sábado, 18 de abril de 2026

UN ROMANCE LLAMADO IDILIO

UN ROMANCE LLAMADO IDILIO Todas las tardes, después de la jornada laboral, nos reuníamos en su casa, hablábamos de diversos temas mientras ella preparaba un delicioso café, de una marca que tenía por eslogan “Del mejor café del mundo, la mejor taza de café instantáneo”, y nos sentábamos a disfrutarlo al frente de un gran y prominente patio, un patio completamente tejido en “suculentas”, “nomeolvides”, “novios”, “malamadres”, “millonarias”, “flordeceras”, “camarones”, y allí, en medio de tanto esplendor, refulgían con singular imponencia, las formidables “begonias”, con sus flores rojas, naranjas y rosadas, tan radiantes como siempre y más espléndidas que nunca, que hasta el más noble de los príncipes del mundo, sucumbiría ante la majestuosidad de semejante atuendo. Conversábamos de todo un poco, recorríamos diferentes ámbitos del conocimiento y terminábamos casi siempre donde mismo habíamos comenzado. Éramos felices. En uno de esos diálogos pudimos descubrir en qué consistía realmente la palabra felicidad, y advertimos que la definición era más fácil de lo que siempre habíamos pensado. Después de tanto deambular por los recovecos más intrincados del pensamiento humano llegamos a la conclusión de que la felicidad no era más que recordar todo lo bello que habíamos vivido y todo lo bello que aún nos faltaba por vivir. Pero hubo una tarde en la que todo fue diferente. Al llegar, descubrí algo nuevo que me dejó gratamente sorprendido, se trataba de un letrero muy hermoso elaborado cuidadosamente en arte country, y en letras grandes y mayúsculas, muy bien esculpidas, refulgía un nombre que trascendía con fuerza inusitada, “El PATIO DE LAS BEGONIAS”. Un carnaval de luces y colores estalló en mi alma, al ver el detalle que mi mujer amada había tenido al imaginar ese paisaje fascinante, y desde entonces establecimos que aquel lugar angelical sería la capital central de nuestro romance, un romance llamado idilio. Nos dedicamos a contemplarnos, realmente la veía con ojos de amor y dulzura, y aunque en esencia no fuera la mujer más linda del mundo, para mí era la hembra más bella que había parido el universo, disfrutaba su mirada coquetona y su sonrisa picarona, la forma como estiraba los labios haciendo “trompitas”, justo antes de organizar una idea, o el tono que solía imprimirle a una palabra o a una frase con tal que me derritiera, o sus interjecciones para ganar tiempo mientras pensaba cómo cautivarme. Recuerdo que así estuvimos por lago rato, y pasadas las seis, una luz cálida se encendió en el adorno y le dio un aire de romanticismo inacabado, pero lo que sucedió después me hizo sucumbir aún más, seis corazones, uno amarillo, uno limón, uno naranja, uno morado, uno azul y uno rojo, comenzaron a titilar de manera fulgurante en el letrero, era una escena verdaderamente acogedora, como tomada de la historia de amor más bella del mundo. Pero lo mejor estaba por venir, así mismo como los corazones de seis colores palpitaban con esplendor aquí en el patio, allá más arriba, en el cielo, una estrella gigante y resplandeciente como ninguna, trepidaba de emoción en esos mismos colores. Se trataba de la imponente y encantadora Betelgeuse, justo en la constelación de Orión, al lado diagonal izquierdo de los tres reyes magos. La colosal estrella vibraba con fuerza descomunal, y en su interior, una turbulencia de furia extrema, sucedía con un vigor estremecedor. Estaba a 600 años luz de la Tierra, y su aspecto demencial, según los especialistas, podría deberse a la entrada de la fase final de su existencia. Era increíble imaginar, que esa danza de luz que nosotros estábamos viendo de Betelgeuse en ese preciso lugar y en ese preciso momento, había salido de ella hacía 600 años, y era aterrador suponer, que, por lo tanto, cabía la fatídica posibilidad de que, a esta hora, aquella estrella hermosa que serpenteaba en el cielo nocturno, al compás de una sinfonía de luces multicolores, hubiera dejado ya de existir. Tomé a mi bella princesa de la mano, no recuerdo qué le dije, pero nos dimos un beso extremadamente apasionado, como si fuéramos a arrancarnos el alma por la boca, entonces nos quedamos observando el majestuoso espectáculo, y pensando que era probable, que un día Betelgeuse estallara en mil pedazos, y se convirtiera en una preciosa y radiante supernova, que se vería como una llamarada inmensa, incluso durante el día. Con ese pensamiento nos quedamos dormidos esa noche en pleno patio, tomados de la mano, mirando con deleite a Betelgeuse, cómo su danza arcoíris hacía juego con las luces del aviso que ahora adornaba el patio de las begonias, pintando una escena digna de una bella y grandiosa historia de amor. Al despertar, nos encontramos con un amanecer desolador, Betelgeuse había estallado, y ardía como otro sol, pero nos reconfortamos al entender que no era que la estrella hubiera explotado en ese instante, sino que habían pasado ya 600 años desde aquella noche inmarcesible en que nos quedamos contemplando la luz incandescente de esa estrella magnánima, y que ese acontecimiento tenía el único propósito de presenciar este momento conmovedor, para que sirviera como testimonio de que, a pesar de las circunstancias, el amor seguía existiendo y era la mayor fuente de inspiración para la humanidad entera. FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario