lunes, 1 de noviembre de 2021
EL HORMIGUERO
EL HORMIGUERO
Todos los días se iban para el jardín de su casa. Miraban los nuevos frutos del guayabo, disfrutaban el aroma de las flores multicolores, a veces veían las gotas de agua resbalando por las hojas verdes y frescas de las plantas, pero ante todo, observaban con atención y delicadeza el esmerado trabajo de las formidables hormigas.
Las arañas, tres o cuatro, entretejían telarañas esplendorosas alrededor del jardín, uniendo intrincados ramajes para sorprender algún que otro insecto despabilado que se cruzara por el camino, con el único propósito de atraparlo y convertirlo en su alimento, para poder sobrevivir de esta manera en un mundo cada vez más competitivo; las mariposas entretanto, escapaban raudas al sentirse presas de la pegajosa tela de sus adversarias, que a veces parecían sucumbir ante un lejano sentimiento de lástima por sus víctimas pero que en cualquier caso desestimaban, si en verdad querían levantar una descendencia digna de prolongar la especie.
Y más allá de las rosas y las violetas, al fondo del jardín, entre el pasto y la maleza, aparecían las hormigas, trabajadoras incansables, aprovechando al máximo sus posibilidades de tiempo y espacio, como un organismo múltiple con funciones individuales, construyendo enormes y perfectos hormigueros que servían de albergue para toda la comunidad, y de paso, a la contemplación humana, moviendo con gran esfuerzo, uno a uno, cada grano de tierra, hasta remover la cantidad necesaria para desarrollar las imponentes galerías, ejemplo de arquitectura para la desvalida civilización humana.
La niña y el niño, sustentaban su frecuente estadía en aquel lugar de la casa en el incomparable placer que percibían al presenciar de primera mano uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza, y se congratulaban además en el juego de dilucidar el origen de aquella capacidad innata de construir tan complejas estructuras, que se constituían en un auténtico desagravio a la oprobiosa creencia de superioridad del género humano.
Pero no. La realidad era otra, más allá de observar el magno acontecimiento lo que verdaderamente incitaba a los niños a visitar el hormiguero era fastidiar a tan extraordinarios seres. Destruían sus senderos de comida, derrumbaban sus paredes, les tapaban los respiraderos, pero sobre todo, derramaban enormes cantidades de agua en el hormiguero, provocando que esta se desbordara en la superficie, dejando al descubierto el lastre de la inundación, con miles de individuos, que flotaban muertos en el promontorio de residuos que asomaba ante la mirada de satisfacción de los pequeños, que reían estrepitosamente ante semejante panorama. Era una guerra desigual entre la naturaleza representada por aquellos insectos majestuosos y aquellos niños traviesos en representación de la especie humana. Ese lienzo era el que se presentaba desafiante todos los días ante las abnegadas hormigas.
Hasta que un día todo cambió. Ante tanto improperio, los laboriosos insectos se cansaron y decidieron que tenían que defenderse, entonces esperaron a que los niños llegaran al hormiguero, como si fuera otro día cualquiera, y una vez allí, todos se enfilaron hacia ellos y dispararon un chorro de ácido fórmico, provocando que el niño y la niña redujeran su tamaño de manera drástica y quedaran a su mismo nivel.
De inmediato un batallón de hormigas soldados, o sea machos estériles, prendieron a los niños, y los llevaron ante la reina, con el fin de adelantarles un juicio sumario, con el cual pudieran responder por los ataques que le habían ocasionado a la comunidad durante tanto tiempo.
La colonia se reunió en pleno, en la plaza central de la galería; la reina, que más que una verdadera reina fungía como una auténtica diosa, lucía exuberante física y mentalmente, y era venerada y glorificada por todos, recibió entonces la visita de un grupo de respetados consejeros entrados en años, y entre todos éstos, uno tomó la palabra:
“Queridos compatriotas, desde tiempos anteriores hemos venidos siendo víctimas de estos niños de forma sistemática. Nuestra comunidad, pacífica como ninguna, ha sufrido de manera inclemente los ataques de estos pequeños representantes de la humanidad. Durante mucho tiempo los ignoramos a pesar de tanto daño, basándonos en su condición de niños. Creímos decididamente en que serían reprendidos por sus padres, o en que con el pasar del tiempo, a medida que ellos iban creciendo, su actitud también cambiaría y cederían en su comportamiento agresivo. Pero nuestra paciencia ha alcanzado el límite tras el infame ataque del día anterior, en el que el hormiguero fue inundado de manera atroz, con una manguera de uso industrial, la cual causó además de millones de víctimas, la destrucción casi total de nuestra sociedad, tanto en lo material como en lo espiritual. Y por eso estamos aquí, para que nuestra amada reina, tome una decisión que sirva de castigo a estos niños maleducados, y asegure la existencia de nuestra sagrada colonia, basados como siempre en la unidad y el servicio”.
Los niños permanecían absortos y ensimismados, como si estuvieran soñando despiertos, y no tanto por la singular situación sino porque además de todo, no lograban entender nada de lo que decían, ya que como es bien sabido, las hormigas de cada región al igual que los humanos de cada región hablan su propio idioma.
El consejero se acercó entonces a los niños y con voz intimidatoria preguntó:
-¿Qué es lo que pretenden ustedes, por qué nos hemos hecho acreedores de tanta maldad por parte suya?
Los niños permanecían callados y asustados.
El consejero volvió a preguntar pero se mostró molesto por la falta de respuesta, un silencio sepulcral se instaló en la colonia, y de repente una voz más suave surgió en el recinto:
-¡Es que ellos no entienden lo que se les está preguntando! Repuso entre la multitud una hembra que fungía en la comunidad como maestra.
-Yo viví en una casa de humanos mucho tiempo y aprendí a hablar español- agregó con humildad. Y a partir de ese instante se reprodujo en el ambiente, una traducción simultánea de todos los diálogos.
Entonces la maestra les contó de qué se trataba todo esto y tradujo al pie de la letra la inquisición del consejero. Los niños estallaron en llanto, en tanto que la asamblea, sorprendida, murmuraba sobre lo que estaba sucediendo, hasta que alguien al fondo comenzó a gritar desaforadamente, y el ambiente tendió a tornarse agresivo, por lo que los soldados irrumpieron en la escena asegurando el recinto, la reina observaba con detenimiento la situación y hacía con sus múltiples brazos señas que llamaban a la serenidad y el silencio.
La hormiga maestra tomó de nuevo la palabra. Ahora se mostraba como la abogada defensora en el juicio final, los niños seguían llorando con desconsuelo, mientras la comunidad rumoraba comentarios de distinta índole en favor de la culpabilidad de los pequeños.
-¿Por qué ustedes nos echaban agua? Preguntó la maestra.
-Era para ver como el agua salía por los huequitos - atinó a decir la niña.
-¡Claro!- exclamó de manera natural el niño, y agregó:
-Porque al salir venía el agua cargada de hojitas.
Entonces la maestra habló de nuevo, de un modo más suave, tratando de cautivar a los menos radicales del auditorio:
-Pero ustedes no se imaginaban todo el daño que nos estaban causando, eso destruía nuestros hogares, nuestras familias, el núcleo de nuestra organización que es el albergue de nuestra reina madre, donde a su vez había millones de niños como ustedes, indefensos e inocentes.
-¡Un momento!- aseveró el consejero, dilucidando que la maestra estaba incitando a la falsa creencia de que estaban frente a unos niños incautos.
Entonces el consejero asumió de lleno el papel de agente acusador y se extendió en el propósito de describir hechos crueles de los cuales supuestamente había sido testigo, con el objetivo claro de promover entre el público, la idea loca de que estaban frente a unos individuos altamente peligrosos, que requerían el peor de los castigos, que sirviera además de escarmiento no sólo para ellos sino para la humanidad entera.
Los niños, según su entender, todo cuanto acataban era llorar ante su infortunio, pero se reconfortaban en la figura y el parecer de la hormiga maestra, quién a partir de aquel instante adquirió también el papel de madre protectora, consolándoles entonces en la adversidad.
Con la cruel descripción de la hormiga consejero, la colonia asumió una actitud de agresividad hacia los niños, situación en la que inclusive debió intervenir la fuerza pública hormiga a fin de evitar una desgracia, y la galería cayó en un caos que se propagó rápidamente.
Y en el instante más arduo fue la propia líder, madre, reina y diosa, quién tomó la palabra; y lo hizo únicamente para clarificar que no iba a permitir un solo acto de violencia en su presencia. Su orden fue acatada de inmediato sin la más mínima oposición.
Entonces la colonia pareció tranquilizarse un poco y comenzaron a escucharse posturas menos radicales, lo cual favoreció las posibilidades de adelantar un juicio justo que permitiera dictar el veredicto de semejante causa. Los niños fueron inquiridos por la hormiga maestra para que explicaran las razones por las cuales habían actuado de esa manera, el auditorio entero permaneció en absoluto silencio.
-¡Sí!- dijo el niño. Yo le echaba agua porque me gustaba ver cuando se rebosaba, dejando las hojitas esparcidas, nunca pensé que fuera malo.
-¡Sí!- dijo la niña. Para nosotros era simplemente un juego, no había nada de maldad, era para ver las hojitas flotando en el agua.
-¡Ven!- dijo la maestra. No hay nada de malo. Sólo la inocencia de este par de niños, cuyo corazón no se percata del mal, es hora de perdonar y de darles la oportunidad de que de ahora en adelante, respetarán no sólo al hormiguero sino también a la naturaleza entera.
-¡Ven!- dijo el consejero. La maestra trata de tergiversar los acontecimientos y los argumentos, aquí lo que hay es un acto premeditado para causarnos el mayor daño posible. Vosotros lo debéis saber muy bien, que los humanos son malos por naturaleza, aún desde pequeños.
Ante esas palabras, la colonia pareció llenarse de ira y las ofendidas hormigas comenzaron a lanzar toda clase de improperios contra los niños; que cándidos, se resguardaron en el seno de la hormiga maestra y con su mirada cargada de angustia y tristeza le imploraron compasión y benevolencia.
-Yo simplemente os pido una cosa- dijo la maestra -Que perdonéis a estos niños y que les hagamos firmar un acta de compromiso, para que respeten la naturaleza entera, al reino mineral, al reino vegetal, al reino animal, y al reino humano mismo- agregó con dulzura.
-¿Y dónde queda nuestro dolor y nuestros muertos?- preguntó el consejero -Es que el vivir con humanos os ha hecho tan insensible como ellos. ¡No! Aquí no hay cabida para el perdón, por la memoria de nuestros mayores y de nuestros menores, de todos los que han caído a manos de estos pequeños bandidos, pido a nuestra majestad, la reina madre, que se les aplique el máximo castigo, el cual es la pena de muerte, para que les sirva de escarmiento a ellos y a toda su especie, que la tiranía y el desprecio hacia los demás tiene sus consecuencias- aseveró con desdén.
El auditorio permanecía ahora en silencio, al ver que el consejero había inquirido a la reina sobre la necesidad de aplicar la pena de muerte.
Entonces tomó la palabra la reina, que hasta ese momento había permanecido callada, tan sólo escuchando los argumentos de cada parte.
“¿Consideráis que nuestros soldados deben clavar sus mandíbulas en el cuello de estos infantes, y que su veneno se riegue por todo su organismo, hasta causarles la muerte, y que su sufrimiento se convierta en el instrumento único de salvación de nuestro hormiguero, porque de manera premeditada o no premeditada, han causado daño a nuestra colonia, y es así como deben pagar su ofensa?”.
-Su majestad, todo cuánto yo pretendo es que se haga justicia, es este el momento oportuno para reivindicar nuestros derechos, tantas veces vulnerados y doblegados, si no acabamos con ellos ahora mismo, ellos acabarán con nosotros más adelante- sentenció el consejero.
La reina madre decretó un receso en tanto que tomaba una decisión. Se trataba de reunirse en lo más recóndito de su conciencia con su otro yo, un yo capaz de dilucidar entre razón y corazón a plenitud, un yo desplegado de sabiduría en torno a la justicia, que le permitiera decidir sanamente, y alcanzar el equilibrio entre ese sentimiento maternal que la rodeaba y el dolor de patria que aquejaba a sus súbditos.
Entonces sucedió lo impensable. Una vez retirados, los niños fueron llevados a una celda en donde permanecieron detenidos junto a otras hormigas que habían violado el manual de convivencia de las hormigas, mas no podían comunicarse entre sí debido a la dificultad del idioma.
De pronto se escuchó un gran estruendo, la galería comenzó a temblar, y empezó a rodar un enorme torrente de agua. Era el diluvio universal, la corriente arrasaba todo lo que encontraba a su paso, se oía el ruido ensordecedor del agua estrellándose contra las paredes de la galería y los gritos de dolor de las hormigas llorando su desgracia. Era una escena dantesca, el agua fue inundando poco a poco las celdas, mientras los niños lloraban suplicando misericordia porque se iban a ahogar, varios oficiales de las fuerzas de seguridad hormiga y la maestra, vinieron en balsas para rescatar a los reclusos pero luchar contra la naturaleza es y ha sido a través de los tiempos, una tarea casi imposible de ejecutar.
Las balsas se voltearon y los oficiales cayeron al agua, perdiendo pronto la vocación del rescate, tan sólo la hormiga maestra y su novio, un oficial de la guardia presidencial que la acompañaba siguieron firme en su convicción, nadaron desesperadamente teniéndose de un pedazo de balsa hasta llegar a la celda, allí se encontraron que las hormigas detenidas se habían ahogado pero no hallaron a los niños, sus fuerzas comenzaban a debilitarse entre tanto que el agua seguía subiendo, de pronto el oficial levantó la mirada y alcanzó a percibir que los niños sollozantes habían logrado subirse hasta el piso superior de la galería, donde permanecían absortos en los atavíos de un inimaginable episodio de locura.
Continuaron el esfuerzo y pronto los alcanzaron, pero lejos de concluir los pesares, de repente se vieron inmiscuidos en otro, un verdadero batallón de hormigas soldados los perseguía con rapidez y decisión, venían con la firme convicción de matarlos; a los niños, por haber causado la tragedia y a las hormigas, por alta traición a la colonia patria. Los niños corrían presurosos por los caminos inundados y parecían esfumarse en medio de la galería destruida, cuando una horda violenta de hormigas enardecidas los sorprendió en la huida, enfilaron sus poderosas mandíbulas hacia ellos con el fin de atravesar sus afligidos cuerpos para acabar con esa horrenda pesadilla de una vez por todas. Y así hubiera sido de no ser porque el reloj despertador anunciaba con su timbre desagradable que un nuevo día estaba naciendo y que debían levantarse de inmediato, porque el hormiguero los estaba esperando nuevamente.
FIN
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