lunes, 22 de noviembre de 2021
EL PRINCIPIO DE LA ETERNIDAD
EL PRINCIPIO DE LA ETERNIDAD
Al comandante le faltaban 1.469 días para entrar por la puerta que habría de conducirlo hasta la eternidad, cuando soñó que un río sucio y turbulento se precipitaba descontrolado y violento contra la pequeña casa donde había pasado su alegre infancia.
Un día decidió que su vida no tendría ningún sentido si no concentraba todos sus esfuerzos para cambiar la situación en la que vivía, inclusive comenzó a imaginar que la construcción de un mundo más justo era perfectamente posible, siempre y cuando, hubiera voluntad para lograrlo.
Por eso transformó su vida en un intrincado paraje de conocimiento integral en el que mientras los demás mortales se divertían, él se dedicaba de manera incansable a estudiar, no perdía el tiempo en banalidades sino que hallaba en cada momento una oportunidad propicia para conocer la verdad.
Se hizo fuerte en el dominio de las habilidades comunicativas. Escuchaba y leía con atención, hablaba y escribía con tal poder que su manera de expresarse cautivaba y convencía al más incrédulo, ya que sus argumentos estaban sustentados en la experiencia y la realidad.
Así logró forjar el más vehemente espíritu revolucionario. Un prodigio extraordinario brotó de su interior cuando al componente humano que lo acompañaba le adicionó un arrollador sentido de liderazgo que produjo el incalculable valor de su grandeza.
Ya, desde sus inicios en la carrera militar había sobresalido por la inobjetable dosis de calidad humana que solía imprimirle a cada una de sus acciones. Desprendido, comprensible, sencillo y amable, pronto sus superiores detectaron en él, un portentoso líder que habría de marcar historia.
Su carisma salió a relucir entre sus compañeros que más que a un rival, comenzaron a ver en él, a un amigo incondicional, al que acudían cuando necesitaban una voz de aliento. Sus palabras caían como un riego espiritual que abría los caminos más estrechos.
Todo ese conjunto hacía presagiar que su irrupción en la escena política era prácticamente inevitable. Una nueva república que se cubría de gloria surgía bajo el manto de su figura, la esperanza adquiría un nuevo significado para los menos favorecidos.
La idea emanó una noche después de ver en las noticias el sufrimiento de una familia desarraigada. La nación se mostraba subyugada a las políticas de poderosos entes internacionales que supeditaban sus estrategias de hambre al sometimiento de los más débiles. El gobierno no tenía otra alternativa que sucumbir ante sus exigencias para evitar el oprobio y el embargo, y dictaba una serie de medidas encaminadas a satisfacer el apetito de los avaros a costas de la asfixia de las clases populares cuyo único logro no podía ser otro que el de la supervivencia.
Analizaba de mil maneras la situación y no lograba entender por qué debía ser el pueblo el encargado de pagar los platos rotos mientras que el despilfarro, la corrupción, la politiquería y el abandono era todo cuanto recibían de un estado incapaz de cumplir su papel, en tanto que los más pobres se hundían en el mar de las injusticias y las desigualdades. Sentía como propio ese dolor y asumía que debía remediarlo. Pensó que finalmente cualquier propósito encontraba su justificación en el hecho irremediable de cambiar el país, y que la transformación de las instituciones era un requisito inquebrantable.
Decidió que era la hora de actuar. La historia de la Patria Grande había llegado a un punto de inflexión. Entonces llamó a sus compañeros de armas más cercanos y con absoluto convencimiento les planteó la idea que a ellos les pareció una auténtica locura:
-“¡Camaradas, la patria os reclama! Es este el momento en que debéis mostrar toda vuestra grandeza, tenéis la oportunidad única de mostraros como los héroes que sois, nuestro pueblo está siendo víctima de la mayor de las infamias, soslayado y vilipendiado por el sólo hecho de estar el poder en manos de élites corruptas que no reparan en actos obscenos con tal de no dejar sucumbir el apetito voraz de sus bolsillos”.
Y se expresaba con tanta certeza que su inesperada capacidad para persuadir tocó pronto las fibras más íntimas de sus compañeros hasta convencerlos, que más que una posibilidad, era una verdadera necesidad. Por eso después de escuchar la propuesta del comandante todos habían llegado a una conclusión definitiva que ya no parecía ninguna locura sino la más cuerda de las realidades: había que tomar el poder para ponerlo al servicio del pueblo.
Con la idea de flanquear el sistema y denunciar públicamente a sus defensores dispusieron de todas sus habilidades y de todos sus conocimientos con el fin de alcanzar el objetivo propuesto. No importaba si durante el intento perdían la vida, la sangre derramada serviría de semilla para que nuevas generaciones de revolucionarios cada vez más vehementes y decididos soñaran libremente con la utópica realidad de que la construcción de un mundo más justo era perfectamente posible. Ante semejante responsabilidad el contingente dedicó todos sus esfuerzos a la preparación de la hazaña.
Después de ires y venires, de reuniones inacabables en las que intentaban no dejar ningún detalle al azar, lograron armar un plan cuyo resultado no podía ser otro que sacar del poder a las clases dominantes que gobernaban el país y crear una nación nueva al servicio del pueblo.
Finalmente llegó el día. El comandante se levantó más temprano que nunca, preparó el café, y mientras lo tomaba, imaginó mil situaciones en las que él y su grupo siempre salían vencedores. Se bañó, se vistió, pasó a su habitación y allí descubrió una escena que le impactó el alma. Su esposa, la mujer de su juventud y de toda su vida dormía plácidamente como la más bella de las princesas, entonces tuvo un pensamiento absurdo, pensó que su semblante era la más grande demostración de tranquilidad y sosiego, y que sin embargo era totalmente ajena a lo que habría de suceder. La admiró como nunca y la descubrió tan hermosa como siempre, así logró entender cuánto la amaba. Una lágrima resbaló por su mejilla al comprender que esta podría ser la última vez que la veía. Intentó acercarse para darle un beso pero en el último instante desistió ante la posibilidad de que despertara y tuviese que dar explicaciones. Ella jamás lo entendería, su amor incondicional era uno de los elementos que más lo impulsaba a luchar.
De repente una película se reveló en su mente. Miles de instantáneas comenzaron a aparecer fugazmente como ráfagas intermitentes que lo transportaban a diversas etapas de su existencia. Todas tenían una latente similitud, aparecía su familia haciendo alarde de una gran demostración de amor y felicidad. Entonces se fortaleció en la idea de que pronto estarían todos de nuevo, sin ningún peligro, y la patria entera los acogería en una demostración profunda de cariño, y juntos llegarían a viejos, criando a sus hijos y a sus nietos, y a todos sus descendientes.
Luego se despidió de sus dos hijas y después de sus dos hijos, y reflexionó sobre la grandeza del amor de un padre, deambuló infructuosamente en la búsqueda de una explicación perfecta para semejante sentimiento pero no encontró la justificación precisa. En la urgencia del tiempo que parecía agotarse, asignó a cada uno de ellos una virtud inequívoca de su personalidad pero se desplomó ante la latente probabilidad de su definitiva ausencia.
Les envió desde lo más profundo de su corazón un beso sincero que voló por los aires inciertos de cada habitación, y los bendijo haciendo una cruz con su mano derecha. De pronto sintió la necesidad de dar marcha atrás, de renunciar de una vez por todas, alcanzó inclusive a imaginar que todo fuera una especie de broma descomunal que llegaba a su fin, entonces volvería a su cama, se acostaría junto a su amada y se arroparían de nuevo, hasta que el mediodía los sorprendiera en medio de un calor extremo. Pero reaccionó interpretando que ya era tarde, todo estaba definido.
Salió a la sala mientras terminaba el café que había comenzado a enfriarse, abrió la cortina y observó la ciudad que dormía. Reparó en la idea de que pronto, esa tranquilidad inexpugnable se esfumaría como por arte de magia ante el inusitado revuelo de una acción militar. El sol comenzaba a despuntar de manera tímida tras las montañas, intentó encender la televisión pero desistió ante la eventualidad de que el ruido pudiera despertar a alguien, dejó el pocillo en la mesa, se puso la boina roja y salió. Antes de cerrar la puerta observó una foto donde aparecían los seis y una refrescante ola de vigor terminó dándole el impulso que necesitaba, ahí comprendió que la decisión tomada había sido la indicada, cualquier duda había quedado disipada.
Al partir, una luz en el espejo retrovisor del vehículo que lo conducía hasta el cuartel general, le dejó entrever que la bombilla de la sala había quedado encendida. De manera providencial dos pensamientos surgieron en su mente: el primero le insinuaba que esa era una señal, para que se devolviera a apagarla, y que ya en su casa, algún acontecimiento inesperado le hiciera abortar o por lo menos aplazar el plan, el segundo era un auténtico misterio, la vida de él y su esposa eran dos líneas rectas que andaban en diferentes direcciones, un día se acercaron y a partir de ese instante continuaron caminando juntas, de forma paralela, hasta que un brillo en el espejo retrovisor de su vehículo las separó para siempre.
Consideró entonces que ese podía ser el brillo del adiós. Sacudió su cabeza con la total seguridad de que los dos pensamientos eran una tontería, que el camino que había escogido era el correcto, y que muy pronto su amado pueblo sería liberado; así las cosas, la suerte estaba echada.
Cuando el comandante llegó al cuartel, divisó a lo lejos un grupo de militares a los que identificó de inmediato como sus compañeros de lucha. Aunque al principio, su segundo le aseguró que en la gesta participarían al menos mil hombres lo único cierto era, que a la hora de la realidad, en total no sumaban cien. La mayoría con fusiles aunque algunos sólo tenían pistolas, cuatro con ametralladoras, también contaba con unos helicópteros, tanques y otros vehículos. Pensó que era una fuerza pequeña pero se reconfortó en la idea de la moral en alto y la decisión de lucha de sus hombres, y sobre todo, en el contingente de más de veinte millones de personas que esperaban con anhelo que alguien diera el paso definitivo para redimirlos.
A esa hora el cuartel general de la Guardia Presidencial estaba fuertemente resguardado y se aprestaba para el cambio. El presidente se disponía a salir a caminar como lo hacía todos los días junto a su esposa, y la presencia militar era muy alta. El comandante se dirigió con un grupo hacia la estación de la Televisión Nacional, la cual se encontraba allí mismo, con el ánimo de tomar la señal para mandar un mensaje de libertad a su pueblo.
Entre tanto, la esposa del comandante había despertado ante el inusual crujir de las sirenas que comenzaban a gritar desesperadamente por toda la ciudad, alertando sobre algo anormal que estaba sucediendo. Encendió la televisión y quedó estupefacta al ver que el hombre con el que había dormido toda la noche, el cual coincidencialmente era el mismo con el que había dormido todas las noches, estaba hablando de libertad y de revolución, de justicia y de igualdad, en cadena nacional, y ante miles de compatriotas; en verdad, ese hombre era irreconocible para ella, alcanzo a creer que era alguien muy parecido, pero al ver su ausencia y que su tradicional boina faltaba en la repisa entendió que se trataba del padre de sus hijos. Cambió los canales y descubrió a su esposo hablando en casi todos, de un momento a otro había dejado de ser un militar modesto para convertirse en un personaje reconocido a nivel mundial cuyo mensaje comenzaba a traspasar fronteras, en tanto que su vida colgaba de un hilo frágil que podía romperse en cualquier momento.
La respuesta fue descomunal. Tras cuatro horas de accedio las fuerzas del estado habían matado alrededor de cuarenta insurrectos, entre ellos los de las ametralladoras, de igual manera todos los tanques, los helicópteros y los vehículos se habían perdido.
Ante semejante panorama, el comandante comenzó a considerar que la acción debía ser suspendida, no tanto porque pensara que lo fueran a matar sino porque creía que podía desembocar en un doloroso derramamiento de sangre. Entendió que en ese caso su castigo sería implacable y decidió que era necesario que la responsabilidad recayera completamente en él. No importaba si moría de viejo en una cárcel del régimen, a la sombra de sus hijos que crecían lejos de su presencia, simplemente no importaba. Pero por el bien de la patria esto debía cesar de inmediato. Por ahora tenía que dar marcha atrás, renunciar a su propósito, percibió un sentimiento extraño que no pudo precisar hasta que el alma se le nubló de tristeza, entonces lloró.
Tras la rendición, el comandante y sus compañeros de lucha fueron enjuiciados con todo el rigor de la ley. Así las cosas, unos terminaron en el cementerio y otros en la cárcel. El resultado de la operación fue peor que desastroso. Más allá de tanta crudeza, el comandante halló algo positivo que merecía extractarse: que la sangre derramada por los héroes serviría de semilla para que nuevas generaciones de rebeldes cada vez más audaces e impetuosos se atrevieran a soñar que la construcción de un mundo más justo para todos era completamente viable.
Así pasó sus buenos años en la cárcel. Encerrado entre cuatro paredes, desesperado en el intento de que algo le permitiera salir. Allí se dedicó a leer la catedra de sus precursores, de los arquitectos de la libertad de la patria, y a adaptarla a la realidad histórica y geográfica de su entorno. Luego comenzó a escribir notas que poco a poco fueron tejiendo una nueva doctrina política y filosófica, que le aseguraba al pueblo el derecho irrevocable de acceder al poder y ponerlo al servicio de los menos favorecidos. De pronto lo invadió una sensación que lo fortalecía en lo más profundo: el orgullo de haber nacido en la amada patria grande latinoamericana. Era una fuerza invisible que sacaba a relucir en los instantes de mayor debilidad, una llamarada que encendía su espíritu en el fragor de la espera que se hacía interminable y lo embargaba de un optimismo casi utópico al que algunos llamaban ESPERANZA.
A pesar de que el castigo incluía cero visitas, abogados que simpatizaban con su causa lograban que de vez en cuando, pudiera alguien de su familia venir a visitarlo. Aquellos escasos momentos se convertían en una auténtica prueba de lucidez, recuerdos impactantes que llegaban a su mente, y aunque al inicio entristecían su alma, finalmente terminaban por convertirse en el combustible necesario para continuar la marcha.
Alguna vez vino su esposa, en otra ocasión sus dos hijas y sus dos hijos. En otra oportunidad fue su mamá y su hermano. De resto, seguía ahí; ensimismado, concentrado en una tarea que parecía no concluir, entregando todo de sí para cumplirla de la mejor manera posible.
Entre tanto que pagaba su condena, el mundo descubrió en él a un líder natural que defendía una causa justa. Una especie de Nelson Mandela de la Patria Grande. Una especie de Simón Bolívar de la época moderna. Grandes campañas por su libertad se dieron inicio en el mundo entero, personajes de talla mundial coincidieron en que la liberación del preso político más famoso de la tierra debía producirse de inmediato y sin condición alguna.
La amnistía y el indulto llegaron tan pronto como al establecimiento se le hizo imposible aguantar la presión nacional e internacional. Fue una tarde de Febrero, cuando ante cientos de periodistas, el comandante y sus compañeros salieron por fin libres y en una improvisada rueda de prensa sentenció que en memoria de los héroes que habían caído en la operación para liberar a su pueblo, jamás volvería a intentar que sus ideas se apoyaran en las armas sino en la urnas. Venía desprovisto de cualquier rastro de odio y parecía envuelto en una coraza de grandeza. Ese clamor, espontáneo y genuino, terminó por convertirse en un alud de pasiones que crecía a cada instante entre la gente, como lo hace una bola de nieve que se desprende de la cima de un nevado y que a medida que se precipita, arrastra sin ninguna contemplación todo lo que encuentra a su paso.
De esa manera nació su deseo de participar en política. Fundó junto a sus amigos un movimiento político al que llamó Partido de Integración Latinoamericana, PILA. Proyecto que recogía la aspiración de dignidad y soberanía de una patria grande que comenzaba al sur de los Estados Unidos y se extendía por mar y tierra hasta el sur de Argentina, en torno a los ideales de libertad, igualdad, solidaridad y unidad.
Bajo ese lema y al mando de la campaña electoral más austera de la historia, logró una apabullante victoria que le permitió convertirse en el nuevo presidente de la república, tras alcanzar el 64% de la votación, en tanto que sus otros nueve rivales de contienda obtuvieron entre todos, el restante 36%.
Y eso no fue todo. El PILA que irrumpía por primera vez en la escena política, se hacía con veintiocho escaños de la Asamblea Nacional, la cual tenía cien, constituyéndose en la gran sorpresa, a expensas de los otros partidos tradicionales que aunque gozaban de grandes maquinarias al servicio de las élites del poder, obtenían tan sólo setenta y dos, el pueblo había visto una verdadera opción de cambio en la propuesta del comandante.
Una nueva etapa comenzaba en la república. El día de la posesión, una celebración sin precedentes se llevó a cabo en cada rincón del país, y un aire más puro y fresco empezó a circular en todos los rincones de la patria. El carisma del presidente consiguió pronto la conformación de un gobierno de unidad nacional, que con un amplio apoyo popular se dio a la tarea de transformar al estado para ponerlo al servicio del pueblo, y que necesariamente pasaba por la construcción de un sistema más justo, como medio insuperable para vivir en paz, y para posicionar a la nación como una nueva potencia mundial, para demostrar que todo lo que se necesitaba para alcanzar las metas era tener la voluntad suficiente para lograrlas.
Uno de los primeros actos del comandante como presidente fue la convocatoria de una asamblea nacional constituyente que redactara una nueva carta magna en la cual prevalecieran por siempre los intereses del pueblo por encima de los intereses de la burguesía tramposa que había dominado.
Su discurso exigía control para las entidades financieras abusivas que acrecentaban su capital a costas de los usuarios, para los grandes terratenientes que poseían la tierra inutilizada negando la oportunidad de trabajarla, para las multinacionales que saqueaban la riqueza, a nombre de la explotación de los recursos naturales, para los monopolios que priorizaban el ánimo de lucro por encima de la calidad y el servicio, hablaba de la necesidad de preservar el agua y el medio ambiente, de la vivienda digna y del acceso a los servicios públicos, del derecho fundamental a la salud y a la educación, de la obligación de asistencia a la infancia y a la adolescencia, en su propósito de convertirse en ciudadanos de bien y auténticos forjadores del mañana.
Desde ese mismo momento el comandante recibió una declaratoria de guerra por parte de los grandes poseedores del capital; los poderosos entendieron que este personaje lo que quería era frenar su ambición y su codicia, y no estaban dispuestos a permitírselo. Los grandes monopolios, las empresas multinacionales, la banca privada tanto nacional como internacional, los medios masivos de comunicación, y por supuesto, los imperios extranjeros interesados en hacerse con la riqueza del país, enfilaron baterías para detener el ímpetu de uno que no pertenecía a su clase, no era de las élites que los arropaban sin cuestionar nada, era uno que había surgido nada más y nada menos que de esa “inmundicia” a la que llamaban PUEBLO.
Todos esos sectores encontraron en los políticos tradicionales, los leguleyos corruptos que querían perpetuar en el poder, esa mezcla putrefacta que se había enquistado en el sistema para desviar al estado de su objetivo principal, el cual era procurar el bienestar común, pero eso no fue suficiente para impedir el paso arrollador del pueblo en el poder, que guiado por el comandante, al fin conocía el verdadero significado de la palabra democracia. De esta manera se celebró la asamblea nacional constituyente que quedó conformada en su mayoría por representantes del partido del comandante. La gente había entendido el mensaje y estaba dispuesta a morir en la defensa de sus ideales. Una gigantesca mancha roja comenzó a envolver la patria.
La Asamblea Nacional Constituyente trajo una nueva organización política, económica, social y cultural a la nación. Contaba con fuertes componentes redistributivos y participativos que procuraban alcanzar el anhelo del comandante de construir una sociedad más justa.
Pero ese esfuerzo requería confrontar a los antiguos dueños del poder y del aparato financiero en todas sus manifestaciones. Había que despojarlos de esos privilegios que siempre habían gozado y ponerlos al alcance de todos, en concordancia con el principio fundamental del bienestar común.
Los primeros días de gobierno tras la nueva carta magna transcurrieron en forma normal, y como quisiera el comandante tener contacto directo con el pueblo, a través de un programa de televisión que se transmitía en cadena nacional a todos los rincones de la patria, un grupo de la élite formó un eje de oposición que decidió declararle la guerra al comandante, señalando el programa como un auténtico golpe a la libertad de prensa.
Desde entonces, la oposición no perdía oportunidad para atacar al comandante, a su gobierno y en general a todos sus seguidores, que eran la inmensa mayoría, para desprestigiar sus logros sociales, disparando desde todos los flancos, inclusive a quemarropa, con tal de aniquilarlo.
Con el paso del tiempo esa misma oposición adquirió un carácter más violento y se valía de su poder mediático para incubar todo tipo de argucias y artimañas, elaborando peligrosas estrategias que ponían en peligro el orden social y económico necesario para el buen funcionamiento del gobierno.
Entonces se concentraron en los medios masivos de comunicación de poderosos grupos financieros y lo usaron como un instrumento eficaz para atacar al presidente, algunas personas incapaces de analizar con espíritu crítico cada situación, prefirieron cambiar de bando, con tal que eso les significara algún beneficio, pero en general la gran mayoría se quedó del lado del presidente que por fin había izado sus banderas.
Ante tanto improperio, la figura del comandante comenzó a adquirir relevancia internacional. Muchos gobiernos y todos los pueblos del mundo reconocieron en su pensamiento acertado, una solución a la crisis de valores de la sociedad moderna, se esforzaron por crear modelos políticos que de alguna manera reflejaban la ideología del comandante y extendieron sus lazos de solidaridad alrededor del mundo. En cada rincón del planeta donde emanaba una manifestación de inconformidad o un clamor de justicia, allí mismo aparecía el rostro del comandante con una de sus célebres frases, como ícono de respaldo, incluso sus más acérrimos rivales advirtieron las virtudes de su liderazgo innegable.
De repente ese hombre humilde, bañado de sencillez y desprendimiento, que se había convertido en modelo universal de ser humano, hasta tal punto que empezaba a ser considerado por muchos como uno de los personajes más importantes en la historia de la humanidad, cruzó una delgada línea que el Imperio del Mal y sus grandes potencias aliadas habían trazado, y se convirtió también para ellos en un peligroso enemigo al que debía detenerse so pena de que pusiera en jaque sus pretensiones de dominar al mundo inerme y de diseñarlo conforme a sus intereses.
Por eso planearon un conjunto de estrategias encaminadas a debilitar el auge inusitado del comandante. Lo primero fue el paro. Los grandes poseedores del capital financiero optaron por cerrar las puertas de sus establecimientos o limitar su funcionamiento, con el fin de crear caos entre la población y culpar al gobierno. Lo segundo fue la especulación. Se pusieron de acuerdo en que debían subir los precios de sus productos o servicios para que la población sintiera en su propio bolsillo el despropósito de su apetito. Lo tercero fue echar a la calle a miles de empleados para que el gobierno se sintiera incapaz de asistir con sus programas a los más necesitados. Lo cuarto fue paralizar el transporte a nivel nacional como medida de presión para que el pueblo estallara a su favor, y como descubrieran que todo era ineficaz debido al gran apoyo popular del comandante, recurrieron a gobiernos foráneos para patrocinar el desorden público a través de mítines y barricadas, llegando al extremo de matar en nombre del gobierno para justificar lo injustificable. La respuesta fue demoledora, la colaboración incondicional del pueblo entero y del mundo entero para sortear las dificultades. Pronto se hallaron sorprendidos ante su propia ineptitud, y su avaricia pareció ceder ante el paso arrollador y firme de la libertad y la justicia.
El país comenzó a vivir una ola de triunfos inesperados. En lo económico con el hallazgo de grandes reservas de petróleo y gas natural, en lo científico con el descubrimiento de vacunas para enfermedades tropicales, en lo tecnológico con la puesta en órbita de avanzados satélites de comunicaciones, en lo deportivo con la consecución de épicas victorias y la cosecha de medallas doradas y plateadas en diversos certámenes. Esto sumado a los incuestionables logros en materia de educación, salud, vivienda, transporte y servicios públicos, puso de moda el nombre del país en el campo internacional, a su modelo político y económico como un ejemplo a seguir, y al comandante como el santo encargado de realizar el milagro.
Entonces fue hasta la Organización de las Naciones Unidas, y logró denunciar en la Asamblea General, lo que nadie se había atrevido. De frente, sin intermediario alguno, señaló con nombre propio los actos inmorales de los gobiernos corruptos que soñaban con el dominio global.
El mundo entero fue testigo de su hazaña y miles de millones sintieron que el comandante había logrado decir lo que ellos nunca habrían podido, y asimilaron como propio aquel mensaje de franqueza. Así las cosas, el comandante terminó por convertirse en la voz de los que no tenían voz.
Pero esto era inaceptable para las élites. Por eso, cuando el país marchaba por la senda victoriosa del progreso y el desarrollo sucedió lo impensable. Una comisión de alto nivel del Imperio del Mal decidió visitar al presidente “con el ánimo de tender puentes de amistad”. El comandante los recibió con los brazos abiertos pensando que esto significaba la aceptación y el respeto en medio de la diferencia. Nada más lejano de la realidad.
El verdadero propósito era aliarse con sujetos proclives a destruir al comandante y a su gobierno. Orquestaron un violento golpe militar con el concurso de algunos elementos radicales de las fuerzas armadas y el mismo grupo de pudientes que no aceptaban las políticas sociales ya que eso les significaba la pérdida de su supremacía desde siempre heredada y una inadmisible aspiración de igualdad que podía aniquilarlos.
Entonces ocurrió lo inimaginable, mientras los golpistas secuestraban al comandante y de paso también a la democracia misma, el pueblo entero salió a las calles de todos los rincones de la patria para pedir su libertad. Fueron cuatro días en los que el país quedó paralizado por completo, la gente se instaló en las plazas, en las avenidas, en los parques, en los establecimientos, gritando y coreando el nombre del presidente, hasta tal punto que les fue imposible seguir manteniendo la usurpación y debieron regresar al presidente porque corría el riesgo que se desatara una lluvia de sangre.
El golpe contra el comandante había fracasado. El pueblo estaba de nuevo en el poder, y ésta vez de manera definitiva, ríos humanos lo trajeron de vuelta hasta el palacio de gobierno, sus aguas cristalinas venían provistas de rostros llenos de esperanza, de rostros cargados de ilusión porque por fin tenían la posibilidad de soñar con un futuro mejor. Los saboteadores salieron por la puerta de atrás, huyendo como un perro traicionero cuando ataca a su amo, hirviendo de rabia por su fracaso, resguardados en el sofisma de que ese era un maldito pueblo que no merecía atención alguna y que, al fin y al cabo, habían ganado porque al menos estaban vivos. Con eso se conformaban, aunque los muertos como siempre los había puesto el pueblo.
Unos meses después de la fatídica visita imperial, el comandante despertó a media noche con un insoportable dolor abdominal, tomó una pastilla cualquiera que encontró en su botiquín, convencido de que se trataba de aquello que los tecnócratas de la salud llamaban estrés, y descansó. Soñó entonces que un río enfurecido y embarrado se precipitaba, salido de su cauce, sin control alguno, sobre la casita en donde había pasado su infancia, la cual era por demás, aquella en la que había empezado a incubar la utopía de construir un mundo más justo para todos.
Al siguiente día despertó con la certeza, no de haber soñado sino de haber vivido una verdadera desgracia, ya que las imágenes aún latentes y con realismo irrefutable, le hacían sentir que su casa había desaparecido, llevándose consigo todo cuanto tenía y quería en la vida.
El dolor volvió pero esta vez más fuerte. Y ahora acompañado de otros síntomas, su espíritu indomable sucumbió ante la dura enfermedad. Sus horas interminables de consagración y trabajo comenzaron a ceder en intensidad y dedicación, pronto su cuerpo se debilitó y sintió la irremediable necesidad de la atención médica. Pero se hallaba intranquilo y vulnerable con la posibilidad de que su estado de salud fuera aprovechado por la inescrupulosa oposición para hacerse con el poder, razón por la cual prefirió viajar hasta un país hermano, reconocido a nivel mundial por su preparación científica y su calidad ética, por su liderazgo y su entrega en pro de alcanzar el bienestar humano, para conocer de primera mano qué era lo que le estaba sucediendo.
Luego de una serie de análisis, con técnicas altamente sofisticadas, los equipos más avanzados y el personal médico mejor calificado, se llegó a la conclusión de que el comandante presentaba un tumor de células malignas localizado en la glándula pancreática, esto traducido a español puro indicaba que el presidente más amado en la historia de la humanidad padecía cáncer de páncreas.
El mundo estaba atónito y perplejo. Cómo podía un hombre tan vigoroso y sano, estar ahora aquejado de semejante enfermedad. La respuesta era clara y contundente, aquel Imperio había aprovechado la cercanía con el comandante para inocular mediante quién sabe qué dispositivo alguna sustancia capaz de desencadenar la aparición de aquellas células precisamente dónde éstas eran menos susceptibles de controlar.
El tratamiento no se hizo esperar. Una serie de terapias combinadas fueron aplicadas de inmediato, pues el tumor se encontraba en un estado muy avanzado. El comandante desde un principio fue realista en entender que ese tipo de tumores eran muy agresivos y que le esperaban momentos verdaderamente difíciles, pero no perdió la fe en Dios. Fue el inicio de la verdadera lucha.
En una demostración de cariño y afecto, miles de personas alrededor del mundo se despojaron de su cabello y lucieron calvos y calvas, tal como la nueva imagen del presidente se les presentaba ahora, los principales líderes de todas las religiones entraron en ayuno y oración con tal que ese sacrificio significara la salud de tan amado personaje. Pero la oposición y sus detractores en cambio se burlaban de él, haciendo gala de humor negro, se burlaban de su estado, recordando ingratamente como hubiera sido objeto de burla nuestro señor Jesucristo ante la violencia de la crucifixión.
Hasta el último momento de lucidez soñó con la posibilidad de regresar para brindarle a su gente lo que le habían negado en tanto tiempo. Una vez en la soledad de su conciencia se sentó ante un espejo y lloró amargamente en la incertidumbre de su tristeza. Se preguntaba una y otra vez por qué tuvo que sucederle esta desgracia pero se refugiaba en la tesis de que todo hombre importante debía sortear cualquier obstáculo antes de alcanzar la gloria.
Finalmente una fría tarde de Marzo, cubierta de una llovizna pertinaz y melancólica, como el llanto de los santos, el gobierno anunció que el comandante había decidido abrir la puerta que habría de conducirlo hasta la eternidad y que su historia de grandeza apenas comenzaba a escribirse.
FIN
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