miércoles, 8 de diciembre de 2021
EL TERRORISTA
EL TERRORISTA
Ya estaba todo decidido. Ahora era imposible dar marcha atrás, se trataba simplemente de esperar, de darle tiempo al tiempo, de aguantar con total resignación mientras llegaba el momento propicio para llevar a cabo el plan establecido.
La mañana que apenas nacía, presagiaba un día triste y frío. Las nubes densas se entrelazaban como plaquetas celestiales y teñían de gris el cielo matutino. El azul cielo no lograba vislumbrarse desde ningún rincón y una llovizna pertinaz brotaba como riego divino.
El hombre intentó buscar algún significado entre las nubes tupidas, pero no lo encontró, se estaba esforzando al máximo por conseguirlo cuando vio aparecer a lo lejos el autobús de la desgracia, entonces sintió que ya no seria necesario buscar más, porque pronto estaría en el helado mundo de la insensibilidad absoluta donde las formas específicas no tenían importancia alguna, ni siquiera para el recuerdo humano.
El autobús era un vehículo medio vetusto, que cubría la ruta que iba desde el barrio, el cual se encontraba en el extremo de la ciudad, hasta el centro, donde estaba ubicada la zona comercial; allí, confluían bancos, almacenes, oficinas y dependencias oficiales, pero también cientos de personas de rebusque, que confeccionaban su propio comercio y lo ponían al servicio de desprevenidos transeúntes que caminaban sin rumbo alguno, y que sin proponérselo formaban un verdadero caos existencial. El vehículo, blanco y con rayas rojas, mostraba un aviso de color amarillo con letras negras que anunciaba los sitios principales que visitaba mientras hacía su recorrido, brindando a los pasajeros la posibilidad de movilizarse hacia varios destinos, razón por la cual casi siempre el autobús terminaba convirtiéndose en la opción más barata de turismo.
El conductor, un hombre medio joven, parecía no inmutarse por su condición, deseaba proseguir así por el resto de su vida. Su rostro, escondía un aire jovial que no se condolía con la exigencia de su profesión, que lo aislaba de su familia la mayor parte del tiempo. Salía de su casa desde mucho antes de salir el sol y tan sólo regresaba bien entrada la noche cuando la ciudad se acostaba a dormir. Se acostumbró a ver a sus hijos siempre en la misma posición, cuando se iba, se quedaban dormidos en la cama, y al volver, así mismo los encontraba. Esa era su rutina de todos los días.
En eso estaba, evocando a sus hijos en el recuerdo más común, con sus ojitos cerrados, arrullando una fantasía mientras se paseaban por el reino de los sueños, cuando un pasajero autómata, el primero del día, mostró la palma de su mano como señal inequívoca de que se detuviera porque necesitaba abordarlo. Subió al autobús sin ninguna preocupación, estaba resuelto como nunca a cumplir su objetivo, al pasar la registradora sintió la incomodidad del dispositivo de la carga entonces un reflejo mental lo situó de lleno en su triste realidad. ¡Veinticinco kilogramos son veinticinco! pensó. A la vez que su mirada recorría el puesto donde habría de sentarse pero que se detuvo al comprobar que era el primer pasajero en subir.
El hombre había guardado la cantidad precisa del pasaje para no tener que esperar el cambio. Ya adentro, con el panorama totalmente a su disposición, un instinto básico de preservación lo guió hacia un puesto ubicado en la mitad del autobús, entonces se sintió un ser infinitamente superior, a la espera de que pronto todos los puestos estuvieran ocupados, para él poder actuar y cumplir de una vez por todas, esa misión.
La carga estaba compuesta por veinticinco kilogramos de anfo, un explosivo de alto poder, cuidadosamente amarrada a su cuerpo con esparadrapo, unida a un mecanismo artesanal por un cordón detonante que anhelaba con riguroso sigilo que fuera prontamente encendido para que el objetivo por el cual había sido elaborado se cumpliera a cabalidad, y que como casi siempre sucedía, no se perdiera en el intento. Nadie hubiera imaginado que ese hombre de bluyín, camiseta roja, chaqueta negra y tennis blancos, llevara consigo semejante encomienda, un auténtico pasaporte al infierno, tan efectivo que diera término a la insensata vida que el devenir le había asignado, tan efectivo que el inconmensurable camino de su desdicha llegara al final de una vez por todas, arrastrando consigo a personas tan inocentes como su esposa, sus hijas y sus hijos.
Ahí comenzó su martirio. Incluso cuando el autobús arrancó y pasó frente a una venta de comida, sintió una poderosa sensación de abortar el plan, consideró la posibilidad de bajarse, y como cualquier transeúnte disfrutar de un bocado que, al fin y al cabo, necesitaba porque llevaba casi dos días sin comer. Pero no. El hombre se hallaba francamente convencido de que alguien tenía que compartir su dolor, aunque ese alguien fuera totalmente ajeno a él, porque era la única manera que había para que su familia encontrara el descanso definitivo de sus almas, por eso no le importaba nada, si mañana una o varias personas en medio del universo se atreviera o atrevieran a llamarlo así: “terrorista”.
Como era el primer pasajero y tenía el autobús a su entera disposición, se sentó donde le provocó, en un asiento en la mitad del vehículo, en el lado derecho, junto a la ventana para tener mejor visual, clavó su cabeza en el vidrio y su mente comenzó a perderse en los atavíos de la imaginación, soñó despierto que pronto se encontraría con su esposa y con el producto de su amor común: sus hijos. Esa imagen le produjo una profunda sensación de satisfacción y una inevitable ola de tranquilidad invadió su alma. Pensó también que pronto los periodistas centrados en alguna que otra nota de poca importancia, empezarían a cubrir la noticia y que lanzarían un “Extra” según era la costumbre, como pretexto para tener algo preciso de qué hablar; eso si, con la misma exageración y manipulación de siempre, y de acuerdo con los intereses y las circunstancias de la ocasión.
Entonces comenzaron a aparecer en su mente destellos intermitentes, imágenes que aparecían repentinamente y que siempre traían consigo la silueta de ella, de la mujer que amó con todo su corazón, de la madre de sus cuatro hijos, de la mujer de su vida. Primero en un viaje interminable en un autobús repleto de gente, luego en un parque tranquilo en medio de una calle muy congestionada, después en la sala de la casa, en una noche apacible, con la luz de la luna llena colándose por la ventana, tarareando una canción conocida por ambos. Ahora el recuerdo se pierde pero reaparece pronto. Otra vez interpretando la misma canción pero con una variante, los niños intentando entrar en el coro. En ese instante, sintió la imperiosa necesidad de escapar, de salir de ese laberinto de recuerdos perdidos que solían propiciarle un golpe mortal a su espíritu debilitado.
En eso estaba cuando el autobús hizo la segunda parada. La primera en subir fue una mujer de edad avanzada, de rostro curtido y un reflejo de dolor que lograba perdurar en las capas superiores de su semblante. El segundo fue un joven estudiante, de esos que irradian vitalidad por cada uno de sus poros, probablemente preocupado por algún parcial rebuscado. La tercera fue una mujer joven de porte empresarial, de las que anuncian que pronto estará en condición de dejar el autobús como su medio de transporte. El cuarto fue un hombre maduro con un maletín ejecutivo, de aquellas personas que cargan en su valija todo un portafolio de ilusiones y elaboran una entrevista de ventas mientras hacen el recorrido.
Entonces tuvo un razonamiento extraño. Se quedó pensando que esas personas iban en ese viaje porque tenían una misión por cumplir, igual que él; claro que, era una misión muy diferente a la suya, pero que sin embargo él tenía la potestad sobre ellas, es decir, que dependía de su voluntad, sí podían lograr sus propósitos o no; luego, según su criterio, en ese momento era omnipotente.
En medio de ese pensamiento oscuro, no alcanzó a detallar las otras personas que también ingresaron al vehículo pero sentenció que en cualquier caso quedarían en la misma condición de las otras, a no ser que se bajaran antes del momento por él indicado.
Un niño cuya imagen se cruzó por su ventana lo trasladó de inmediato a su propia infancia. Se descubrió muy pequeño, riendo a carcajadas tras una aventura pueril, pero de pronto apareció en una escena recóndita, inmerso en un mar de llanto que lo ahogaba sin compasión, y en un permanente deambular, entraba y salía por tiempos y espacios disímiles, pero aún así tuvo la suficiente lucidez para entender que el reflejo de la edad primera no estaba para nada relacionado con el de la edad adulta, y que las miradas y sonrisas del bebe no eran el preámbulo de lo que sería el individuo, entonces sintió un profundo pesar por ese niño que fue, antecesor de ese hombre de treinta años, cargado con veinticinco kilogramos de anfo amarrado a su cuerpo, que había tomado un autobús para hacerse estallar a si mismo, y a todo aquél que se encontrara a su lado, con el único propósito de dar descanso a su alma atribulada, esa alma que pudo presenciar en toda su magnitud la intemperancia de la vida.
Ante semejantes reflexiones, se encontró con un autobús ya casi lleno, pero notó que como cosa curiosa, el asiento justo al lado suyo aún permanecía vacío. Era como si estuviera guardando que un ángel llegara a última hora, y trajera consigo una propuesta inesperada, capaz de detener esa locura que él mismo había confeccionado.
Y así fue, apareció el ángel. Era la mujer más linda que el hombre había visto con sus propios ojos. Su cabello era negro como el cielo nocturno, sus ojos eran radiantes como las estrellas fugaces, su piel era dorada como la arena virgen, sus labios eran carnosos como las fresas silvestres. Su sonrisa, su mirada, su figura, su porte, interpretaban una tierna melodía que provenía del paraíso. La diosa más bella del Olimpo había llegado y estaba sentada junto a él. Un profundo estremecimiento brotó de su alma y alcanzó sinceramente a considerar la posibilidad de desistir del plan.
Un juego de palabras y de imágenes se vislumbró en su mente y mil suposiciones surgieron de forma intempestiva. Era algo así como un nuevo orden en el universo, o la oportunidad de generar un punto de partida, o la pérdida absoluta de la memoria, o un descanso tras equilibrar las fuerzas. Las razones suficientes de hacía apenas unos instantes ya no lo eran tanto, su corazón endurecido había quedado reducido a una masa gelatinosa.
Un teléfono celular sonó al compás de un tono alegre. El terrorista, que navegaba por un mar de cavilaciones fue sorprendido al percatarse que fue su compañera de puesto, la protagonista de tan bellas escenas, quién contestó la llamada. Simplemente calló y procuró escuchar con la mayor atención posible el diálogo de su amada. Lo primero que percibió fue su voz, una voz terrenal rodeada de expresiones tontas que se centró en una charla sin sentido que parecía tomada de alguna telenovela de mala calidad y que dejó al descubierto una mujer superficial y vacía.
Pronto el hombre recapacitó y percibió cómo se moría una esperanza. Con cada frase, el terrorista sintió que se deslizaba por un inmenso precipicio del cual era imposible escapar. Cuando la llamada terminó, su ánimo se había desplomado por un túnel sin fondo, entonces hizo un esfuerzo mental para recordar las razones que lo tenían sumergido en esa situación extrema, en medio de un viaje sin regreso, recorriendo una dimensión cuyo alcance no conocía, pero que sabía perfectamente que terminaba allá, en el mismísimo infierno.
El hombre, con la cabeza recostada contra el vidrio de la ventana de su puesto, se dispuso a realizar un viaje a través del tiempo y en una milésima de segundo se instaló en la noche aquella en la que había conocido a la que sería la mujer de su vida.
Estaba vestida con un conjunto de falda corta y buzo de manga larga, era de color blanco, salpicado de figuritas rojas, entre las que se destacaban estrellas, lunas, soles y planetas. Todo formaba un paisaje de magia que empezaba con el encanto de su imagen y terminaba con la llegada a las puertas del paraíso. Era la chica de sus sueños. No importaba si para los demás estaba llena de defectos, para él era simplemente perfecta.
Ese instante de fascinación dio inicio a su historia de amor, una historia que a pesar de tantas adversidades lograba sobreponerse a la aridez del desierto y terminaba flotando sobre el oasis más sereno. Su idilio era una demostración que terminaba por convencer al más incrédulo de que el amor sí existía. Lo que algunos no entendían, era que para que funcionara requería de grandes sacrificios para superar los obstáculos.
A pesar de no estar preparados, como producto de ese amor genuino comenzaron a llegar del cielo unos angelitos que poco a poco fueron dando un toque de alegría al hogar, unos seres que con su inocencia inspiraban tanta ternura, que sus padres terminaban haciendo sin darse cuenta esfuerzos descomunales, aún a sabiendas de que ese esmero probablemente nunca tendría recompensa. Se trataba de los hijos, esa palabra mágica que alienta la vida, eso que surge de nuestro interior y que es capaz de generar tanto regocijo en el fondo del corazón.
Aquel refugio, aquella familia, sin los recursos económicos ni morales suficientes para fundar una prole, se enfrentaba a semejante empresa. Y pensar que mientras ellos eran premiados con el don de la fertilidad, otros tendrían que conformarse con la idea de tenerlo todo menos eso: los hijos.
Fueron en total dos niñas y dos niños. Primero las niñas. Un óvulo fecundado por un espermatozoide que por puro capricho de la naturaleza decide dividirse en dos y listo el resultado: gemelas. Luego los niños. Con dos años de diferencia y exactamente el mismo ejercicio anterior, produce un resultado igual pero de sexo masculino: gemelos. Si, dos pares de gemelos, homocigóticos, univitelinos, idénticos. Las niñas parecidas a la mamá, los niños al papá. Fue como criarse a sí mismos dos veces, un espectáculo sin igual en el universo.
No habían hecho tanto en la vida para lograr semejante merecimiento. Por donde caminaran siempre se convertían en centro de atención, cualquier transeúnte deseaba hacerse participe de su admiración y era difícil que de su rostro no brotara una sonrisa espontánea que en otros ambientes era generalmente esquiva. Todo era un milagro. Cómo suponer que esa familia inmersa en condiciones tan adversas fuera capaz de transmitir una felicidad tan real, cómo imaginar que ese hogar sumergido en circunstancias tan hostiles fuera capaz de producir una alegría tan pura.
Pero todo empeoró. Sucedió que el hombre, víctima del sistema capitalista salvaje, se quedó sin su sustento diario, fue despedido en uno de los consabidos recortes de personal, y su esposa, que de alguna manera también ayudaba a sufragar los gastos de la casa, fue incapaz de absorber toda la responsabilidad y terminó desfalleciendo ante semejante compromiso; de pronto, se encontraron una tarde sentados frente a frente, en la sala pequeña de una casa vieja, rodeados de dos pares de gemelos llenos de necesidades y carencias, en medio de una situación desesperante que los llevó a tomar una decisión extrema. Ya no se trataba de unas condiciones mínimas de dignidad humana, se requería de algo que por lo menos les permitiera alcanzar la supervivencia.
Partieron hacia un pequeño pueblo, donde encontrarían alguna oportunidad laboral, ya que se decía que en ese lugar había sido descubierto un yacimiento de petróleo. Llegaron cargados de ilusión, ilusión que como casi todas, acaban esfumándose en el horizonte de la desesperanza.
Un día comprendieron que todo era una utopía, que la prosperidad estaba prohibida para ellos; pero aun así, antes de terminar pidiendo limosna en la calle, quemaron la última opción: la creatividad. Prefirieron dedicarse a un pequeño negocio de comida que consistía en lo siguiente: la mujer elaboraba unas ricas empanadas que había aprendido a hacer en su casa materna, el hombre preparaba una limonada de panela bien helada, ideal para los calores del lugar y con esa combinación magnifica se disponía a recorrer los caminos polvorientos en busca de los clientes casuales.
Al principio fue muy difícil, como todo en la vida, pero luego con el esmero, la atención, el sacrificio y la voluntad, fueron cultivando una clientela que les permitía tener el sustento diario para la familia, poder comer algo tres veces al día era más que una ganancia. Más como la felicidad nunca es completa, cuando la familia empezó a entender ese trabajo como una opción de vida, ocurrió lo impensable, para ellos aplicó aquella ley inexorable que rige la existencia: la vida puede cambiar para bien o para mal en un segundo.
Ocurrió que un día el hombre salió a cumplir su itinerario, y llegaron hasta la casa unos militares, casi todos coinciden en que eran miembros del Ejército Nacional. Entraron a la casa, reunieron a la mujer y a sus hijos en la sala, y los inculparon de ser colaboradores de una organización revolucionaria que se había establecido en la región, la mujer negó rotundamente tal acusación pero aun así los militares los hicieron subir a un camión y tomaron rumbo desconocido. A la vez, otros grupos de soldados perpetraron la misma acción en otras humildes viviendas.
El hombre, que a esa hora estaba terminando el primer recorrido, vio pasar en un camión militar a su esposa y a sus cuatro hijos, totalmente convencido de que se trataba de ellos, soltó su venta ambulante y emprendió carrera para averiguar por qué se los llevaban, pero ningún esfuerzo fue más infructuoso, pronto el camión aceleró y se perdió en la distancia y dejó al hombre sumergido en la más completa consternación.
En medio del desespero caminó hasta la casa, y pudo constatar que no era una pesadilla, que todo era real, porque algunos vecinos le contaron lo sucedido, confirmando los hechos y sus autores. Entonces, se dirigió hacia la guarnición militar para averiguar algo pero nadie le dio razón, nadie entendía de qué estaba hablando. Él no sabía que en ese lugar era común que las fuerzas militares adelantaran ese tipo de purgas con el ánimo de limpiar la sociedad de personas que ellos consideraban indeseables, sólo porque presumían que a futuro podían organizarse para una reivindicación social. Y peor aún, todo se realizaba con el consentimiento del alto gobierno, era una política de estado.
Desde ese preciso instante, se dio a la tarea de vengar su injusta muerte, cruzó la línea del peligro y llegó hasta el seno de un pequeño grupo revolucionario que tenía su centro de operaciones en la comarca, buscó al comandante y le manifestó su decisión de vincularse a sus tropas. En ningún momento dejó entrever que se tratara de una situación personal sino que declaró su total convencimiento de la causa rebelde. Con las mejores notas superó las pruebas políticas, filosóficas, ideológicas, militares, físicas y éticas que le permitieron recibir con honor el título de revolucionario, pero en el fondo, más allá de cualquier condición altruista lo que el hombre buscaba era ni más ni menos, que tener a su alcance el medio ideal para calmar esa sed de venganza que no dejaba tranquila su alma y que en todo momento ahogaba su vida.
Tras exitosas operaciones, el hombre consiguió labrar un respeto considerable dentro del grupo, lo que le permitió tener opinión en las reuniones y participación en las decisiones. Un día propuso que debían dar un golpe en la capital, un acto terrorista que les asegurara temor en la población civil, para que se generara caos, y su lucha política y revolucionaria fuera tenida en cuenta por el gobierno y por el pueblo.
El comandante del grupo no compartió semejante apreciación, y se desplegó en argumentos para contrarrestar tan grande despropósito, el hombre fue callado súbitamente y debido a su intemperancia fue castigado a un día sin comer ni beber, mientras que una mujer leía en voz alta el decálogo de la revolución que impide a cualquiera de sus miembros ejecutar un acto que pueda lesionar los intereses del pueblo. Esas horas de profunda meditación le permitió al hombre entender que su ingreso a la organización no era ya necesario para lograr su cometido, que todo cuanto debía hacer era actuar por su propia cuenta y asegurarse, que su dolor tenía que ser compartido por alguien más.
Y así lo hizo, tan pronto pudo robó un cargamento de veinticinco kilogramos de anfo que el grupo tenía resguardado y huyó con él, cuando los subversivos se dieron cuenta, el hombre ya se encontraba a muchos kilómetros de distancia en las afueras de la capital, montado en un autobús con los explosivos amarrados a su cuerpo y con la total disposición de hacerse estallar y causar así el mayor daño posible, para que el mundo comprendiera su dolor, para convertirse en un auténtico terrorista, capaz de cumplir la misión que la vida le había asignado, y que el vil asesinato de los seres que más quiso en la vida, no quedara impune sino que fuera vengado conforme a su grandeza.
Entonces se encontró sentado en el puesto de un autobús atiborrado de gente, personas que marchaban a cumplir sus actividades, inocentes, como su esposa, sus hijas, sus hijos, inocentes como esa mujer divina que se encontraba justo a su lado, que le había permitido soñar por un instante que un futuro mejor era aún posible, una mujer que al igual que la madre de sus hijos, perfectamente pudo haber sido su chica ideal. Pero un océano de sentimientos indescriptibles inundó su corazón y sintió asco, asco del mundo y de sí mismo, asco de la vida y de su destino, un asco profundo que le llegó al alma como un ácido verde y viscoso, opaco y pegajoso que derretía todo su cuerpo, entonces comprendió que todo había llegado a su triste final.
Un deseo vehemente de llorar, lo instó a oprimir el botón, buscó el mecanismo de la carga y allí descansó su dedo índice pero aún no lo presionó, se detuvo porque unos niños que iban comiendo helados cruzaron frente a su ventana y lo hicieron detenerse, entonces esperó hasta que el autobús medio destartalado hizo su entrada triunfal a la estación central donde a esa hora cientos de personas se disponían a iniciar un día maravilloso.
Tan sólo un terrorista, víctima de algún pasaje horrendo, sería capaz de evitar ese propósito, descargando de forma intencional su dedo inquisidor, y un mecanismo artesanal de detonación activara la carga explosiva compuesta por veinticinco kilogramos de un poderoso explosivo y más de mil toneladas de venganza, mezcla suficiente para matar tantas personas, como para que de una vez por todas supieran que nadie podía poner en duda su palabra, y que había quedado plenamente establecido que la cruz de su dolor tenía que ser cargada también por otros.
FIN
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