lunes, 8 de noviembre de 2021

EL POLLO ESPERADO

EL POLLO ESPERADO El patrullero Durán despertó aquel día sin igual con una extraña sensación en la boca del estómago. Era algo difícil de describir. No alcanzaba a distinguir si lo que sentía era dolor, ardor, ambas cosas o quizás ninguna. Hizo un esfuerzo para recordar qué había sucedido la noche anterior para descifrar de qué se trataba todo esto y halló la respuesta a su inquietud. Después de una discusión con su amada por un mensaje en su celular que ella no supo explicar, el patrullero se exaltó de tal manera que antes que pasara a mayores, prefirió irse. Recordó que no se despidió de ella y que al llegar a su casa terminó una botella de ron empezada, cuando sintió que el alcohol comenzó a hacer efecto, buscó algo de comer y halló que no había nada para calmar su apetito entonces decidió irse a dormir. La fuente de su malestar no era otra que aquello que el ser humano denominaba hambre. Se trataba de un hambre tenaz, algo así como lo que llamaban agonía, una especie de presión en el espinazo que le impedía dilucidar sus pensamientos y sus sentimientos. Entonces pensó que lo mejor era levantarse rápido, bañarse y afeitarse para ir afuera a comer algo antes de que entrara a trabajar. Se puso su uniforme bien planchado y lustró sus zapatos de charol lo mejor que pudo. Lucía impecable. Salió de inmediato en su motocicleta e hizo un repaso mental de qué podía comer y en dónde, pero cuando estaba a punto de hallar la opción ideal, tuvo la mala fortuna de mirar su reloj de pulso y percatarse de que era muy tarde. A duras penas tenía el tiempo suficiente para llegar al trabajo. Alcanzó a considerar que primero desayunaría y después iría al comando, que inventaría algún pretexto para justificar su retraso, pero imaginó la contrariedad con el comandante y prefirió evitarle un disgusto, intuyó que lo mejor era presentarse primero, y luego, ante cualquier oportunidad, salir a comer algo, así fuera a la tienda, a este punto ya no pensaba en preferencias ni delicias, se trataba simplemente de sobrevivir. Trabajaba en un comando móvil de policía, se había hecho agente de la policía nacional hacía casi diez años, más por necesidad que por convicción, como muchas veces él mismo lo dijo en privado, “porque no había nada más en qué trabajar”. Estaba algo aletargado, no era capaz de pensar en nada, ni de concentrarse. Analizaba si esa incapacidad intelectual se debía al hambre que estaba trozándole el alma, o si era acaso, que había algo más de fondo. -En eso también tienen razón esos malditos comunistas hijos de puta, nadie puede hacer nada con el estómago vacío- pensó mientras se aproximaba al comando. Al llegar notó la presencia de una camioneta negra blindada, y a varios de sus compañeros dispuestos como escoltas. Se trataba del general, que de vez en cuando, visitaba los comandos móviles, y hacia reunión con el personal para cerciorarse de su correcto funcionamiento. -Dios mío, ahora reunión y yo con esta hambre- pensó. La reunión se prolongó por dos o tres horas, Durán estaba al borde del desmayo. Oyó las palabras del general más no las escuchó. Le imploró a Dios que terminara pronto, que su jefe se fuera a su casita rápido para visitar a su mujercita o a su madrecita, o al mismísimo infierno si podía, pero que de todas maneras esto acabara de una buena vez. Al fin de cuentas el general finalizó la reunión. Eran las once de la mañana, hacía casi 24 horas que Durán no probaba nada, estaba pálido y se sentía sin fuerzas. De repente tuvo una idea genial. Un pollo. El más grande y el más exquisito, con papa y arepa, con ají y gaseosa, que le sirviera de una vez por todas de comida, de desayuno y de almuerzo, para disipar esa sensación que pretendía doblegarlo y que prometía aniquilarlo. Buscó la guía telefónica y encargó el pollo, en el restaurante más cotizado, No importaba que costara lo que fuera. La única condición era que llegara lo más pronto posible, era cuestión de vida o muerte. Ahora había una sola cosa por hacer: esperar. Hasta que por fin llegó el pollo esperado. Su mirada perdida se transformó en el resplandor de la alegría. Pagó y recibió las vueltas. Empezó a desempacarlo con un gusto cercano al placer cuando el maldito teléfono comenzó a sonar sin descanso. Al otro lado de la línea una mujer angustiada suplicaba su presencia para evitar una desgracia. Entre la incertidumbre de sentarse a comer o atender el llamado, Durán sucumbió ante su propio reclamo de cumplir primero con su deber, con tal suerte que a tan sólo dos cuadras del comando, un vehículo que transitaba a gran velocidad terminó arrollando la motocicleta en la que el patrullero se movilizaba. El golpe fue mortal. Durán se fue a la otra vida, un mundo frío y vacío donde la palabra hambre no tenía significado alguno. FIN

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