lunes, 15 de noviembre de 2021
EL PRESIDENTE
EL PRESIDENTE
Por fin había llegado el día. La imagen fugaz que desde niño lo perseguía finalmente se hacía realidad. Un profundo sentimiento de satisfacción personal invadía todo su ser. Todo lo que tuvo que sufrir y hacer sufrir estaba perfectamente justificado.
Miró el reloj de su habitación, iban a ser las tres de la mañana. Cuando el reloj volviera a estar en esa misma posición (doce horas más tarde), la ceremonia ya habría comenzado. Se asomó por la ventana y descubrió la inmensa plaza central completamente vacía, como un cementerio.
Pero dentro de doce horas, a las tres de la tarde, el panorama sería totalmente diferente. Estaría llena de gente, principalmente de ricos pero también de pobres, de esos cuya conciencia no vale más que un pan con gaseosa; seguramente, una partida de imbéciles adornaría con pancartas estúpidas el ambiente de fiesta; otros en cambio, corearían su nombre entonando “vivas” al ritmo de una que otra copla mal elaborada. El país entero, desde los parajes más inhóspitos hasta las ciudades más pobladas estaría celebrando su ascenso al poder, una ovación ensordecedora recorrería sin rumbo fijo las calles pequeñas y las grandes avenidas, proclamando su investidura como el nuevo presidente de la república.
Seguramente, vendrían miles de periodistas desde diferentes partes del mundo, grandes personalidades y malos gobernantes se sentarían a su lado, sin importar los valores colectivos sino los intereses particulares, simplemente para alimentar esa sustancia putrefacta, verde y viscosa llamada política, famosa por ser capaz de corromper el espíritu más inmaculado.
Claro, ya en privado brindarían a la medida de una costosísima botella de vino por la salud y la suerte del mandatario, y cuando el alcohol llegara a la sangre y empezara a calentar los ánimos, aparecería el clero (representante de Dios en la tierra), maldiciendo su naturaleza abstemia, con una que otra oración mil veces repetida y un absurdo movimiento de manos como signo de bendición divina para el nuevo gobierno.
Mujeres bellísimas se saludarían sin darse la mano pero con prominente beso en la mejilla generalmente hipócrita, mientras palabras incoherentes que danzaban al compás de una sinfonía de ademanes hostigantes, contextualizarían una situación casi siempre incomprendida, y un tejido de frases indescifrables adornarían una conversación insípida que usualmente terminaba donde mismo había comenzado.
Afortunadamente para él, su madre estaría a esa misma hora sentada en una vieja silla, mirando un paisaje que no le pertenecía a través de una pequeña ventana en un hogar para viejos abandonados, situado en algún país lejano, tan lejano que fuera capaz de mantenerlo a salvo de su presencia, la garantía de que sus inoportunos comentarios no serían recogidos por nadie estaba asegurada, los secretos de su vida pasada seguirían guardados.
Por el contrario, la mujer que le sirve de compañera, estaría junto a él, elaborando una escena de amor eterno, aparentando una réplica de pareja ideal, hasta que intempestivamente sus miradas verdaderas se encontraran y él pudiera descargar ese torrente de desprecio que le sentía, mientras agradecía que el odio que le profesaba no fuera reprimido sino que pudiera desprenderse a través de sus ojos perdidos.
En ese recuento de personas que estarían a su alrededor, percibió el vacío de sus hijos, de esos hijos que nunca ha tenido y que pensando bien, además de ese momento de protocolo, no ha necesitado jamás, porque según él, eran solamente un nido de molestias inesperadas, definitivamente la vida no podía perderse en criar hijos que lo único que acarreaban era la inversión de unos esfuerzos que nunca recibían recompensa.
Ante tales suposiciones, hizo cálculos mentales para hallar el valor de una crianza, pretendía encontrar una fórmula matemática para simplificar el ejercicio pero pronto comprendió la complejidad de la operación, descubrió una cuantía que crecía progresivamente y decidió abandonar la empresa a mitad de camino porque los números habían superado la inquietud, y sus razones estaban perfectamente refrendadas.
De manera inevitable llegó hasta su memoria, el recuerdo de aquella mujer hermosa cuyo nombre no recordaba pero que estaba casi convencido que era hija de un tal señor Pascal, de mucho dinero, que una noche cuando estaban haciendo el sexo, le preguntó por qué razón no tenía hijos, él le contestó que era por pura suerte, la mujer le refutó con una carcajada brusca, y agregó con cierto sarcasmo que si era por pura suerte o por pura esterilidad. Al otro día la joven mujer amaneció tirada en una calle de la zona de tolerancia con cuarenta y ocho puñaladas en el cuerpo, a su vez los encargados del asesinato aparecieron dos horas después al otro extremo de la ciudad con dos tiros de gracia en la frente, propiciados con proyectiles cargados de cianuro; sin embargo, el número de puñaladas no fue casualidad, esa cifra representaba la cantidad de mujeres que él había poseído hasta ese momento, pero como fue tan grave la afrenta, sintió un profundo pesar de que no hubiera sido la mujer cien de su vida.
-¡Maldición!- exclamó el presidente.
Por qué tuvo que llegar hasta su memoria ese maldito recuerdo en este preciso instante, pensó en voz alta. Entonces se vislumbró en su mente, el inmenso torrente de sangre que había corrido desde el día aquel en que se había propuesto llegar ser presidente de la república.
Tres y quince. El hombre, próximo a convertirse en jefe de estado, decide afeitarse, mientras lo hace, trata de darle un repaso general a su vida. Pero lo hace con cuidado, temiendo que el enorme torrente sea un descomunal océano. Con su mirada clavada en el espejo, descubre en su figura externa, una apariencia muy bella, incapaz de engendrar tanta maldad.
Maldad que había comenzado hacía ya mucho tiempo, exactamente cuando tenía seis años, y era apenas un niño tan tierno e inocente como cualquier otro, con la misma capacidad de guardar en su alma detalles imborrables de la memoria, heridas que perturban y perduran eternamente.
Aquel infausto día, estaba almorzando cuando el gato de su casa (probablemente el único ser que ha querido en toda su vida), por alguna razón desconocida, saltó sobre su plato y robó su carne. Entre asustado, sorprendido, enojado y entristecido, el niño tan sólo acató a perseguir el felino, pero este por su intrepidez, lograba escabullirse una y otra vez. Los abuelos del niño, únicos testigos del acontecimiento, reían estrepitosamente y el niño, absorto e incrédulo, se sentía el protagonista central de una escena ridícula, era el artífice de la comedia.
Cuando finalmente lo atrapó, quiso descargar contra el pobre animal toda su ira y sin mucho esfuerzo pronto concibió el castigo perfecto, el atrevido debía ser echado a la nevera, era una lección merecida. Pero con tanta labor, propia de un niño de su edad, olvidó regresar para sacarlo, y cuando lo hizo el gato estaba completamente congelado. El niño había matado a su mascota. El ser que sin condición le brindaba su amor ya no estaba en este mundo. El ser con el que compartió los mejores momentos de su vida ya había partido para siempre.
Semejante despropósito desató un caos en el seno de su familia, no entendían como la insipiente personalidad del pequeño hubiera dictado tal sentencia. El niño tierno e inocente, lloraba de manera inconsolable por última vez y la vida misma le daba así la bienvenida al mundo real que lo rodeaba, sería posiblemente de lo único que tendría que arrepentirse en toda su existencia.
Tras ese incidente, adquirió la mala costumbre de querer vengar la muerte de su gato con la muerte de otros animales. Primero fueron insectos, luego aves, después mamíferos y cuando el reino animal no le alcanzó para calmar su sed de venganza pasó al reino de los humanos, disfrutaba causándole males a sus compañeros del colegio, a sus vecinos del barrio y a los amigos de la familia, pero pronto descubrió que todo era insuficiente, sentía que caía en una espiral, en la cual el hecho siguiente debía superar al anterior para tener justificación y temió recorrer caminos ilimitados, alcanzar metas insospechadas, pero una tarde lejana tras cumplir sus doce años, mientras observaba una fotografía en la que aparecía él, su gato y sus abuelos, comprendió cual era la verdadera causa de su desgracia: sus abuelos.
Duró muchas noches pensando de qué manera ellos debían pagar su culpa, la idea apareció como una estrella fugaz, una madrugada de insomnio, una solución que aunque oprobiosa debía ser ejecutada sin compasión y de inmediato, bajó hasta el garaje y envenenó los frenos del auto en el que todos los sábados sus abuelos salían a hacer mercado. Preciso. Ese sábado, pocos momentos después de haber salido de casa, el teléfono infernal comenzó a sonar, era la policía para avisar que en un lamentable accidente de tránsito, sus abuelos habían fallecido. Peor aún al perder el control del auto no sólo causaron su propia muerte sino también la de cuatro peatones más que a esa hora esperaban el autobús para ir al trabajo.
Ante semejante tragedia, el muchacho con una tranquilidad sin igual, comprendió que poseía un don particular para alcanzar a través de la maldad cualquier cosa que se propusiera, ya que con la muerte de los padres de su madre y de esos pobres inocentes, su alma se reconfortó ligeramente tras un remordimiento inicial que pronto desapareció al entender que ahora sí, la injusta muerte de su gato había sido bien vengada.
La relación con su madre fue siempre muy tormentosa, debido a que desde pequeño aprendió a sobornarla fácilmente, comenzó a pedirle cosas cada vez más difíciles, a sabiendas que ella accedería sin ninguna condición y cuando la mujer intentó reaccionar ya era tarde, porque la amenazaba con irse de la casa, con enfermarse, con dejar de quererla, con suicidarse. Con esos argumentos tan sólidos, la mujer nunca tuvo otra alternativa que ceder y terminar de convencerse que sería la forjadora de un gran hombre, de un hombre ejemplar sobre el cual reposaría el sustento de su vejez.
En ese preciso instante apareció en su mente la imagen de su padre, surgió como un destello repentino que se apagaba y se encendía paulatinamente, con esa perturbación a cuestas, se esforzó por pensar en otra cosa pero no lo logró hasta que se prometió que la próxima vez que su recuerdo se cruzara en su pensamiento, iba a desplegarse sin ninguna contemplación, un mosaico de ideas brotó de la nada y una de ellas acaparó su atención.
Estaba ubicado en una tarde cualquiera de sus quince años, y dos deseos nuevos comenzaron a perseguirlo con insoportable vehemencia, la obsesión de poseer el mayor número de mujeres posibles y la alucinación de llegar a ser presidente de la república.
Tres y veinte. El presidente siempre ha tenido el leve temor de que al deslizar la cuchilla suavemente sobre su rostro, ante un mal movimiento, esta pueda cortarlo, por eso se afeita con gran sigilo, pero a pesar de tanta cautela, sufre una pequeña cortada que de inmediato lo traslada a su época universitaria.
Con algo de sacrificio y mucha astucia, logró estudiar medicina en una de las universidades más importante del país, y allí descubrió varios elementos íntimamente ligados a su personalidad como la sangre, la muerte, la destrucción, la repugnancia y otros que le hicieron sentirse a la perfección. Aún seguía el recuerdo del gato persiguiéndolo sin misericordia y aunque ya lo había vengado varias veces, sólo hallaba equilibrio mental en el hecho de propiciar un acto cargado de tanto dolor, que fuera suficientemente superior al anterior como para permitirle calmar su equivocación.
En realidad, académicamente nunca fue muy bueno, aunque a decir verdad poseía un talento tan extraordinario para sorprender, que tanto compañeros como profesores, no terminaban de debatir sus ideas cuando de su mente surgía otra, eran conceptos que al principio sonaban descabellados pero que poco a poco iban encontrando tanta aceptación que terminaban por imponerse en la práctica.
No podrán refutar nunca que fue él quien sugirió, que ante la escasez de cadáveres para realizar las prácticas médicas, debían utilizar cuerpos de alguno que otro indigente previamente asesinado para adelantar los estudios biológicos correspondientes, de tal forma que no sólo les ayudaba a ellos a cumplir sus deberes académicos sino también ahorrarle valiosos recursos a la universidad, limpiar la ciudad de tan execrables seres y de paso mandarlos a descansar de esa miserable vida. Realmente había sido una idea genial.
Fue precisamente allá, en la universidad, donde conoció al hombre que de alguna manera se convirtió en el artífice central de su obra porque le enseñó el método de ganar dinero de manera fácil. Pero como en la antigua epopeya en la que el discípulo supera al maestro, tuvo que eliminarlo para asegurarse el control absoluto del negocio y la realización completa de sus sueños.
Un día cualquiera, aquel amigo le propuso que le prestara una pequeña cantidad de dinero que necesitaba con urgencia, con la condición que si le hacía tan grande favor en sólo cinco días recibiría como recompensa el doble de lo prestado. El futuro presidente accedió con el único propósito de hacerlo caer en desgracia, porque era un tipo que le caía mal y estaba convencido que el hombre nunca podría cumplir su promesa. Pero se había equivocado. Cinco días después del préstamo, lo vio llegar hasta él, con el doble del dinero que le debía, no sólo cumplió su palabra sino que también en agradecimiento lo invitó al mejor burdel de la ciudad para disfrutar de una orgía romana con las prostitutas más deseadas y el licor más caro.
Todo lo que se tejía alrededor de ese negocio, le producía un enorme placer, ya que tras el dinero se escondía un manto de poder y sexo, que colmaba a plenitud su exigente nivel de satisfacción personal, elementos que se complementaban de manera ideal con la sencillez del negocio. Por todos esos detalles decidió desde aquel mismo día, buscar el espacio preciso para entrar en él, de tomarlo como su proyecto de vida, para que más adelante se convirtiera en el instrumento que le permitiera alcanzar el propósito fundamental: llegar a ser el presidente de la república.
Se trataba de cultivar una pequeña planta que producía una sustancia con la increíble capacidad de transportar a su consumidor hasta el paraíso. Por esa característica especial la gente estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de vivir esa sensación, estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de sentir esa experiencia; ahí radicaba el éxito del negocio y su singular rentabilidad. Las posibilidades eran magníficas.
Pero su amigo no la cultivaba, le pagaba a algunos campesinos para que ellos lo hicieran. Era tan buena la utilidad que él mismo suministraba las semillas, los nutrientes, los insumos, el agua, y aun así, les compraba toda la producción. De esa manera se articulaba una poderosa cadena productiva en la que todos ganaban, unos de una forma y otros de otra pero todos participaban de tan lucrativa actividad.
Fue él mismo, el presidente, quién replanteó el negocio, así logró que las ganancias se multiplicaran. Lo primero que hizo fue asumir el cultivo. Para ese fin estableció un régimen de terror, mediante el cual a sangre y fuego usurpó las tierras a los campesinos, bajo la premisa de que quién se opusiera sería asesinado junto a toda su familia. Su palabra se convirtió en ley y su pensamiento en mandato.
Consiguió fundar una verdadera empresa. Redujo notablemente los costos de producción, mejoró ostensiblemente el control de calidad, amplió los canales de distribución, diversificó los medios de comercialización, pero lo más importante que realizó fue eliminar la competencia, asegurándose para sí, la comercialización del producto y la exclusividad del negocio. El mercado era suyo.
La utilidad aumentó de manera desproporcionada, el crecimiento superó todos los pronósticos; de pronto, el presidente se encontró sumergido en un inmenso caudal de dinero que poco a poco iba alimentado su hambre de poder, un apetito caníbal que no lograba satisfacerse, un tumor maligno que no conseguía detenerse, la corriente descontrolada de sus deseos arrastraba todo cuanto encontraba a su paso.
Tres y veinticinco. Por más cuidado que el presidente tiene, no logra evitar el desliz de su mano, el movimiento inexacto de la máquina en su rostro indica inequívocamente que se encuentra nervioso, se trata ahora de una cortada leve, menor que la anterior, que se dibuja en la parte derecha del mentón, es una señal precisa que lo envía a lo más recóndito de su profesión: la medicina.
Nunca la ejerció, entre otras cosas porque no tuvo necesidad de hacerlo pero por sobre todo porque no le gustaba, si en algún momento de su vida tomó la determinación de hacerse médico lo hizo solamente con un propósito: el de encontrar a través de su carrera el método que le permitiera explorar con mayores posibilidades de éxito, la técnica exacta para alcanzar sus dos mayores obsesiones: el dinero y las mujeres.
Siempre había creído que los médicos eran formados en ausencia total de ética y que condicionaban su proceder al factor económico, claro que no eran los únicos, eso mismo sucedía con los abogados y con cualquier profesional que gracias a sus conocimientos, engañaban y estafaban sin ninguna compasión a los incautos que requerían sus servicios, y eso lo hacía sentir bien, porque era exactamente lo que buscaba al desempeñarse como un profesional de la medicina. Gracias a que no ejerció, el mundo se salvó de haber conocido una verdadera lacra de la ciencia.
Ese fue su amigo, un incauto que sucumbió ante su talento, fue como un paciente que requirió sus servicios. Matarlo a él, a su papá, a su mamá y a su hermana ha sido de las cosas más fáciles que ha hecho en su vida. Un asado. Se compra la mejor carne, se adoba de la mejor manera, se pone a asar en las brasas, al aire libre, se acompaña con papa, yuca y ají, se da de beber una buena cerveza y ya tenemos un banquete al que es imposible decir no. Pero este banquete llevaba un ingrediente más: cianuro. Más demoraron en probar la comida que en caer al piso y morir envenenados. De esa forma se convirtió en el amo absoluto del negocio; sin remordimientos, él mismo los recogió y los echó al río, el mismo del que nunca los pudieron sacar. De no haber tomado esa decisión, nunca habría llegado al punto donde hoy se encontraba.
Bueno, en realidad, los peldaños que siempre había escalado de forma brillante, encontraban su sustento en el hecho de que a pesar de todos sus crímenes, jamás su nombre fue puesto en tela de juicio, y si en algún instante de su existencia, alguien hubiera intentado poner en duda su dignidad, sería su pericia la que le habría permitido vencer cualquier vicisitud, porque aprendió a manejar el arte del soborno de la mejor manera y así pudo comprar cuanta conciencia quiso, esa es una virtud con la que se debe contar a la hora de florecer.
Solamente una vez, un colega suyo, un tal doctor Eliseo, intentó quebrantar su imagen, curiosamente sucedió la única oportunidad en que el presidente estuvo cercano a la muerte, y no fue porque alguien hubiese tenido la osadía de atacarlo sino por una sobredosis de su propio alcaloide. El entonces insipiente político y empresario revelación, envuelto en una repentina ola de estrés, encontró refugio en la variedad más concentrada, pero perdió el control y terminó en la sala de urgencias de un hospital de la ciudad, en donde nadie se atrevió a dar información acerca de su situación.
El “imbécil” se atrevió a sugerir que los síntomas que él presentaba eran compatibles con los de un cuadro de sobredosis por alucinógenos. Al otro día el doctorcito amaneció tirado en un parque, con la lengua cortada y un disparo en la frente, también apareció sin el anillo de grado ni el reloj de pulso, para que todo apuntara a un caso de hurto, ojalá “eso le hubiera servido para dárselas de muy hombrecito en el mismísimo infierno”. Días después, los principales diarios del país señalaron que se trataba de una afección metabólica pasajera llamada hipoglicemia y se organizaron liturgias para orar por su pronta recuperación, oración tan efectiva que horas después se encontró de nuevo al frente de todas sus actividades.
A medida que el futuro presidente iba adquiriendo relevancia nacional se fue acostumbrando a la necesidad de eliminar todo rasgo de oposición, pero lo hacía con tal sutileza que todo parecía dentro de un proceso natural en el que no cabían responsables. Especialmente enfiló baterías contra lo que él consideraba “bichos raros”, personas cercanas al partido comunista, que soñaban con la construcción de un país más justo para todos pero que para él no eran más que una cofradía de bandidos, vulgares bandoleros que ponían en peligro su riqueza y sus intereses políticos, y sobre todo, que propagaban una teoría basada en dos palabras que francamente él detestaba: justicia e igualdad. Así se dio a la tarea de crear poderosos ejércitos paramilitares, especializados en la eliminación de sus opositores y sus seguidores, formando una organización que actuaba de la mano con la fuerza pública en la ejecución de procedimientos macabros, estableciendo así una alianza de terror a su servicio.
Que días tan hermosos aquellos en los que con alevosía y sevicia alcanzaba sus propósitos, que bellos fueron esos tiempos en que esos elementos tan profundamente ligados a él, estaban a sus disposición para acabar con esa plaga de comunistas, socialistas, obreros, campesinos, estudiantes, docentes, que merecían morir de la peor manera posible, por atreverse a pensar en justicia e igualdad, había que acabar con ellos y con toda su parentela para que el problema fuera eliminado de raíz y no pudiera reaparecer después.
En este punto, el presidente evitó entrar en detalles porque estaba convencido que tras ellos se escondía un agujero negro de la historia, que tras ellos la dignidad humana había alcanzado el nivel más bajo, detalles que en las instancias cercanas de su soñada posesión no podía permitirse recordar porque necesitaba estar muy tranquilo, entonces pasó la hoja de su mente, trastabilló en uno que otro recuerdo sin importancia, y quedó con la mirada fija en el espejo para comprobar en qué punto se encontraba su afeitada.
Tres y treinta. Un prodigio de la naturaleza le ha permitido al presidente borrar sus cortadas, sus heridas prácticamente han sanado, ahora son unas pequeñas protuberancias que tan sólo se perciben si se observan fijamente, la afeitada ha terminado y solamente restan algunos detalles menores.
Entonces recuerda a su padre, lo deja para el final porque significa para él, el ser más repugnante que el mundo le ha prodigado, sucede que en algún momento descubrió que todos sus males tenían un solo origen, que todos sus errores tenían una sola causa, todas sus desgracias convergían en un solo punto: en el individuo aquél que el destino le había determinado como padre.
Jamás vivió con él porque cuando se enteró que su madre se encontraba embarazada, la abandonó sin ninguna explicación dejando a los dos a la deriva, a la misericordia de sus abuelos, mientras que él se daba la gran vida, disfrutando de todo tipo de placeres.
Entre otras cosas, esa era también una de las razones que lo habían impulsado a llegar a ser presidente; demostrarle a su padre cuán lejos podía llegar sin su ayuda pero por sobre todo, poder propiciarle una dura lección de venganza y por tanto de justicia.
Un día envió a sus hombres más temerarios para que lo trajeran, les pidió que fueran hasta su casa; eso sí, no les mencionó de quién se trataba, solamente les insinuó que debían infligirle un gran sufrimiento, claro que sin llegar a matarlo, porque se trataba de un maldito revolucionario, que ponía en peligro su proyecto político para refundar el país, y que era necesario que él mismo lo contuviera con sus propias manos.
Lo trajeron hasta una de sus fincas, una que estaba ubicada en medio de la selva inhóspita, la inclemencia del clima propiciaba el desarrollo de toda clase de bichos e insectos, capaces de producir las enfermedades tropicales más terribles, el calor insoportable agobiaba el organismo más resistente y la espesa maleza tupía un paisaje de horror del que era imposible escapar, y si aún todo esto no era suficiente, en las noches era imposible conciliar el sueño ya que un ejército de reptiles hostigaba el lugar con el ánimo de alejar cualquier intruso.
Ordenó que lo amarraran a un árbol inmenso de mango biche y que no le dieran nada de comer ni de beber durante siete días, pero debido a su edad adulta y a su origen sedentario, las condiciones ambientales pronto hicieron mella en él, y fue cayendo en un estado de postración tal, que quienes lo estaban cuidando creyeron que se estaba muriendo, entonces apareció el hijo, el mismo que el ahora viejo decrépito había abandonado un día, y que tiempo después sería presidente de la república, venía con intención clara de prestarle ayuda, la misma ayuda que el progenitor le prestó cuando él la necesitó, y ni siquiera en ese momento de sensibilidad el descendiente mostró algún signo de debilidad.
Ya frente a frente, el presidente le confesó que era su hijo, pero que no tenía nada de qué preocuparse, puesto que él estaba ahí para liberarlo de semejante mal, le expresó que cualquier error del pasado estaba saldado y que de ahora en adelante, serían los amigos que nunca habían sido, entonces le preguntó si quería comer algo, que sin temor le pidiera lo que quisiera y que él se lo traería de inmediato, el viejo se quedó mirándolo fijamente y una ola de lágrimas inundaron sus ojos, atrapando una mirada tierna que escapaba de lo más profundo de su alma.
Carne de res, carne de cerdo, arroz y plátano, papa y yuca, todo en grandes cantidades, preparado delicadamente y con los más exquisitos sabores, una bebida deliciosa que incluía gaseosa y cerveza acompañaba el banquete y apaciguaba la picante salsa de ají que hacía aún más excitante la bandeja, haciendo de esa la recompensa ideal para varios días de hambre y sed en el mismísimo infierno.
El presidente puso la comida al lado suyo y comenzó a hacer una remembranza de su niñez y un recuento de su vida; el viejo, aún amarrado, le pedía que por favor lo soltara y le escucharía con la mayor atención, pero la exposición del hijo se fue extendiendo indefinidamente, la ironía y el sarcasmo fueron adornando cada palabra, cada frase, y la solicitud del padre se fue tornando una súplica. A medida que la conversación avanzaba, la comida se iba acabando porque el presidente no dejaba de consumirla, lo hacía con una avidez tan exagerada que no le permitía oír los ruegos del viejo, que terminaron siendo gritos lastimeros que se extendieron por toda la selva como el llanto de algún espanto mítico.
Finalmente, el padre entendió de qué se trataba todo, un aguacero que parecía réplica del diluvio universal acortó la agonía, porque el hijo corrió a resguardarse de la lluvia, mientras que él, aún amarrado al árbol observaba cómo un poco de comida y algunos huesos que sobraron, terminaron en las fauces de los perros que llegaron al lugar atraídos por el olor del banquete sensacional que se había servido. La misma nube de lágrimas volvió a aparecer en el viejo pero esta vez de forma más densa, su mirada se clavó en el monstruo que se alejaba paulatinamente, y siguió observándolo hasta cuando ya no lo pudo hacer porque la muerte lo había sorprendido en el cumplimiento de una deuda inaplazable.
Al otro día, supieron que el viejo había muerto porque una bandada de buitres comenzó a sobrevolar el lugar, atraídos por el nauseabundo olor de la carne humana en descomposición. Ya por la tarde el presidente quiso asomarse pero no fue necesario, pues las aves asociadas a la muerte ya habían desaparecido, signo inequívoco de que su tarea estaba cumplida. El horizonte pintaba despejado, el sol radiante que empezaba a teñirse de rojo, anunciaba un atardecer majestuoso y romántico. A esta altura, el diccionario del presidente ya desconocía el significado de dos palabras: piedad y perdón. Con sobradas razones estaba demostrado que la habilidad del presidente para alcanzar sus propósitos no tenía límites.
Impresionado por ese recuerdo impertinente, el presidente prefirió pensar en otra cosa, quizás en algo efímero y fantástico, hizo un esfuerzo pero no lo consiguió porque casi siempre aparecían imágenes reales cargadas de violencia, intentó coger el agua fría con sus manos y arrojarla contra su rostro pero casi toda escapó entre sus dedos; entonces determinó que era la hora de tomar un baño, un prodigioso baño de agua caliente que lo reconfortara, que abriera su mente a pensamientos menos oscuros, y que cerrara de una vez por todas esas escenas que estaban grabadas en su vida, y que las más inmundas, que ni siquiera se atrevía a recordar en la intimidad de su conciencia, quedaran borradas para siempre.
FIN
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