sábado, 8 de enero de 2022
FRUICIÓN
FRUICIÓN
Poco a poco me fui despertando. Los parpados cargados con el sueño más pesado sucumbían ante la inminencia del letargo y mis sentidos trataban infructuosamente de cruzar presurosos las fronteras que habrían de traerme de vuelta hasta el imperio de la realidad.
Después de una lucha casi interminable, finalmente pude abrir los ojos, desperté. Me hallaba desubicado, había perdido la noción del tiempo y el espacio, me sentía un elemento extraño de la naturaleza, traté entonces de recordar lo sucedido pero cualquier esfuerzo me fue insuficiente.
Era una habitación pequeña y desordenada, un ventilador de torre en una mesita y una pantalla de televisión en su soporte de pared, su respectivo control remoto junto al ventilador, un citófono blancuzco y al fondo un baño, las paredes de color naranja suave, como jugo de curuba en leche, la luz encendida, lo único claro en aquel entorno es que no había nada claro, todo me parecía absolutamente desconocido.
Un aire de comodidad me invadió de repente a raíz del colchón, suave como una nube, el cual estaba empotrado sobre una cama de un material rígido como el cemento, eso me sirvió para entender que inequívocamente me encontraba en un motel, entonces giré mi cuerpo hacia la izquierda y me quedé atónito al descubrir que junto a mí se hallaba una mujer. Si, seguro. Era una mujer que francamente a primera vista me pareció la más hermosa, estaba profundamente dormida y completamente desnuda.
Intenté poner mis sentidos en orden para tratar de esclarecer de qué se trataba todo esto, pero fui incapaz. Me detuve entonces a admirar a la mujer que me acompañaba en este trance de locura, y la percibí desaforadamente bella, procuré relacionarla con alguien que yo conociera pero me fue imposible reconocerla. Yo también estaba desnudo, lo cual significaba que muy probablemente hubiéramos tenido sexo, pero la idea me resultó perturbadora ante la incertidumbre de no saber de quién se trataba aquella mujer preciosa y bajo qué circunstancias terminamos en aquel recinto de placer.
Sigilosamente recorrí toda su figura con la mirada, para evitar que despertara porque ignoraba cuál iba a ser su reacción. Su rostro tenía un aire de dulzura que me seducía poderosamente, su cabello negro y suave parecía el mar en una noche fresca, sus labios rojos y carnosos parecían fresas silvestres en plena cosecha, su piel dorada y suave era como la arena de una playa virgen; entonces observé sus tetas, grandes y redondas como el sol, y continué explorándola hasta llegar a lo más puro de su sexo, que se asemejaba a la puerta de entrada al paraíso.
Intenté tocarla pero se movió levemente, entonces temí despertarla por miedo a que toda esta fantasía terminara abruptamente, me dediqué a escudriñarla como un pintor a su cuadro, tratando de recabar toda la información posible para descifrar este inexplicable misterio.
Ahora la hallé en una faceta nueva. Dormía plácidamente, de repente un destello de sonrisa se dibujó en su rostro, me pareció conocer la gloria en ese instante de delirio. Soñaba algo que la hacía feliz, porque tenía el semblante que irradian quienes conocen de cerca la felicidad.
-¡Quieta!- gimió con ternura en medio del sueño.
Su voz delicada era como mil serafines entonando un coro celestial de bienvenida. Entonces reparé en que cómo era posible que un ser terrenal pudiera conservar tanta belleza, y que ese ser maravilloso se encontrara justo aquí, en este mismo lugar y en este preciso momento.
Entonces la lujuria pareció envolverme acaloradamente, sentí el loco deseo de poseerla de mil maneras, de hacerla mía para siempre; al fin y al cabo, si la vida me la había puesto al frente era para que yo pudiera disfrutar su presencia, entonces quise besarla, pero nuevamente se movió, esta vez se volteó a su derecha y quedó junto a mí, se recostó sobre mi pecho, e intempestivamente me besó.
Me quedé dormido en los laureles del éxtasis, dormí quizás una o dos horas, quizás uno o dos siglos, no lo sé ni me importa saberlo, lo verdaderamente importante fue que la tuve entre mis brazos, a la princesa más encantadora de este mundo, la tuve entre mis brazos.
Tiempo después desperté y ya no estaba a mi lado. La luz del baño encendida y la luz de la habitación apagada me dieron la noción de que se había ido, ya no quedaba ni el más mínimo rastro de su paso por mi vida, abracé la almohada como si hubiera sido ella y sentí su olor de hembra en celo, su sabor de fruta tropical, su voz angelical gimiendo ¡quieta!, su sonrisa de noche fresca que me había permitido conocer la gloria.
Pero ahora estaba solo, aquí en el lugar más lúgubre y sombrío, abandonado en el inmenso desierto de la soledad absoluta, a sabiendas de que pude haberla disfrutado sin ni siquiera conocerla, sin ni siquiera saber su nombre, para ponérselo a una estrella que pudiera ver todas las noches, con el fin de poder recordarla.
FIN
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario