertí la presencia de varias personas que venían con palos y espadas. Se acercaron a un hombre delgado, de casi uno setenta de estatura, algo así como de treinta años de edad, cabello negro, largo y crespo, barba y bigote, que vestía una túnica roja y calzaba unas sandalias negras, uno de los tipos se aproximó y le dio un beso en la mejilla izquierda, de inmediato supe que se trataba de Jesús, observé que un grupo de judíos se le acercaron con ánimo de golpearlo. Yo, que siempre había pensado que si hubiese estado presente en el tiempo de Jesús, lo habría defendido de tanto improperio, no pude evitarlo y salí en su defensa, en ese preciso momento algunos individuos del grupo de los judíos la emprendieron contra mí, entonces recordé que no podía participar en la historia y aunque creí que ya era demasiado tarde, solamente acaté a salir corriendo para escabullirme de los judíos y así poder oprimir el botón rojo del teletransportador para regresar al futuro al cual pertenecía. Pero en el forcejeo se me cayó la sábana y quedé completamente desnudo. Sin embargo alcancé a operar el aparato y este me trajo de vuelta al lugar del cual había salido y me encontré con el autor de todo este disparate, o sea mi descendiente, esperándome. No tuve que contarle nada porque él observó todo en el condensador, me dijo que estuviera tranquilo ya que no había cambiado la historia, que ahora yo era parte de la historia, que bastaba que leyera en la biblia, Marcos capítulo 14, versículos 51 y 52. Entonces volteé la cara para preguntarle más cosas pero ya no estaba, una horrible sensación de soledad comenzó a envolverme de manera irremediable mientras pensaba en él y en todo lo sucedido, y un túnel profundo y misterioso comenzó a cubrirme física y mentalmente. De repente, un halo de luz tenue comenzó a alúmbrame y sentí la imperiosa necesidad de escribir esta y otras historias en un libro llamado “El tiempo y el espacio”. Todo, en honor a mi tataranieto querido, de quien en un principio dudé y a quien consideré un vago de la peor índole. Lástima que tuvieron que pasar más de veinte años desde aquel día glorioso para ver plasmada en la realidad aquella experiencia maravillosa, ese resplandor fue la inspiración final para que este sueño mágico que pude vivir no se perdiera en la memoria sino que perdurara eternamente. FIN

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